jueves, 30 de junio de 2016

LIBRO ESCRITO II CONOCIMIENTO.- LA COMUNIÓN



Tras el paso por el estrecho desfiladero, ante nosotros,
imponente, como salido de un cuento: la fachada de Al-Khazneh,
el Tesoro de Petra. Percibimos el sendero como el de la estrecha
franja que separa la vida de la Vida. Y ahora sentíamos al entrar
en Al-Khazneh, en su sala funeraria, como si algo de nosotros se
fuera desprendiendo, una vieja piel ya inservible, aquella que
cumplió el propósito para la que fue concebida: llevarnos hasta
este punto de no retorno. Salimos de ella más que impresionados.
Seguimos caminando por el valle y esculpidas en las paredes
cientos de tumbas nos encontramos a nuestro paso, a la vez que
las ruinas de las civilizaciones que la fueron habitando a través
del tiempo hasta que la ciudad cayó en el olvido.

Tras un ligero descanso, al final de la vía romana contemplando
este maravilloso enclave, frente a nosotros se abría un camino con
cientos de escalones ascendentes que nos llevan a Ad-Deir, el
Monasterio, una subida que Jeshua nos propuso sin vacilar.
Aunque el calor apretaba, un ligero viento nos hacía compañía.
Jeshua no dejaba de decirnos que merecía la pena la ascensión.
Así pues, comenzamos a subir, no sin antes respirar consciente y
profundamente llenando nuestros pulmones del aire sano del
lugar. Más de un alto tuvimos que hacer en el camino, eran
muchos peldaños estando algunos muy desgastados y
resbaladizos que nos dieron más de un pequeño susto. Sus
palabras no dejaban de alentarnos, Jeshua conocía bien el lugar al
que íbamos.
—Unos pocos peldaños más y ya llegamos ―nos decía él sin
dejar de sonreír.
—Sí —le contestó Meryem—, pero esto parece que no acaba
nunca.
Y los tres nos reímos a carcajadas.

Ante nosotros una extensa planicie y a su derecha la
deslumbrante fachada del Monasterio, inmensa y aún más según
nos acercábamos a ella, parecía que dentro íbamos a encontrar
algo similar al interior de una catedral; sin embargo no fue así,
sino que la sencillez más absoluta nos sorprendió, sólo había una
cámara con sus paredes desnudas y lisas, desproporcionadamente
pequeña ante la grandeza de su fachada. Quizás un lugar de culto
iniciático o tumba de algún rey, fuera como fuese sin igual en el
mundo conocido.
Más majestuoso que los monumentos erigidos en Petra era la
contemplación de la ciudad, la eterna ciudad de tonos rosáceos, y
las montañas desérticas desde este incomparable lugar.
El Sol lucía esplendoroso. Decidimos permanecer unos minutos
refugiados dentro del Monasterio y, ante nuestro asombro
escuchamos la voz del Maestro.
—¡Bienvenidos!

Los tres nos volvimos siguiendo la dirección del sonido y ahí se
encontraba Él, a nuestra espalda. Juntó sus manos y se las acercó
a su pecho bajando un poco su rostro, respondimos del mismo
modo. El lugar, nuestros espíritus, se impregnaron de una
inenarrable sensación de paz. Él, parecía tener un aspecto
diferente a como le solíamos ver en otras ocasiones. Si sublime
era su figura, en este momento lo era aún más. El resplandor que
emanaba de su Ser iluminaba la estancia.
Salió del recinto y salimos tras sus pasos.
Una espesa neblina comenzó a cubrir la planicie hasta
alcanzarnos por completo, miríadas de luces como estrellitas se
entremezclaron con ésta y una multitud de gente surgida de ellas
se congregó en torno a Él.
La niebla desapareció.
El Maestro se sentó en el suelo, juntó sus manos a la altura de la
cintura y las enlazó, cerró sus ojos, nos invitó a todos a hacer lo
mismo y así lo hicimos.
«Como habéis visto —comenzó a decirnos—, estáis en un lugar
singular con una historia que se remonta a siglos donde diversas
civilizaciones han dejado su huella.
Habéis comprobado cómo los recintos funerarios están por
doquier, cómo la muerte está muy arraigada en ésta y en el resto
de las culturas humanas.

Mas al igual que en otros lugares, aquí algunos supieron
comprender que existe un camino que trasciende esa etapa
necesaria en la vida. Y comenzaron a labrar en la piedra, escalón
a escalón, los cientos de ellos que llevan a esta planicie, desde
donde percibieron con más claridad el mundo que les rodeaba y
donde construyeron este Monasterio o Templo en el que
reposaban antes de dejar el último vestigio de su mortalidad,
viviendo la trascendencia no para alejarse del mundo sino para ser
uno con él.
No se convertían en dioses, sino que su conciencia abarcaba
según subían peldaño a peldaño un poco más de su infinitud,
hasta comprender, sentir y ser Uno con la Vida.
¡Eternos! ¡Vivos! Porque vieron cómo atrás fueron dejando los
cascarones que les sirvieron en cada paso, en cada encarnación.
Comprendieron y supieron quienes fueron. El objetivo de cada
paso dado, tanto en el valle como en la ascensión, como
nuevamente en el descenso al valle aquellos que así lo decidieron.

Dios convirtiéndose en ser humano, éste ascendiendo; Dios
contemplándole y descendiendo hasta encontrarse originándose la
fusión, la unión. El encuentro deseado de Dios consigo mismo en
el ser humano. El encuentro deseado del Hijo-Hija con Dios: La
Comunión.
Hace dos mil años a través de Jeshua trasmití este conocimiento
a vuestra civilización, como anteriormente lo hice con otras y
seguiré haciéndolo, una y otra vez más.
Y paso a paso por el valle, peldaño a peldaño, vais ascendiendo,
teniendo al principio pequeños encuentros conmigo de acuerdo a
vuestra comprensión y Amor hasta que en la cumbre de este
mundo vivimos una mayor Comunión. Pero esto no es más que el
principio de lo que nuestro Padre anhela para vosotros.
Vosotros vivís en Mí como Yo en el Padre y Él en Vosotros. En
Comunión.»

Dichas estas palabras se levantó y con el mismo gesto con el que
llegó se despidió de todos nosotros.
La niebla volvió a envolvernos y quienes se encontraban con
nosotros volvieron a transformarse en pequeñas luminarias
desapareciendo al poco con la niebla, quedándonos los tres solos
ante el bello paisaje de un atardecer en la antigua ciudad de Petra.
Al igual que Petra, los cuerpos de barro continúan siendo
moldeados por las manos del Alfarero.


EL ANCIANO JUAN

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