martes, 14 de junio de 2016

LIBRO HIJOS DEL SOL

LA PIEDRA MÁGICA
Existen pequeñas anécdotas que afortunadamente el velo del tiempo nos ha dejado desvelar. Solo quien tiene la llave puede abrir la vieja puerta de su casa. Sólo quien sabe caminar por el laberinto no se pierde ni se ciega con las fantasmales luces del Maya. En este caso nos referiremos a un capítulo que nunca se escribió de Juan.
Era un día cualquiera de su impetuosa juventud; Juan había dejado la cueva donde habitualmente moraba y se había dirigido a la fuente del Engadí, donde periódicamente se bañaba antes de que saliera el Sol. Las viejas enseñanzas de Zaqueo eran para él como un código imperturbable de conocimiento. En estas enseñanzas, el baño ritual antes de saludar al Sol era obligado, además de higiénico. Pero esa mañana, un extraño y minúsculo sol artificial estaba iluminando con reflejos vistosos el agua de la fuente. Por un momento Juan se desconcertó e incluso comenzaba a pensar que el fin de los tiempos estaba próximo al ver como el sol de este amanecer estaba pálido de vida o bien todo se estaba apagando ante sus asombrados ojos. La luz continuó su evolución hasta que se puso matemáticamente sobre la vertical de su cabeza. Nuestro hombre levantó la cabeza y se quedo asombrado ante la cegadora luz que salía del mismo. Uno de esos rayos comenzó a descender desde el pequeño sol metálico y alcanzó a Juan, que con suavidad se vio ascendido hacia arriba, como si algún águila gigante le estuviera levantando desde la tierra. Comenzó a pensar que a lo mejor todavía estaba dormido y que en todo caso se trataba de su imaginación, pero no solo no fue así, sino que se vio impetuosamente introducido en una extraña tienda de un color jamás visto y con una luz maravillosa que iluminaba toda su figura. Dentro de aquella tienda de extraño metal era de día, pero mirando desde la puerta de la misma hacia abajo, era de noche. Enseguida comprendió que aquello no era obra del hombre, sino de Dios.
Comenzó a caminar por un pasillo circular largo donde la luz y la brillantez de las paredes le hacían pensar que estaba en una casa hecha de la más fina plata que jamás habría visto ningún ser humano. Después de recorrer un largo tramo. Se abrió en su lado izquierdo una puerta, y pudo ver una sala circular desprovista de muebles y sin la presencia de ser viviente alguno. Juan se acercó al centro y vio una peana de un color plateado brillante que saliendo del suelo de dicha habitación llegaba hasta su cintura. En dicha peana brillaba una piedra preciosa de color rojo que destellaba con fuerza y asemejaba a las más bellas de las gemas que nunca jamás habría visto. Era del tamaño de un huevo de gallina, pero estaba cortada en forma caprichosa y regular. Casi al instante, se escuchó una voz, que sin saber de dónde salía exactamente llenó con ímpetu autoritario toda la estancia:
-Juan, toma la piedra y no la pierdas nunca. En otra vida te perteneció. Úsala cuando necesites preguntar algo o cuando en tu turbación y soledad necesites de nuestra ayuda. Siempre estaremos unidos a ti por medio de la misma. Escucharás y verás en sus entrañas cuando acontece a los hombres y a tu tierra. Verás el pasado y el futuro y te protegerá de todo mal. Guárdala celosamente de los curiosos y de los ladrones y escóndela en un lugar seguro cercano a ti.
Tomó por tanto la piedra con veneración y asombro y tal y como había venido hasta allí retrocedió hasta el final del pasillo de acceso. Estaba pensando cómo bajaría a tierra, cuando en un solo instante se vio junto a la fuente como si de magia auténtica se tratara. Comprobó que la piedra estaba en su regazo. Luego vio como el pequeño sol metálico se iba apagando a la vez que los primeros rayos de Sol salían por el horizonte.
Ascendió rápidamente a la cueva y después de buscar un lugar seguro, lo encontró en una pequeña hendidura en el lado más obscuro de su morada. Puso después una pequeña piedra plana tapando la ranura y allí estuvo su gran tesoro, que solo él y una amiga suya a la que luego me referiré conocían.
Todas las noches antes de dormir, Juan avivaba el fuego que ardía continuamente en su cueva, pues las ascuas del día prendían en la noche con el pequeño manojo de palos secos que antes de retirarse tomaba nuestro anacoreta del entorno. Cada noche, tomaba la piedra de su escondite y la contemplaba silencioso. Al cabo de un ratito de quietud y observación comenzaba a ver imágenes del pasado y del futuro. Bastaba con que Juan pensara en forma consciente o distraída en algo para que se reflejara en su interior una respuesta visual acompañada de una potente voz que solo se escuchaba en su propio cerebro. A veces cuando la meditación ante la piedra se prolongaba por horas y el fuego se apagaba, una maravillosa luz violeta salía de la gema e iluminaba la estancia sin que el profeta reparara en que el fuego se había extinguido y que la luz era la de la preciada gema.
Por medio de la misma le fueron dadas a Juan instrucciones precisas por partes de los dioses, de cómo emplearla para curar a los enfermos, incluso de cómo defenderse de sus enemigos. Así pues, por medio de giros monótonos y repetitivos sobre las zonas patológicas de los enfermos se producía al poco rato una verdadera regeneración de los tejidos y un claro alivio de los males del enfermo.
Esta dichosa piedra fue vista poco a poco cada vez por más gente, hasta el punto de levantar todo tipo de especulaciones sobre la misma. Solo Jhana, su entrañable amiga, sabía donde se escondía y quienes se la habían dado.
Existe incluso un capítulo muy polémico que nunca se ha registrado en las escrituras sagradas pero que hace alusión a un tema escabroso. Si se lee bien los Evangelios se puede observar una clara rivalidad entre los discípulos de Juan y los de Jesús el Cristo. Fueron precisamente varios discípulos de Jesús los que atraídos por el poder de la piedra maravillosa del profeta, y seguidos de otras personas, se acercaron a la cueva de Juan para que les mostraba el poder de la misma. En un principio el anacoreta no hizo caso de este macabro interés, pero ante la pesada insistencia de estos dos discípulos y los curiosos que les seguían, optó Juan por salir a la luz desde la penumbra de su cueva, pero con la piedra en la mano. Levantó el Hombre de Dios la gema sobre su cabeza y al instante salió de la misma un rayo rojo que envolvió en aparentes llamas a los curiosos. Fue tal el impacto y el susto que recibieron que salieron corriendo a la vez que las chispas salían de sus túnicas por el efecto térmico de aquel rayo.
Comprendo que estas historias puedan resultar fantásticas, pero son tan reales como la propia certeza de haberlas vivido desde el arcano registro akásico donde está grabado cuanto se ha dado en los corazones de los hombres y en la vida y devenir de la Humanidad. Algunos comprobarán cuanto decimos desde el "otro lado". Mientras tanto, para otros la pequeña historia de la piedra de Juan, no será sino un despiste literario de los autores.
Deseo recordar al respecto algo curioso que fue famoso para los seguidores del mundo del contactismo moderno. Me estoy refiriendo a una vieja historia de un periodista alemán que fue contactado por seres venidos del espacio y al que le entregaron una piedra roja que debería llevar a una cita precisa junto al mar en un día determinado. Aquel hombre escéptico, tiró la piedra al agua y no quiso dar crédito ante cuanto estaba viviendo pues comprometía su vida y sus creencias en forma peligrosa para su cordura. Al día siguiente este periodista contactado murió extrañamente. Es una pequeña anécdota curiosa que se dio en nuestros días. Pero sin recurrir a ella, muchos son los que conocen la función de las piedras preciosas en manos de dotados psíquicos y el empleo en los campos de la medicina, la parapsicología y la magia, que a lo largo de la historia han tejido de leyendas las actuaciones de seres y de entidades, que emplearon dicho poder para estos y otros tantos usos fantásticos.
Juan no solo la empleaba para hablar con los dioses y para sanar, sino que cuando tenía llos fuertes dolores intestinales y las fiebres que provocaba su precario estado, ponía la piedra en la frente o en el abdomen y poco a poco se dormía con una sensación de paz y de satisfacción por el alivio directo de las vibraciones de la misma.
JHANA, SU AMADA VIRGEN

Como el Arcángel San Gabriel anunciara en su día a Zacarías, Juan habría nacido con el sagrado deber de servir a Dios. En el libro sagrado se da a entender que este profeta no debería conocer mujer, por su dedicación al Señor. Y así fue en los primeros años de su predicación, pero no en la etapa final; es decir, poco antes de su muerte.
Zacarías vivía en Jerusalén en las cercanías del templo, puesto que los sacerdotes que permanecían asiduamente en el servicio religioso habitaban los barrios próximos al mismo. La humilde casa de la familia de Juan tenía en su vecindad más próxima a otra familia de mercaderes de telas que además de ser virtuosos y fieles amigos de Zacarías e Isabel habían tenido cinco hijos; cuatro varones y una hija pequeña llamada Jhana. Esta niña había nacido matemáticamente al unísono de Juan, y los mismos dolores de parto habrían pasado ambas madres en casas contiguas y en habitaciones separadas por tan solo un pequeño tabique. En esa misma medida, los primeros años del hombre de Dios se habían dado con una total y absolutamente compenetración con esta niña que por la carencia de hermanos por parte de Juan, había ocupado en todo momento esta parcela sentimental tan necesaria para todo niño.
Durante pocos años habían vivido indistintamente en cada casa, y habían comido y dormido en una y otra con total libertad y con el consentimiento de ambas familias que por otra parte eran entrañables en sus lazos y en su respectivo trato.
Juan amaba a Jhana, pero le era imposible concebir a su vecinita como una mujer objeto de deseo, sino más bien como una verdadera hermana. De una u otra manera los primeros lazos y las primeras pautas infantiles definen de una u otra manera el comportamiento futuro del adulto y no podría haber sido de otra manera en este caso, puesto que la profecía del Ángel se debía cumplir por designios infalibles de lo alto, hasta que de “lo alto” le fuera permitido conocer mujer.

Cuando a los siete años Juan fue llevado a iniciar su educación al colegio esenio, Jhana acudía cada fiesta junto con Zacarías y con Isabel a ver y dialogar con su querido amigo. Esta entrañable amistad no solo no habría disminuido con el tiempo sino que se veía incrementada por la separación de ambos. Pero así como en Juan el encuentro con Jhana no era otra cosa que renovar lazos familiares; Jhana iba desarrollando junto con este amor una lógica atracción femenina que no descartaba el deseo de poseer y amar como hombre al Profeta de Dios. Por otra parte decía Jhana -Y a quien voy a amar si no es a Juan-. Pues ella no podía amar a otro hombre. Sobre Jhana, evidentemente habitaba el espíritu de Sheisha y vida tras vida los lazos afectivos que se han visto iluminados con la luz del espíritu no desaparecen, sino que se incrementan y se buscan.
Jhana no sabía que aquel ser amado no viviría muchos años sobre la faz de la tierra y tampoco sabía que "los hijos del Sol" son como soldados al servicio de un plan y no de una mujer. Por tanto se requería de la fortaleza y la concentración absoluta de la mente del profeta para llevar a cabo el plan previsto y en este plan el celibato era una herramienta muy útil para no desviar intereses o debilitar las tremendas decisiones que debía tomar el hombre de Dios en lo sucesivo.
Jhana siempre había visitado a Juan, pero no solo por propio interés sentimental en sí, sino por cuidar en todo momento de la precaria salud del profeta y de atender a su perpetuo descuido en las comidas y en el cuidado de su cuerpo. Y es que Juan además de ser un despistado sufría enormemente con la digestión, hasta el punto de apurar la comida al mínimo para no enfrentarse a las reacciones posteriores.
Jhana llevaba asiduamente queso, dátiles y miel a su amado Juan y este los comía poco a poco hasta que de nuevo en la siguiente visita le eran repuestos los víveres que se habían terminado. Pero ocurría muy a menudo que la comida se estropeaba en el fondo de la cueva y cuando Jhana llegaba se entristecía por ver la afrenta de su gesto despreciado por el profeta.
- ¿Juan por que no has comido lo que te envíe?, decía Jhana.
Juan saliendo de su letargo y con un total despiste afirmaba:
-Mujer; no ves que ya he comido todo. Y seguía abstraído haciendo dibujos y jeroglíficos en el suelo de la caverna. Entonces Jhana con tristeza tomaba el queso repleto de gusanos y se lo ponía en la nariz y ante los ojos para que evidenciara no solo que no era cierto, sino que además flaqueaba su memoria o su despiste era tremendo. Juan ante tal gesto sonreía con ternura y decía:
- ¡Lo siento Jhana!....no sabía que todavía tenía comida.
En pocas ocasiones Jhana retrasaba su visita al profeta enfadada por esta desconsideración por parte de su querido amigo, pero Juan no solo seguía en el mismo despiste sino que terminaba por comer todavía menos y aumentaba su extremada delgadez. En ocasiones llegó incluso a comer langostas y líquenes del desierto.
En otras ocasiones era Jhana la que le impulsaba a realizar su función terapéutica por la cual debía de curar a los enfermos que ocasionalmente acudían a la cueva. Juan tomaba su piedra de color rojo y realizaba varias pasadas por el cuerpo del enfermo, produciéndose al poco rato una regeneración total del mismo. Cuando no conseguía llevar el alivio o calmar el dolor, decía al enfermo:
-Regresa a casa y reza al Señor; pues él se ocupará de ti. Pero no peques más.
Aquella noche, Juan tomaba la piedra y la ponía encima al costado del fuego. Luego se concentraba mentalmente y pedía al Señor Dios de Israel por todos y cada uno de los enfermos que habían venido a su encuentro. No tardaban éstos en amanecer con las dolencias curadas o ampliamente mejoradas. Por estas cosas y otros tantos prodigios, crecía cada vez más la fama de Juan ante el pueblo y era respetado y amado por todos.
Aconsejaba siempre el profeta de Dios practicar la caridad entre los vecinos, perdonándose las ofensas e impulsaba a llevar una vida digna, moderando la comida y la bebida. Solía repetir reiteradamente:
-Sois lo que coméis. Buscar estar limpios por dentro y fuera y la enfermedad nunca visitará vuestras moradas. Cumplid los preceptos sagrados y no tendréis tribulaciones en el cuerpo y en el alma.
Al otro lado de las fronteras de Israel llegaba la fama del profeta de Dios y eran muchos los que peregrinaban a su rústica morada para escuchar su enseñanza. Esta fama también llegó a dos focos distintos y enfrentados en la sociedad de aquellos días. Por un lado los grupos celotas; o ultranacionalistas judíos y a su contrario el Rey Herodes. Ambos procuraron saber más de él y de su enseñanza. Los primeros pensaban que el pueblo seguiría a un líder con el carisma y la fuerza de Juan. El segundo, pensaba en la misma medida que aquel hombre podría ser peligroso si todo su prestigio lo ponía al servicio de una idea liberadora del pueblo.
Tanto los celotas como los informadores de Herodes habían concurrido a estos encuentros dialécticos en los que el profeta revelaba la más pura sabiduría jamás conocida. Y unos y otros hacían sus conjeturas en un sentido o en otro, según convenía a sus intereses respectivos.
Jhana sabia de este interés por parte de los movimientos políticos de Israel hacia la figura de su querido Juan y reiteradamente le advertía de estas intrigas. Juan por su parte totalmente ajeno a estos intereses decía:
-¡ Mujer...! ¿Que pueden querer estos de un pobre hombre como yo?. He venido para hacer la revolución del corazón, no para sublevar ni enfrentar a nadie. ¡Déjales que hablen y murmuren!.
No sabía el profeta que aquellas intrigas le costarían poco tiempo después la vida. Pero estábamos ante un ser limpio de corazón que no callaba nada y que cuando se arrancaba en su discurso era tal la fuerza de su verbo que temblaban las montañas de Judea.

VIAJE A OTRO CONTINENTE
Cierto día llegó Jhana a la cueva al tiempo que Juan estaba dibujando dos círculos pequeños surcados por una línea y al final de la misma un círculo mayor.
-¿Que estas dibujando Juan?, dijo Jhana.
-El ángel del Señor me ha dicho en sueño que debo marchar a un lugar lejano. ¿Ves este círculo?...Se trata del Lago Tiberiades. Este otro es el mar Muerto. ¡Pues siguiendo esta línea llegaré a un gran mar y desde allí a una extraña tierra donde vivió nuestro Padre Moisés. (Se trataba del Mar Rojo y de la costa oriental de Egipto). En poco tiempo marchare hacia allí puesto que he sabido por las caravanas que llegan de Oriente que en la ciudad de Al-Ghardagah me espera un sabio que conoce los secretos de la salud. Él me ha mandado llamar por sus mensajeros y debo partir.
Jhana, que conocía la locura de su querido Juan, sabía que nadie podría disuadirle de adentrarse en las aguas de todo un océano y le dijo:
-Llévame contigo, por favor.
-¡Estas loca Jhana!...No ves que estas cosas no son tareas para mujeres. ¿Sabes tú el peligro que corres adentrándote en el mar?. Jhana respondió:
-¿No corres tu acaso el mismo peligro?. Juan respondió:
-Mi viaje ha sido bendecido por el Ángel del Señor, por tanto no temo por nada.
Dicho esto, Jhana, resignada, tomó de la cesta que traía una serie de provisiones a la vez que le entregaba un trozo de tela con muchos bordados que había hecho Isabel para su amado hijo. Juan retiró los alimentos y tomando la tela vio que en el centro de la misma y pasando desapercibido para cualquier otro observador había dibujado un rombo con un centro en su interior. Dijo enseguida a Jhana.
- Come un poco puesto que mis padres y mis hermanos nos esperan.
Aquel atardecer retornaron a pie hasta Jerusalén. Hicieron alto en la noche en el camino para dormir a la intemperie y bajo la luz de las estrellas se acurrucaron los dos sin malicia al abrigo de la pequeña brisa nocturna. Jhana tomó por un momento la palabra diciendo:
-Juan, ¿Por qué no retornas con nosotros a la ciudad y dejas la soledad del desierto?, ¿Tu sabes cuánto te amamos tus padres y yo?.
En el corazón de aquella mujer se ahogaba en silencio un llanto de profundo amor por su ser amado. Pero sabía que no luchaba contra la voluntad del profeta, sino que una extraña sombra siempre acompañaba al hombre de Dios para cegarle ante las ataduras mundanas y el apego a la comodidad de la vida en la ciudad. Jhana debía luchar contra una profecía, contra un destino y se entristecía por no poder vencer a algo que no tiene forma, que no tiene oídos para oír ni cabeza para razonar. ¿Cómo se puede vencer a una profecía?, ¿Cómo se puede alterar un destino?...¡En fin!..¿Acaso mi castigo sea el no ser suficientemente buena para él?.... Juan, ajeno a cuanto corría veloz por la mente de Jhana habló así:
- Mira Jhana cuantas estrellas hay en el firmamento. ¿Sabías tu que cada una de esas estrellas es el Cristo luminoso de otras tantas moradas donde viven seres igual que nosotros?. Otro igual a mi palpita al unísono de mi corazón en la lejanía del Cosmos
Y mirando fijamente al cielo, se iban cerrando poco a poco los ojos como si de un niño despistado y distraído se tratara.
Jhana, meneando la cabeza con resignación pensaba para adentro:
-¡Realmente, este hombre no tiene remedio!.
Cuando Juan hablaba de “otro igual al que palpitaba al unísono en el corazón” estaba esbozando una teoría que Einstein la enunciara como “universos paralelos”. Jhana no podía entender, pero quizás vosotros os podáis plantear alguna duda después de leer el siguiente relato:
Miguel Herrero Sierra, de treinta y cuatro años de edad, conductor de profesión y vecino de Alcalá de Henares, nos relata la experiencia que le permitió presumiblemente, entrar en contacto con seres extraterrestres de tipología 1.
Soy aficionado a la pesca. Aquel día -en la madrugada del 18 de diciembre de 1977-, decidí irme al pantano de Buendía, Cogí la furgoneta de la empresa y salí de casa, sobre las cinco de la madrugada. Había pasado ya el pueblo de Tendilla sobre las seis y pico (a 24 Kms. de Guadalajara sobre la Nacional 320), y de pronto, me quedé sin luces en el coche e incluso se apagó la radio. Me bajé e intenté encontrar la avería, sin resultado. Entonces, acerqué el coche a la cuneta y lo metí por un camino frente al cruce de Peñalver, donde no molestara, esperando a que se hiciera de día.
Había nubes bajas. Salí un momento del coche y oí que me llamaban: -¡Oiga, el de la furgoneta!-, distinguí una masa negra a unos cincuenta metros de mí y sospechando que pudiera tratarse de algún camionero con su vehículo atascado o algo así; sé que ahí no existe ninguna construcción-, me acerqué, después de cerrar mi coche. En ese momento vi a un hombre que iba con un buzo, un mono blanco que en principio a mi me pareció como de mecánico, el cual dijo que le acompañara.
En ese instante, Miguel Herrero afirma que empezó a notar calor, al tiempo que percibía un olor picante que en principio no identificó, pero que luego compararía al de "un bosque de pinos".
Siguió al hombre y distinguió un extraño aparato en forma de sombrero, del cual, cuando estaban a tres o cuatro metros, salió por debajo un cilindro hacia el suelo, iluminándolo todo.
Miguel Herrero afirmaría al diario "El Pueblo", de Madrid: "Me pareció una solemne tontería salir corriendo, porque pensé que si querían hacerme algo, me lo habrían hecho ya. No soy una persona miedosa, así que le seguí."
"Se abrió una puerta corredera en el cilindro; era metálico y estaba helado, y quedó a la distancia de un escalón del suelo”. Un ascensor nos llevó a la puerta de arriba, a una sala muy grande donde había muchos controles.
En ese momento Miguel Herrero sufrió un ligero desvanecimiento del que se recuperó a los pocos instantes. Entonces fue cuando empezó a hacer la composición de lugar, fruto de la cual han sido unos bocetos en los que ha intentado, una vez pesada su experiencia, reflejar todo lo que vio, lo más fielmente posible; así como unas anotaciones intentando describir aquellas instalaciones con la recopilación de sus recuerdos.
En los apuntes se puede leer textualmente:
"Las dimensiones del aparato, teniendo en cuenta que son aproximadas, comparándolas con un metro sesenta y cinco que es mi estatura, serían: de la base del cilindro hasta la parte superior de la copa del sombrero de unos diez metros”.
"El cilindro inferior tendría unos tres metros y medio de altura por tres de diámetro”.
"La sala de control tendría de dieciséis a dieciocho metros y la altura, algo más que la del cilindro, o sea, de cuatro a cinco metros”.
"El anillo o "alas", que vi nítidamente entre el cuello lleno de estrellas y el borde interior iluminado, podría tener de dos metros a dos metros y medio”.
"La cabina de "pilotos" era una pieza circular de unos dieciséis a dieciocho metros, iluminada con una luz blanca, procedente del techo y paredes, como si todo ello fuese una enorme lámpara de neón, que no molestaba en absoluto a los ojos, aunque su luz era muy intensa”.
Todo alrededor de las paredes, cinco, a modo de mostradores separados por una especie de armarios transparentes se encontraban los tableros de mando con una pantalla de televisión de unos dos metros de largo por uno de ancho. Y en cada mesa o tablero, un sinfín de luces, indicadores y palancas (algunas de estas luces no pararon de oscilar en todo el tiempo que estuve allí dentro).
Frente al tablero, por encima del aparato de televisión, la pared se hacía transparente a voluntad del operador como pude ver luego.
"Delante de los mandos, un asiento de algo que me pareció acero y esponja, con un pedal que permitía al operador desplazarse sobre unos carriles, de un extremo a otro de la consola."
Eran, si estaban todos, dieciséis.
De aspecto igual al nuestro; tanto que vestidos con nuestras ropas, hubieran pasado desapercibidos entre nosotros. Vestían un mono de color blanco, con la única excepción de uno de ellos que sobre la parte superior izquierda del mismo, en el pecho, llevaba un círculo rojo. Todo el tiempo aquella forma de diálogo inaudible ya que en ningún momento noté que movieran sus labios la mantuve con este hombre que parecía como si fuera el jefe, y que para mí se identificó como mayor Martins, el cual me explicó que sus naves se materializaban y se desmaterializaban a su gusto. Que su nave era de tipo exploradora y que había más en diversas partes, las cuales tenían que volver más tarde a un punto determinado, donde les esperaba una nave base (nodriza), que les devolvería a su lugar de origen. Para su defensa, podían crear un campo magnético de 15 ó 20 metros alrededor de la nave, para evitar posibles ataques.
"El "Mayor Martins" explicó que su funcionamiento está motivado por cargas magnéticas de repulsión y atracción. Llegaron a nosotros, básicamente, debido a una casualidad. Calculando una velocidad determinada para desplazarse encontraron un vacío y fue así como llegaron a nuestra dimensión hace aproximadamente dos mil años."
HUMANIDAD PARALELA
A Miguel Herrero Sierra, su interlocutor le contó diversos contactos efectuados en Francia, Estados Unidos, Rusia y Argentina, donde incluso intentaron hacer un experimento de cruce de razas con resultado negativo. Pero, quizás, el aspecto más llamativo de esa conversación es cuando Miguel añade:
Solamente me asusté el ver a un hombre que era exactamente igual a mí. Estaba sentado de espaldas, giró su asiento de los mandos y se quedó mirándome. Entonces, como digo fue cuando me di un gran susto. mi primera reacción -bueno, me dio la impresión de encontrarme ante un espejo- fue la de acercarme a él, no con ánimo de agredirle, ni mucho menos, sino sólo para ver a alguien como yo, de cerca. Y entonces fue cuando no me dejaron ir, no porque no pudiera físicamente, ya que nadie me lo impedía, sino porque me dijeron que no podía entrar en contacto, ya que él era algo así como mí negativo
exactamente igual que yo, a excepción de la cicatriz que tengo en la mejilla izquierda: él la tenía en la derecha.
Me dieron a entender como explicación que ellos y nosotros somos paralelos. El ejemplo fue el de la fotografía: nosotros somos el negativo y ellos el positivo o viceversa. Haciendo hincapié, en que cualquier cosa. que nosotros hiciésemos, a ellos les repercutiría, y que si uno de nosotros moría por cualquier causa,- su negativo -por seguir llamándole así - también fallecía. Me dijeron que si tenía idea de física, por ejemplo, dos polos opuestos en un imán se atraen y eso es lo que nos ocurría a nosotros en un momento dado al menor descuido. Quizá por ese motivo, a él le hicieron salir y no volví a verle."
Miguel Herrero estuvo en aquella sala aproximadamente tres horas. Un poco más tarde de las nueve y media de la mañana, se encontró de nuevo junto a su coche. A lo largo de ese tiempo -que a él le pareció tan corto como un cuarto de hora -, estuvo en contacto con unos seres que en ningún momento le hicieron daño. Únicamente notó cuando ya se encontraba fuera del aparato, un pinchazo en el brazo derecho, aunque no recuerda si se lo hicieron.
"Cuando salí del coche estaba muy nervioso y pude apreciar cómo el objeto con un leve zumbido, se alejaba a una velocidad increíble."
Es de destacar el cambio sufrido a raíz de la experiencia vívida por Miguel Herrero, el cual ha vuelto varias veces al lugar del suceso, en espera de que se vuelva a producir el encuentro y afirma:
"En cuanto a mi interior, aunque no sea capaz de explicarlo fácilmente, me ha supuesto una especie de trastrocamiento de las cosas que yo creía y pensaba respecto a estos asuntos. He visto todo tan fácil de explicar, que me parece un absurdo, montar estos problemas que han surgido entre expertos científicos. Por otra parte, no temo en absoluto al ridículo."
Las primeras investigaciones que se efectuaron, fueron sobre el terreno de los hechos, sin encontrar ningún rastro visible. Fueron analizadas muestras de vegetación y tierra, con resultados negativos.
Se recopilaron la mayoría de datos posibles, utilizando para tal fin diferentes cuestionarios, como las entrevistas efectuadas por el diario "El pueblo"
Todo el material fue sometido a minucioso análisis, encontrando en el mismo algunas lagunas, por lo que se optó, con el consentimiento del testigo y la colaboración del equipo del Dr. Jiménez del Oso, por efectuar análisis hipnótico y narcoanálisis o "suero de la
verdad consistente en pentotal por vía endovenosa, para la cual y ante el numeroso grupo de especialistas fue sometido a una técnica de sofronización simple- dirigida, debiendo desistir de la hipnosis profunda y del narcoanálisis, al ser detectada una enfermedad cardíaca.
Durante la sesión, el testigo relató punto por punto toda la experiencia vivida, quedando sin contestar aquellas preguntas más comprometidas, como si Miguel Herrero hubiera recibido una orden posthipnótica, dentro de una amnesia, ya que su relato no cubre las tres horas que permaneció dentro del OVNI.
En cuanto a la personalidad del testigo, hay que observar que es aficionado a la lectura, prefiriendo los clásicos. A pesar de su profesión de conductor, es un hombre de cultura, tiene el Bachillerato y dejó a medias la carrera de Magisterio. Tiene amplios conocimientos de francés, inglés, italiano y alemán, no es partidario en absoluto de la ciencia-ficción y hasta ese momento, como él mismo declararía, "no creía en estas cosas."
(Mundo Desconocido, nº 21)
Llegaron al mediodía del día siguiente. Juan se precipitó llorando de alegría a abrazar a su madre. La tomó en sus brazos por su espalda y la levantó en el aire diciendo con ternura:
-¿Hay acaso en todo Israel, madre más bella que esta maravillosa mujer?.
Isabel, sin volver el rostro y con lágrimas en los ojos comenzó a llorar diciendo desde el fondo del corazón:
-¡Juan,...Juan.....hijo de mis entrañas!
Y levantada en el aire daba besos a su hijo en la barba, en el pelo y en toda la cara.
Jhana que contemplaba la escena sentía el amor de una madre a la que Dios le había arrebatado la cosa más preciada de su existencia y lloraba, no tanto por emoción sino por la rabia de contemplar impotente como la vida de dos mujeres estaba frustrada y sin sentido por el corazón de un hombre, cuyo único delito era haber sido consagrado a Dios.
Difícil es el oficio de Profeta. Su destino es no poseer nada. No tener tiempo, pues al conocer el futuro se acorta su destino y se cierran los caminos. No ser de nadie, sino hijo de un programa preestablecido. Estos seres viven despersonificados en la atemporalidad absoluta del espacio y del tiempo.
Juan vivió solo unos días en la confortabilidad de su casa, visitando a sus viejos amigos y preparándose para la próxima ceremonia de Los Hijos de la Luz.
Al séptimo día de su llegada, Zacarías mandó a Juan a entregar un trozo de tela en el que figuraba dibujado un rombo con un corazón dentro y otro rombo con una luna menguante. Setenta y dos personas lo recibieron y entendieron que había una reunión al tercer día de su recepción. Exactamente en el cuarto menguante de la Luna que estaba por llegar.
La reunión era en la casa de Zacarías. Durante todo el día, fueron llegando los varones convocados al efecto. Solo dos o tres entraron por la puerta de la casa del sacerdote, puesto que la mayoría utilizó el pasadizo de costumbre que estaba bajo la casa de Zacarías.
Juan besó a su madre y bajó con calma a la estancia inferior de su casa. Recorrió casi quinientos metros entre pasadizos angostos y llegó al final a una galería en forma de bóveda circular en la que se disponían sendas hileras de bancos de madera en torno a un centro donde estaba formado un rombo con doce piedras de colores que representaban las doce tribus de Israel.
La luz tenue de la sala salía de grandes velones colocados a lo largo de la pared. Una pequeña corriente de aire recorría los túneles que desembocaban en aquella gran sala subterránea. Se sabía que este lugar debía coincidir con el propio palacio de Herodes; incluso se sabía que alguno de aquellos pasadizos salía del propio palacio del tirano, aunque nunca había sido usado por el monarca, quizás porque lo desconocía.
Las túnicas blancas de los invitados dejaban asomar toda clase de diversas profesiones y de distintas categorías sociales. La mayoría eran esenios. Ninguno portaba armas. Tampoco tenían anillos, ni adornos ni metales sobre su cuerpo. Solo el espíritu despierto y predispuesto a la iluminación.
Se dispuso el ara con el pan y el vino y se encendieron los candelabros sagrados. Uno en memoria de Moisés y otro en memoria de Elías. Se entornaron los cantos al Sol, hasta que en un instante una extraña luminosidad inmaterial y fantasmagórica iluminó la sala. Todos y cada uno de los setenta y dos convocados cerraron los ojos y esperaron a que el espíritu les compenetrara en el silencio. La comunión se estaba dando.
Al poco rato uno de los presentes; un hombre bajito con muy poco pelo y que por más señas era herrero comenzó a hablar en una extraña lengua, que nadie conocía. Luego cayó de repente y esta vez con voz clara dijo:
- Yo soy el Espíritu del Señor de la Tierra.......
El amanuense comenzó a escribir con parsimonia, a la vez que la voz, ahora compenetrada de una especial sensación carismática siguió diciendo con pequeñas pausas:
- Procede o Zacarías a disolver a nuestra familia, pues está próximo el fin de muchos de vosotros. Mi vehículo ya está dispuesto. El señor de la Luz ha preparado a su vez el templo de quien ha de encarnarle. Todo se ha cumplido.
Se hizo una pausa expectante y la boca del hombrecillo siguió diciendo:
-¡Bendito aquel a quien yo señale en la frente, puesto que será templo perfecto de mi espíritu!.
Se acallo la voz y todos levantaron la mirada con curiosidad. Nada parecía haberse alterado, salvo el hecho curioso de que Juan, que estaba guardado la entrada de uno de los corredores se había quedado dormido, con la espalda apoyada en la pared.
Zacarías al ver a su hijo en aquella actitud irreverente se levantó y se dispuso a despertarle. Tomó una vela en la mano y se acercó al joven. Levantó con suavidad la cabeza que estaba apoyada con la barbilla en el pecho y quedo estupefacto al comprobar que en la frente de Juan se había formado nítidamente en carácter indeleble un signo extraño que nada ni nadie hasta entonces había conocido. Era una H con tres palos, que ocupaba toda su frente.
Se acercaron todos al joven y le observaron con calma. Poco a poco Juan se fue desperezando y finalmente se quedó asombrado de ver a todos los hermanos mirándole fijamente. Curiosamente, el símbolo de su frente se fue borrando poco a poco hasta desaparecer. Todos entendieron entonces que el joven no era, sino el habitáculo del Señor de la Tierra.
Pero no era ese el momento de la cohabitación sino que se debía esperar aún un tiempo para que la simbiosis se produjera.
Tomó la palabra Zacarías y dijo:
-He sabido por los otros sacerdotes que ofician conmigo en el templo, que Herodes está maquinando contra mí y contra todos vosotros, pues se corre el rumor de nuestros encuentros. Quizás debamos separarnos por un tiempo.
Todos comenzaron a llorar, a la vez que en sus mentes comenzaron a reproducirse viejas imágenes de otra ceremonia que se había celebrado hacia muchos cientos de años antes y en los que los viejos espíritus eran perseguidos por los militares a la vez que su faraón Akhenatón era elevado al cielo.
Todos sabían que no se puede dar un cambio en el planeta o en el Sol, sin que la sangre de los iniciados sea vertida. Siempre fue así, y aún en aquel tiempo y en tiempos posteriores seguirá siendo igual. Sólo quien deba entender, entenderá.
Pero en medio de la desesperanza y la tristeza, se había encendido una luz. La luz, hecha figura en la frente de Juan el Bautista.
Nadie le hablo al profeta de Dios de lo que había aparecido en su frente. Solo quien deba saber y quien allí estuvo presente, volverá a ver este signo en el futuro en la misma frente del próximo templo del Señor de la Tierra. ¡Séllense los labios y acállese el corazón; pues el castigo por revelar los porqués de este misterio son severos!. Siémbrese la duda entre el ignorante y cuéntese la verdad a medias. Quien tenga que saber sabrá.
Después de ver el orden del día de las ayudas y menesteres de cada cofrade, fue despedida la reunión que duró hasta el alba y cada cual se marchó a su casa en la misma media y modo en que se había llegado.
Juan estuvo aún un poco tiempo con sus padres, pero un amanecer en que Isabel iba a despertar a su querido hijo, encontró el lecho plegado y en la almohada una piedra plana que tenía dibujado un rombo con dos olivos dentro.
Dos pequeñas lágrimas salieron de los ojos de la anciana Isabel, pues sabía que su hijo había retornado al desierto. Entornó los ojos al cielo y con resignación malsana pensó hacia dentro: - ¡Hágase tu voluntad, Señor, y no la mía!.
Durante casi seis meses no retornó Jhana a la cueva del Bautista. Pasado este tiempo, se acercó de nuevo a ver a su amado y como casi siempre lo encontró meditando en su cueva. Seguía delgado como el viento, pero abstraído en su metafísica profunda.
Se alegró mucho Juan al ver a Jhana y tomándole por la mano le dijo:
- Quiero enseñarte algo importante. Mañana partiremos y caminaremos durante casi una semana a las orillas del gran mar. Luego retornarás con la caravana de los mercaderes fenicios que hacen esta ruta.
Y caminaron felices y despreocupados durante seis días hasta llegar a la orilla del Mar (mar Rojo).
Se adentraron entre las rocas de los acantilados hasta llegar a una pequeña ensenada que se adentraba en una especie de roca cóncava adentrada en la pared de la costa. Una vez allí Juan mostró a Jhana una gran balsa de troncos atados toscamente con fuertes ligaduras. En el centro de la balsa emergía un pequeño mástil que a duras penas se sujetaba en pié de donde colgaba una lona blanca semejante a la que llevan los barcos fenicios que hacen la ruta costera de aquellos mares. Al ver Jhana aquel engendro fluvial comenzó a temblar de la cabeza a los pies, pues adivinaba las intenciones de aquel loco.
-¿No tendrás el valor de navegar con este barco?.
Y Juan absolutamente convencido y enamorado de su gran juguete le mostraba eufórico como había atado las ligaduras y como había sujetado la vela; como giraba el timón; etc.etc.
- Llévame contigo por favor; Juan. No me dejes sola. Si te pasa algo, yo quiero estar contigo para lo bueno y para lo malo.
-¿Acaso piensas que podría llevarte a cualquier situación de riesgo?..No; mujer, esto es una empresa solo para hombres. Yo volveré y te contaré cuanto haya aprendido. Recuerda que el Ángel del Señor esta siempre conmigo.
Y Juan empujó su velero entre los escollos hacia la orilla del mar. Desplegó la vela y comenzó a surcar las aguas calmas de aquel mar. Atrás se quedaba Jhana, con lágrimas en los ojos y suspirando por el ser que más amaba sobre la faz de la Tierra. No sabía ella que aquel instante pasaría a formar parte imborrable de su memoria, puesto que sería la última vez que viera al profeta.
No encontró tormenta alguna Juan durante toda su travesía, parecía que alguien guiara su rumbo por el mar. En todo momento visualizó la costa a lo lejos, bordeando la península de Sinaí hasta llegar al extremo oriental de Egipto. Hasta la ciudad conocida con el nombre de Al-Ghardagah. Esta ciudad era un hervidero de mercaderes de varias nacionalidad que trapicheaban con sus mercancías. Blancos, negros, fenicios, semitas y árabes se mezclaban en una próspera ciudad de intercambio. Juan pregunto por Kabir; el sabio curandero que vivía en los alrededores de la ciudad y no tuvo problemas para encontrarle.
CONTINUARA...
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