martes, 7 de junio de 2016

LIBRO ARPAS ETERNAS (Josefa Rosalia Luque)

LIBRO ARPAS ETERNAS (Josefa Rosalia Luque)


LA GLORIA DE BETLEHEM
Segundo Capitulo
¡Los días volaban!..., volaban como pétalos de flores que lleva el viento, por valles, montañas y praderas; y cada uno de esos días, jirón de luz desmenuzado por los inexorables dedos del tiempo, le decía a Myriam con su voz sin ruido, que se acercaba el gran acontecimiento de su divina maternidad. 
Una radiante visión color de amatista y oro le había cantado en un atardecer de otoño, una melodía jamás oída por ella: “¡Dios te salve, Myriam!... ¡Llena eres de Gracia!... ¡Bendita tú entre todas las mujeres!... ¡Y bendita en el que saldrá de ti, el cual será llamado Hijo del Altísimo! “¡Aleluya, Myriam!... ¡Aleluya!” “¡Canta, mujer del silencio, canta porque tu gloria sobrepasa a todas las glorias, y en esta hora solemne se ha fijado tu ruta de estrellas por los siglos de los siglos!...” Y la celeste voz parecía ir perdiéndose a lo lejos, como si aquel de quien surgía fuese elevándose más y más en el infinito azul. 
Algunos humildes labriegos y pastores nazarenos, que pasaban las noches del otoño bajo las encinas gigantescas, con hogueras encendidas cuidando sus majadas o sus cultivos en maduración, creían haber soñado con cantares como los de las vírgenes de Sión, en la solemnidad de la Pascua en el Templo de Jerusalén. 
Y otros transeúntes nocturnos de la silenciosa ciudad nazarena, aseguraban haber visto cómo nubecillas rosadas, azul y oro del amanecer, bajando y subiendo, esparciéndose como filigrana de tenues hilos de los colores del iris sobre la grisácea techumbre de la casa de Yhosep el artesano. 
Y a media voz empezaban a correr versiones cargadas de misterio, de enigmas y de estupor, haciéndose los más variados y pintorescos comentarios, que ensanchándose más y más llegaban a lo maravilloso. 
Algún poderoso mago debía andar de por medio en todo aquello –decían sigilosamente. Y la curiosidad femenina tejía redecillas sutiles, obra de imaginaciones de mentes sin cultivo y sin lucidez. 
La dulce Myriam, acosada a preguntas, iba entristeciéndose y alarmándose, al ver que su casita-templo, era tomada como escenario de algo que aquellas buenas gentes no acertaban a comprender, y Yhosep tomó la medida prudente y discreta de llevarse a Myriam a Betlehem, a casa de Elcana, unido en matrimonio con Sara, hermana menor de Ana su madre, los cuales tenían un verdadero culto por la virtuosa y bella sobrina. Yhosep había tratado el viaje con la caravana de mercaderes que bajaba periódicamente desde Cesarea de Filipo a Jerusalén, y que hacía descanso junto a la fuente, en las afueras de Nazareth. Y cuando la luna llena estaba en el cenit, Yhosep y Myriam montados sobre un camello seguían la caravana rumbo al sur, mientras los niños de Yhosep al cuidado de una parienta, continuaban encendiendo la lumbre bajo aquel techo enmohecido por los años, y que tantas bellezas había visto pasar en los siete meses de preparación para el gran acontecimiento. — ¿Qué ha pasado en la casita del carpintero? –se preguntaban los vecinos nazarenos–, que no se oyen las sierras ni los martillos de los jornaleros de Yhosep. — ¿Será que los ángeles del Señor se llevaron al séptimo cielo a la dulce Myriam, que acaso va a ser madre de un nuevo Profeta enviado de Jehová para fulminar a los déspotas dominadores de Israel? 
Tales interrogantes surgían de las mentes sin malicia de los que habían escuchado las aseveraciones de algunos clarividentes, que sorprendieron extraños resplandores sobre la casa de Yhosep. Pero la mayoría, tejía de malignas suposiciones, una redecilla obscura en torno a la dulce mujer del silencio, no faltando quien anunciase que había perdido la razón; que una atroz demencia la había ido llevando de sombras en sombras envuelta en su tenaz silencio, hacia esa pavorosa tiniebla mental que llamamos locura. 
Y después de tres días de marcha, Yhosep y Myriam se encontraron en la ciudad de David, el místico rey pastor, que al son de una lira de oro cantaba salmos de alabanzas a Jehová y salmos de dolor por sus pecados: ¡gritos de angustia clamando piedad y misericordia para sus grandes errores! —
 ¡Myriam..., hija de Ana!... –Exclamaba Sara, su tía, abrazándola tiernamente en el dintel de su puerta–. ¿Qué gloria es ésta que viene contigo, Myriam, mujer escogida del Altísimo? 
Y Myriam, fijando en aquella mujer sus grandes ojos llenos de ensueños divinos, díjole con su dulzura habitual: — ¿También tú, tía Sara, me rodeas de milagros y enigmas? Si escogida fui para ser madre de un profeta, como todas las madres de profetas en esta tierra del Señor donde tantos hubo. ¿Es eso acaso lo que quieres decir? —Es que Elcana mi marido y yo, hemos tenido extraños sueños respecto de ti, Myriam, hija de Joachin y de Ana. “Entremos, y te lo contaré todo junto al hogar.
La tía Sara seguida de la joven fueron a sentarse en el banco del hogar, mientras Elcana y Yhosep disponían de hospedaje conveniente para Myriam que venía a esperar la maternidad bajo su techo betlehemita. —
Soñamos, Elcana y yo, que te veíamos de pie en lo alto de un cerro a inmediaciones de Nazareth, y que de tu pecho brotaba un reguero de aguas cristalinas que iba ensanchándose hasta formar un azulado arroyuelo, donde multitud de gentes acudían a beber porque aquellas aguas maravillosas curaban todas las enfermedades. “Luego no se te veía a ti, sino sólo al arroyuelo que se tornaba en río caudaloso, y después en un mar de aguas doradas y resplandecientes que inundaban desde Idumea hasta Sidón.
 “Otra vez, soñamos que tú y Yhosep, entrabais al Templo de Jerusalén para los oficios de Pascua, y que el Templo se llenaba de un rosado resplandor como si hubiera llamas color de amatista por dentro y por fuera. 
Que vosotros dos salíais, y el resplandor quedaba allí causando estupor a los sacerdotes y doctores, porque esa luz vivísima les alumbraba hasta el fondo de sus conciencias, donde encontraban sus pecados al descubierto y pedían perdón y misericordia a Jehová. 
“Y por tercera vez soñamos que tú sola, en lo alto de una montaña decías en un clamor que partía el corazón en dos: “Gentes que pasáis por estos caminos, mirad y decid si hay dolor comparable a mi dolor”. —
¡Oh, qué extraños sueños son los tuyos, tía Sara! Y Myriam, la esenia, reservada y silenciosa, discreta y prudente como todos ellos, calló en cumplimiento de aquella vieja ley de la Orden que decía: “El esenio no hablará nunca de sí mismo, si no es obligado en defensa de la verdad”. 
Y por su mente lúcida y serena pasaron en armonioso desfile cuantas visiones, anuncios y profecías había tenido respecto al gran ser que debía llamarla Madre. “¡Myriam!... –le había dicho el mismo Espíritu-Luz, el inolvidable día en que era coronada de rosas para desposarse con Yhosep– ¡Myriam!... 
La Ley Eterna del Amor Universal me permite asociarte a la misión redentora que me traerá pronto a la Tierra”. Había sido al amanecer de aquel día memorable, cuando siguiendo la liturgia sagrada, la virgen que iba a desposarse hacía por última vez la ofrenda del incienso y de la mirra en el Altar de los Perfumes, símbolo de que ofrecía a Jehová el sacrificio de su virginidad para transformarse en esposa y madre, otra forma de sacerdocio consagrado también por la Ley Divina, eterna conservadora de la especie humana sobre el Planeta.
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