lunes, 6 de junio de 2016

LIBRO ARPAS ETERNAS (Josefa Rosalia Luque)



Arpas Eternas
PRELUDIO 
¡Era la hora justa, precisa, inexorable! Hora que en la infinita inmensidad, es sinónimo de día de gloria, edad de oro, resplandor de voluntades soberanas que llega cuando debe, y se va cuando ha terminado de manifestarse. ¡Y ese algo supremo como el Fíat del Infinito, iba a resonar en las Arpas Eternas, como un himno triunfal que escucharían las incontables esferas!...
La pléyade gloriosa de los Setenta Instructores de este Universo de Mundos, estaba reunida en luminosa asamblea para que el Amor Supremo ungiera una vez más con la gloria del holocausto a sus grandes elegidos. Su ley marcaba la tercera parte más uno.
Debían, pues, ser veinticuatro. ¿Hacia dónde se abrirían los senderos largos en la inmensidad infinita?... En los archivos de la Luz Eterna estaban ya marcados desde largas edades.
No sería más que la prolongación de un cantar comenzado y no terminado aún. No sería más que la continuidad de una luz encendida en la noche lejana de los tiempos que fueron, y que antes de verla extinguirse, era necesario llenar nuevamente de aceite la lamparilla agostada.
No sería más que una siembra nueva, ya muchas veces repetida de Amor divino y de divina Sabiduría, antes de que se extinguieran los últimos frutos de la siembra anterior. ¡En la inconmensurable grandeza del Infinito, eran pequeños puntos marcados a fuego...! ¡Nada más que puntos!... Una pequeña ola coronada de blanca espuma que va hacia la playa, la besa, la refresca y torna al medio del mar, feliz de haber dejado sus linfas refrescantes en las arenas resecas y calcinadas.
Eran los elegidos para una nueva misión salvadora: Yhasua, Venus, Alpha, Cástor, Pólux, Orfeo, Diana, Jhuno, Beth, Horo, Reshai, Hehalep, Régulo, Virgho, Ghimel, Thipert, Schipho, Shemonis, Pallus, Kapella, Zain, Malkuadonai, Ghanma y Sekania.
A cada cual se le llamaba con su nombre elegido desde su primera encarnación consciente en su mundo de origen, que debía ser también el que llevara en la última; nombres tan poderosos y fuertes en sus vibraciones, que muchos de ellos quedaron impresos por largas edades en los mundos físicos donde actuaron.
Y cada cual siguiendo el rayo luminoso de las Antorchas Eternas, que a su vez los recibían de los Fuegos Magnos, supremos Jerarcas de este universo, vieron destacarse en el infinito azul, como burbujas de luz, los globos donde el dolor y el sacrificio les esperaban. Cada cual había realizado allí mismo, varias estadías separadas unas de otras por largos milenios.
Cada cual eligió de entre los cuarenta y seis Hermanos gemelos que quedaban libres en sus gloriosas moradas, los que debían guiarle y protegerle, en la tremenda prueba a realizar.
Y el dulce Yhasua, originario de la segunda estrella de la constelación de Sirio, que ya había realizado ocho etapas en el planeta Tierra, eligió como guías inmediatos a Ariel y Aelohin, que ya lo habían sido en las jornadas de Juno, de Krishna y de Moisés, como Sirio y Okmaya lo habían sido de Antulio; Venus y Kapella de Abel; Isis y Orfeo de Anfión, de Numú y de Buda.
Mas, como se trataba de que el dulce Yhasua debía realizar la jornada final, la más tremenda, la que cerraría el glorioso ciclo de todos sus heroicos sacrificios, se ofrecieron para auspiciarle también, Ghimel, Tzebahot y Shamed, que por su excelso grado de evolución estaban ya próximos a pasar a la morada de las Antorchas Eternas.
Después de la solemne e imponente despedida con la presencia del gran Sirio, punto inicial de aquellas magníficas evoluciones, que dio a beber a los mártires voluntarios de la copa sagrada de los héroes triunfadores y les bendijo en nombre del Eterno Amor, los veinticuatro misioneros fueron vestidos con las túnicas grises de los inmolados, y el dulce y tierno Yhasua fue conducido por sus cinco Guardianes Superiores al portalón de color turquesa que da a la esfera astral de la Tierra, donde fue sumergido en el sueño preliminar y entregado a la custodia de tres Cirios de la Piedad, hasta el momento de hacerle tomar la materia ya preparada de antemano por las Inteligencias encargadas de la dirección de los procesos fisiológicos de la generación humana. La mayoría de los elegidos para el holocausto grandioso y sublime, eran de la Legión de las Arpas Vivas o Amadores, unos pocos de los Esplendores y de las Victorias, y otros de la Muralla de Diamantes.
Era pues, una desbordante inundación de amor la que arrastraban consigo aquellos gloriosos Enviados desde la altura de los mundos Sirianos, hasta los globos favorecidos con tan preclaros visitantes. Mas, ¡cuán ajenas e ignorantes estaban aquellas esferas, del divino don que iban a recibir!
En el planeta Tierra existían cuatro agrupaciones de seres humanos, que veían en el cielo terso de sus místicas contemplaciones, el acercamiento del Gran Misionero:
Los Esenios, congregados en número de setenta en las grandes grutas de las montañas de Moab, al oriente del  Mar Muerto, otras porciones en la cordillera del Líbano, y los montes de Samaria y de Judea, mientras los que tenían familia y hogar se hallaban diseminados en toda la Palestina, y éstos formaban como una segunda cadena espiritual dependiente de los que vivían solitarios y en celibato. 
La segunda agrupación se hallaba en Arabia, en el Monte Horeb, donde un sabio, astrólogo, de tez morena, había construido un TemploEscuela a sus expensas, y con ochenta y cuatro compañeros de estudios y de meditación buscaban de ponerse en la misma onda de vibración que las Inteligencias invisibles, cortesanas del Divino Ungido que entraba en el sueño preparatorio para la unión con la materia física.
Era Melchor, el príncipe moreno, que habiendo tenido en su primera juventud un amor pasional profundo como un abismo y fuerte como un huracán, le había llevado a la inconsciencia del delito; le había arrancado a un joven pastor la tierna zagala que debía ser su compañera, con lo cual causó la desesperación y la muerte de ambos. 
Melchor, buscando curar el dolor de su culpa, derramó la mitad de su cuantiosa fortuna a los pies de todas las zagalas de su tierra para cooperar a sus bodas y a la formación de sus hogares. Y con la otra mitad construyó un Templo-Escuela, y llamó a los hombres desengañados por parecido dolor que el suyo, que quisieran buscar en la serenidad de lo Infinito: la esperanza, la paz y la sabiduría.
Estaba como incrustado en el monte Horeb, entre los cerros fragorosos de la Arabia Pétrea, a pocas millas de Diza-Abad, por lo cual los de esta ciudad portuaria les llamaban los ermitaños Horeanos, que fueron respetados y considerados como augures, como astrólogos y terapeutas. 
La tercera agrupación se encontraba en Persia, entre las montañas de la cadena de los Montes Zagros, a pocas millas al sur de Persépolis, la fastuosa ciudad de Darío.
El Templo se hallaba a la vera de un riachuelo que naciendo en las alturas de los Montes Zagros, desembocaba en el Golfo Pérsico. Comúnmente les llamaron en la región “Ruditas” debido a Rudián, célebre médico que vivió entre los solitarios, cuyos cultos eran como resonancia suave del Zen-Avesta, y origen a la vez de los dulces y místicos Chiítas, que repartían su tiempo entre la meditación, la música y el trabajo manual. 
Era Baltasar, el Consejero en esta Escuela de meditación y de sabiduría, y a ella había consagrado la mayor parte de su vida que ya llegaba al ocaso. 
Y por fin la cuarta agrupación, radicada en los Montes Suleimán, vecinos al gran río Indo, cuya torrentosa corriente era casi el único sonido que rompía la calma de aquella soledad. 
Y allí, Gaspar, Señor de Srinagar y Príncipe de Bombay, había huido con un sepulcro de amor en su corazón, para buscar en el estudio del mundo sideral y de los poderes internos concedidos por Dios a los hombres, la fuerza necesaria para ser útil a la humanidad, acallando sus propios dolores en el estudio y la contemplación de los misterios divinos. 
He aquí las cuatro porciones de humanidad a las cuales fuera revelado desde el mundo espiritual, el secreto del descenso del Cristo en un cuerpo físico, formado en el seno de una doncella del país en que corre como en el fondo de un abismo, el río Jordán. Y en la lucidez serena de sus largas contemplaciones, vislumbraron un hogar como un nido de tórtolas entre rosales y arrayanes, donde tres seres, tres esenios, cantaban salmos al amanecer y a la caída de la tarde, para alabar a Dios al son de la cítara, y entrar en la onda vibratoria de todos los justos que esperaban la llegada del Ungido anunciado por los Profetas. Eran Joachin, Ana, y la tierna Azucena, brotada en la edad madura de los esposos que habían pedido con lágrimas al Altísimo, una prolongación de sus vidas que cerrara sus ojos a la hora de morir. 
Y era Myriam, un rayo de luna sobre la serenidad de un lago dormido. Y era Myriam, un celaje de aurora sobre un jardín de lirios en flor. Y era Myriam, una mística alondra, cuando al son de su cítara cantaba a media voz salmos de alabanza a Jehová. 
Y las manos de Myriam corriendo sobre el telar, eran como blancas tortolitas sacudiéndose entre arenillas doradas por el sol. Y eran los ojos de Myriam..., ojos de siria, que espera al amor..., del color de las avellanas maduras mojadas por el rocío... Y miraban con la mansedumbre de las gacelas, y sus párpados se cerraban con la suavidad de pétalos al anochecer... 
Y el sol al levantarse como un fanal de oro en el horizonte, diseñaba en sombra su silueta gentil y su paso ligero y breve, sobre las praderas en flor, cuando iba con el cántaro al hombro a buscar agua de la fuente inmediata. ¡Y la fuente gozosa, le devolvía su propia imagen..., imagen de virgen núbil, con su frente tocada de blanco al uso de las mujeres de su país! 
¡Qué bella era Myriam, en su casta virginidad!... Tal fue el vaso elegido por la Suprema Ley de esa hora solemne, para depositar la materia que usaría el Verbo Divino en su gloriosa jornada Mesiánica. 
Y cuando Myriam contaba sólo quince años, Joachin y Ana con sólo diferencia de meses, durmieron en el seno de Dios, ese sueño que no se despierta en la materia, y la dulce virgen núbil de los ojos de gacela, fue llevada por sus parientes a proteger su orfandad entre las vírgenes de Sión, bajo los claustros y pórticos dorados del Templo de Jerusalén, donde los sacerdotes Simeón y Eleazar, esenios y parientes cercanos de su padre, la acogieron con tierna solicitud.

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