viernes, 10 de junio de 2016

LIBRO LOS HIJOS DEL SOL


Si contara los miles de detalles, vivencias y anécdotas que vienen a mi mente en el recuerdo de aquella vida, podría escribir una enciclopedia. Aunque lo paradójico era que el tiempo de mi recuerdo había sido de escasos minutos, mientras que en ese espacio percibía las vivencias de un montón de años.
Pero hay recuerdos traumáticos y complejos que no puedo obviar. Me refiero a las malvadas actuaciones de Amut.
Ocurrió que cierto día en que debíamos ir al templo de Osiris para aprender parte de las ceremonias que emplean sus sacerdotes en el culto funerario. Amut y su grupo no solo no acudió, sino que se marcharon a un burdel de prostitutas y se emborracharon con cerveza.
Esto que era en cierta forma habitual para este diablillo, no tenía nada de particular. Pero los efectos de la borrachera fueron dolorosos para mí. Al parecer Amut, comunicó a uno de los sacerdotes del templo de Amón, próximo al Sumo Sacerdote, que Yo frecuentaba el burdel y que por supuesto me emborrachaba a menudo.
La disciplina y la virtud, eran elementos que los sacerdotes no pasaban por alto y por supuesto estas faltas constituían la expulsión de la escuela del templo.
Se me hizo comparecer ante una comisión para presentar pruebas ante la acusación que pesaba sobre mí. Pero los testimonios de los testigos, amigos de Amut, habían creado una atmósfera de tremendas dudas. Yo presenté a los testigos que habíamos estado en el templo de Osiris y que certificaron mi presencia entre ellos durante toda aquella jornada. Pero la duda había sido sembrada y la queja fue trasladada a mi maestro.
Homet-Ra me llamó a su presencia y me dijo:
- Acudirás durante tres semanas al Nilo antes de la meditación de la mañana y purificarás tu cuerpo en sus aguas.
- ¡Pero Maestro! Yo no soy culpable de nada. Jamás he acudido a un burdel y no he bebido cerveza en mi vida.
- O cumples el castigo o serás expulsado muy a mi pesar. Pondré dos testigos a tu lado que comprobarán si te purificas con el baño.
Grite, lloré y me sentí morir. Podía pasar por los insultos de Amut, por las vejaciones de todos los compañeros y por el castigo de todos y cada uno de los sacerdotes. Pero no podía comprender como mi venerable Maestro no me escuchaba, no me creía y no confiaba en mí. Esto era como la muerte de un padre. Como si me quedara huérfano.
Desee marcharme del templo. Ya no me importaba en absoluto ser sacerdote. Me sentía traicionado, pero opté por cumplir el castigo como afrenta hacia mi propio Maestro.
Siguieron los días uno a uno, sin que Homet-Ra, me dirigiera la palabra, cumpliendo el castigo con la disciplina de un soldado. Mi odio y resentimiento también iban en aumento.
Pero la decisión de marcharme del templo era algo irreversible.
Nunca llegó el final del plazo previsto. En la segunda semana, me entró una fiebre terrible. Simplemente me moría. Aquel día no pude asistir al templo, ni realicé ninguna tarea. Permanecí en el lecho totalmente inconsciente. Ciertamente me moría. El médico que me atendía dijo que la inmersión en el Nilo en plena noche me había enfermado. Esta afirmación había aumentado aún más el odio hacia mi maestro, que no vino en ningún momento a verme en mi lecho.
Al tercer día de las fiebres, perdí la memoria, el espacio y el tiempo. Solo escuchaba la voz del doctor que me atendía diciendo –ha muerto- Yo vi cómo salía de mi cuerpo y me metía por un pasillo luminoso. Que me alejaba del frio de mis despojos humanos. Me sentía ligero, sin dolor, sin peso, sin límites, sin espacio, sin tiempo. Y al final del túnel vi el espacio más maravilloso que jamás había visto. Era un mundo de luz, absolutamente beatífico. Vi también a mis abuelos muertos, que me saludaban con una maravillosa sonrisa. Estaban más jóvenes y más plenos. Vi a otros seres que a lo largo de los años anteriores habían viajado por la barca de Osiris.

Por un momento desee que aquello no pasara nunca. Estaba en el paraíso. Luego ví como aquellas almas, después de algún tiempo, encarnaban en la tierra, en distintos lugares, con diferentes caras, con distinto género y con diversas habilidades. Comprobaba en ese estado que la muerte no existe. Que la vida en la tierra no es sino una forma de padecer. Y que la verdadera vida estaba allí. Vi además que yo había tenido muchas vidas anteriores y que vendrían otras tantas. Incluso me vi escribiendo este relato en este momento futuro que estoy viviendo. Era feliz, inmensamente feliz. Pero mi felicidad duraría poco, puesto que vi venir a mi maestro, Homet-Ra, acompañado de dos seres igual que él, con túnicas blancas luminosas y con una actitud beatífica. Estos seres eran simplemente maravillosos.
Homet-Ra, que en ese espacio parecía el propio Amon-Ra, me miró con una ternura infinita y me dijo:
- ¿Has comprendido ahora?
Y al instante comprendí que una vez más mi divino maestro me había hecho pasar por una experiencia extrema para que aprendiera el más importante de todos los misterios: “la inmortalidad”. Vi el tremendo esfuerzo que había hecho Homet-Ra, mostrándose duro y distante, cuando su corazón gemía de amor y de cariño hacia mí y hacia mi espíritu.
Quise abrazarle con toda mi alma. Pero los dos seres que le acompañaban dijeron en forma autoritaria:
- Desciende; no es tu momento….
Y al instante escuché de nuevo la voz del médico que decía.
- Ningún muerto puede llorar. De nuevo está entre nosotros.
Y gradualmente el frío de mis venas y de mi sangre me fue trayendo a la triste realidad de la precaria vida en la Tierra. La fiebre había desaparecido. Me había salvado. Bajo el dintel de la puerta de mi cuarto estaba mi maestro con una sonrisa en sus labios. A duras penas me levanté de la cama y me abracé a su cuello llorando desesperadamente.
- ¡Perdóname maestro…perdóname!
Pero Homet-Ra me apartó de su pecho y poniendo un dedo entre sus labios me ordenó con una ternura infinita que guardara silencio. Ahora entendía el silencio del iniciado. ¿Cómo podía decir a nuestros mandatarios y al Faraón, que sus tumbas y las inmensas riquezas con las que se enterraban no les daría la vida eterna? Nunca jamás podían imaginar que el rico de hoy es el esclavo de mañana y que en el otro lado no se necesitan riquezas materiales, sino espirituales. Que el espíritu es inmortal y no mide su calidad por la posición terrenal, sino por las virtudes. Solo cuando se tiene una experiencia como la mía, se puede entender, pero el hablar más de la cuenta puede significar desde el descrédito, hasta la propia muerte. Y valore el silencio de mi divino maestro como el escudo más eficaz ante el ignorante y al engañoso sabio del mundo de la materia.
Una vez más tenía que agradecer a Amut, que por sus locuras yo había comprendido uno de los más importantes misterios de la vida. Una vez más la Ley de la Polaridad me había dado una perspectiva completa de la inmortalidad.
Otro de los amargos recuerdos de aquellos años de aprendizaje está referido a otra de las locuras de Amut y de su grupo de inconscientes amigos. En esta ocasión el acto fue extremadamente grave.
A los lados de la estatua principal de Amon-Ra, en el templo de Karnak había dos pequeñas lámparas en forma de cuenco, que contenían el aceite sagrado con dos mechas encendidas, día y noche durante todo el año. Era el Fuego Sagrado simbolizando al fuego solar. Los cuencos eran de oro labrado y de una refinada belleza. Amut, superándose a sí mismo en ingenio maligno, no se le ocurrió otra cosa que robar ambos cuencos y esconderlos bajo la tierra del jardín de la parte posterior del templo. Luego hizo correr la voz de que los cuencos habían sido robados por mí, que a su vez los había vendido en el mercado.
Yo estaba ajeno a estos comentarios, hasta que el ayudante del Sumo sacerdote me notificó que casi con seguridad iba a ser expulsado del templo por haber robado los soportes de oro de Amon. Yo como no tenía ni idea de lo que me estaba hablando simplemente lo negué y no le di más importancia. Pero el ayudante no solo insistió sino que me convocó a una reunión al cabo de dos días, junto con mi valedor en el templo, Homet-Ra.

Preocupado finalmente por esta acusación, fui rápidamente donde mi maestro solicitando consejo y ayuda. El no se inmuto, simplemente esbozó una sonrisa diciéndome.
- Si no eres culpable, ¿Por qué te preocupas?
- Pues porque me han amenazado con expulsarme y tomar a su vez represalias contra ti.
- Vuelve a tu aposento y pide a Amon-Ra la serenidad necesaria para afrontar la prueba en el próximo juicio al que serás sometido. Pero si no eres culpable nada debes temer.
- Maestro, cuando me pides que hable con Amon-Ra, ¿Cómo debo imaginármelo? Con la cabeza de carnero o simplemente como un ser de carne y hueso. ¿La cabeza de carnero, no es algo simbólico?
- No hijo mío. Efectivamente en los primeros días del viejo Egipto, bajaron del cielo seres superiores a nosotros que nos enseñaron a tejer los lienzos, sembrar las tierras y practicar la Medicina. También nos hablaron del Universo, mostrándonos las constelaciones y los conceptos que ahora os enseñamos en la escuela. Uno de esos seres fue Amon, que efectivamente tenía cabeza de carnero. No es algo simbólico. Aunque al ser humano le resulte imposible atribuir la deidad a un ser de tal semblante. Amon, instruyó al pueblo en sabiduría y artes. El fue el que nos enseñó a fabricar el queso y a producir y criar las primeras reses que ahora tenemos en Egipto. Después de un tiempo Amon volvió al Cielo, a su morada, desde donde nos vigila y nos consuela. El centauro, es mitad caballo y mitad hombre; pero luego será solo hombre. La sirena antes era pez y luego será hombre, pero sus rasgos conservarán cierto parecido al animal que fue en su día. Si matamos a un animal, matamos a un futuro hombre. En otras estancias del Universo viven seres que a nuestro entender son horribles por su presencia, pero que su evolución espiritual es superior a la nuestra en millones de años. Finalmente Amon fue compenetrado por el espíritu de Ra, de ahí su nombre Amon-Ra. En igual manera los seres que alcanzan la iluminación en la Iniciación Solar, son también compenetrados por el espíritu superior, son entonces “hijos de RA” o “Hijos del Sol”.

Aquella noche la pasé rezando no solo a Amon, sino a Ra, a Isis, Osiris, Nut, incluso al propio Set. Todo menos abandonar la escuela y a mi maestro. En la mañana el maestro nos llevó al valle de los Reyes a meditar. Yo pensaba que era la última ocasión en que podría practicar tal rito con mis queridos compañeros. Maser; que así se llamaba el que luego fue conocido como Moisés se acercó a mí y a pesar de ser muy parco en palabras, incluso de hablar con dificultad, puso su mano sobre mi hombro y me dijo:
- Tú no te irás, querido hermano; esta noche he soñado con mi padre y me ha dicho que tú serás el próximo Imperator de la Orden. El cielo de protege.
Las lágrimas salieron de mis ojos, al ver tanto amor de un verdadero príncipe de Egipto, pues aunque fuese hijo de una esclava, no dejaba de ser la propia sangre del antiguo Faraón. Afortunadamente tenía amigos, más que amigos, hermanos. Y esto me hacía vivir una maravillosa sensación de protección. Maser, sin duda, me animaba, pues en ninguna manera podría ser el Imperator de una Orden, que por otra parte nadie sabía si existía ya, incluso que estaba proscrita.
Volvimos al templo hacia el atardecer. La asamblea de los sacerdotes nos había convocado, tanto a Homet-Ra como a mí. También estaba Amut con tres testigos falsos.
Fuimos en silencio siguiendo al Sumo sacerdote hasta el templo. Pero nada más franquear la entrada, nos quedamos todos petrificados. Los cuencos de oro estaban conteniendo la llama sagrada a cada lado del dios. ¿Quién los había puesto allí? Sin duda Homet-Ra, los había materializado con la mente o habría realizado otro de sus milagros. De hecho las miradas se pusieron sobre él. Homet-Ra se adelantó del grupo y con voz airada replicó al Sumo sacerdote y a cuanto estaban en el séquito:
- ¿Cómo vais a juzgar a un ser sin haber cometido delito?
Amut y los testigos se pusieron de color encarnado y bajaron la cabeza. El Sumo Sacerdote, que tenía negocios con los padres de Amut, no sabía qué hacer, puesto que al estar los cuencos en su sitio, debía de ser juzgado el acusador como mentiroso. Todos esperamos la reacción del Superior, pero este mandó disolver la asamblea, diciendo que era un tema que se debía estudiar con más tiempo, puesto que efectivamente los cuencos había estado dos días ausentes y en ese caso, tampoco era del todo culpable Amut, ni lo era yo. Otra vez la sombra del misterio gravitaba sobre la cabeza de Homet-Ra, pero como en tantas ocasiones nada se podía probar.
Al día siguiente pregunté a mi maestro sobre el misterio de los cuencos. El sin darle importancia me dijo:
- Ellos me llamaron desde el jardín. Los desenterré y los puse en su sitio. Siempre supe que tú no habías sido el autor del robo.
- ¿Cómo pueden llamarte unos objetos que no tienen boca?
- Tienes los oídos tapados por la ignorancia, hijo mío. Todos los objetos tienen alma, tienen vibración, emiten sonido y expresan sus emociones. “Todo es Dios y Dios está en todo”. Esta es una enseñanza que el divino Thot nos trajo desde el principio de los tiempos. Solo hay que abrir los sentidos y escuchar con el espíritu.

Enseguida reparé en sus palabras, puesto que cuando estábamos en el Saludo al Sol de las mañanas efectivamente podía escuchar como Ra me hablaba y me enseñaba imágenes, pero en ese estado podía escuchar a la roca, al águila y a los más pequeños de los insectos. La clave sin duda era mantener el mismo estado de conciencia a lo largo de todo el día. Pero esto era difícil, pues la materia dicta su ley y es difícil sustraerse a su tiranía. Solo seres como Homet-Ra podían vivir en dos mundos paralelos o en dos estados de conciencia diversos o unidos por la atención. Realmente mi maestro era el ser más maravilloso que existía en el mundo y yo me felicitaba por ser su hijo.
LA INICIACION SOLAR
El periodo de preparación de todos los alumnos había llegado a su fin. La administración Egipcia era una máquina de precisión y se iban a entregar los destinos de los alumnos que habían superado las pruebas. Habían sido siete años de trabajo. Yo me había hecho más mayor. Había aprendido muchas cosas. Las pruebas finales las había superado sin dificultad y tenía que abandonar el templo para ser destinado a otro lugar o bien quedarme en el mismo con alguna tarea asignada. Pero este destino no era para mí muy apetecible, puesto que de ninguna manera podía separarme de Homet-Ra.
Fue el propio Homet-Ra quien me dijo:
- Has sido destinado a Menfis

De nuevo las lágrimas salieron de mis ojos a la vez que se me encogía el alma. Homet-Ra se acercó a mí, me abrazó y dijo:
- No sufras hijo mío, pues al marchar lejos verás que nuestra unión será más fuerte. Todavía tengo que darte una sorpresa.
¿Qué sorpresa era esa?... Lo supimos a los pocos días. Como final de curso, se nos autorizó a ser visitado por las familias y a tomarnos tres días de descanso, en el que podíamos hacer lo que deseáramos antes de marchar a nuestros destinos.
Homet-Ra me hizo llamar a su modesta habitación. Cuando llegué, no estaba solo. Maser y otros cinco estudiantes estaban esperándome.
- Hijos míos; Dentro de tres días, no iréis de descanso, pues tengo que daros la última lección. Hasta que llegue el momento no podéis comer nada, solo beberéis agua. Aislaros y meditar. Os espero en el valle de los Reyes al amanecer. Debéis ir purificados, con túnica blanca.
Nos miramos unos a otros, sin saber a qué lección se refería. Pero el amor que nos unía a todos, y el respeto hacia nuestro maestro nos hacía suponer que era algo bueno. No dudábamos de sus intenciones. ¿Por qué solo había citado a siete estudiantes?...
Caminamos toda una mañana por el Valle de los Reyes, hacia El Sur del Nilo. Finalmente encontramos una pequeña pirámide escalonada que contenía en su base una puerta casi cubierta por la arena del desierto. Era una de las múltiples pirámides de la Primera Dinastía, que nadie sabía con certeza si eran monumentos funerarios o elementos ceremoniales.
Dentro de la estructura hacía un calor casi insoportable, además el olor no era precisamente ningún perfume. Homet-Ra, encendió unos polvos de incienso en los extremos de la habitación. Tenía unas dimensiones de 16 metros cuadrados. En las paredes de piedras puestas a modo de sillería, había viejos grabados casi borrados, junto con el humo de hogueras que los pastores habían encendido a lo largo de los años.
Esperamos casi una hora a que se ventilara la habitación. Finalmente al estar liberada la puerta y con los olores del incienso, parecía que se podía estar con cierta tranquilidad. Yo me preguntaba el por qué de estas maniobras tan insensatas y por otra parte, tan secretas.
Nos sentamos en un pequeño círculo. Todos conocíamos la forma de entrar en el trance adecuado, dado que los años anteriores habíamos practicado con nuestro maestro el saludo al Sol. Al cabo de media hora el olor desapareció, el calor ya no nos molestaba. Una extraña luz comenzó a formarse en el centro del círculo; luz esta, que se fue haciendo más y más grande, hasta llenar la habitación de luz perfecta. De repente, sentí que era arrebatado hacia arriba. Me vi viajando por el aire. Sin embargo, mi cuerpo estaba en la pirámide. Sin duda se trataba de un desdoblamiento de mi espíritu. A la vez que yo ascendía, sentía que junto a mí, los otros hermanos también me acompañaban. Vi finalmente que encima de la pirámide en el cielo azul, había una extraña nube metálica de dimensiones enormes.
Estaba yo visualizando todos estos elementos con los ojos cerrados, cuando se produjo el fenómeno más alucinante que haya podido vivir cualquier ser humano en toda la Historia. Una enorme estancia llena de luz nos acogió. Estábamos todos con los ojos cerrados, pero a pesar de todo, podíamos ver cada detalle de la estancia y de sus ocupantes. Pero curiosamente ya no estábamos solo siete hermanos, sino muchos más. Al parecer los otros, habían sido ascendidos desde Menfis, Elephantina, incluso por el color amarillo, blanco y rojo de su piel, parecían que no eran hijos de Egipto, sino de los lugares más recónditos del mundo. Todavía hoy me pregunto cómo se podía haber dado tal fenómeno.

Había tres seres bellísimos con túnicas blancas. Eran casi andróginos; es decir, no sé si eran hombres o mujeres. Junto a ellos estaba mi Maestro Homet-Ra, que en igual manera tenía otra túnica blanca. Parecía que una música beatífica llenaba nuestros sentidos. Uno de los seres, tomó un pergamino que irradiaba luz y dijo:
- El Hijo del Sol no puede adorar a ningún mortal, ni ser encarnado en la Tierra.
- El Hijo del Sol, no puede crear templos, sectas, grupos o jerarquías doctrinales.
- El Hijo del Sol no puede realizar milagros ni prodigios, en la medida que estos, atraen a circenses o adeptos que valoran el fenómeno y no el conocimiento
- El Hijo del Sol no puede cobrar ningún dinero ni estipendio por trasmitir el conocimiento.
- El Hijo del Sol no puede ser maestro de nada ni de nadie.
- El Hijo del Sol debe cumplir con los valores universales de Justicia, Paz y Amor. Evitando servir tiranías, dogmatismos y fundamentalismos, sean estos religiosos o políticos.
Luego, el otro ser, tomó otro libro que extrañamente se suspendía en el aire y estuvo leyendo una serie de recomendaciones y leyes que al parecer debíamos cumplir a partir de ese momento (*).
El tercero de los presentes, portaba una caja de oro, con el interior de terciopelo rojo. Metió la mano dentro y tomo una cadena de oro que tenía en su extremo una medalla dorada, que tenía grabado los rayos del Sol. En el centro de la medalla había un rubí de color rojo que irradiaba rayos luminosos extraordinarios.
Uno a uno recibimos el Sol en nuestros pechos. Cuando me impusieron el mío, sentí que algo me estallaba por dentro. Ya no era el mismo. A partir de ese momento, yo me sentía renacido, con una familia, un compromiso, un objetivo, un destino. A partir de ese instante era un Hijo del Sol.
Todos estábamos felices, pero a la vez, tristes por que aquella ceremonia llegaba a su fin. La sala se fue llenando de seres diversos, extraños, multiformes. De todos los colores imaginables. Parecía que eran seres venidos de toda la Galaxia, que al igual que nosotros habían hecho el compromiso Solar. Era una atmósfera beatífica maravillosa. Allí estaba la Sal y Levadura de los seres humanos que poblaban, no solo nuestro mundo, sino otros mundos distantes y lejanos.
El estado de gozo se terminó. Poco a poco fuimos descendiendo de la nube metálica hasta situarnos en la estancia de la pirámide. Nada más abrir los ojos, nos llevamos la mano al pecho, pero sobre nuestras túnicas no había nada. Una extraña decepción nos invadió, pues todo había sido una ilusión. Homet-Ra, se puso en pié. En sus manos había una pequeña bolsa de terciopelo. Metió la mano y sacó una cadena con una medalla, que tenía en su centro un rubí rojo. Era exactamente igual al que había visto en la nube metálica. Se acercó al primero de los hermanos del círculo, le dio tres besos y puso sobre su pecho el medallón. Luego siguió imponiéndolo uno a uno, hasta llegar a mí. Me dio tres besos y en voz casi imperceptible me dijo:
- Ya no eres mi hijo, sino mi hermano.
Todos sabíamos dos cosas fundamentales. La primera; que nuestra vida ya no sería la misma y seríamos separados físicamente a nuestro pesar. La segunda; que debíamos mantener en secreto todo cuanto habíamos vivido, así como nuestra Identidad Solar.
Todos sabíamos igualmente que aquellos soles de nuestro pecho eran receptores de conocimiento. Eran pequeños transmisores, al igual que lo fue en los primeros tiempos del Imperio el Hierofante. Todos sabíamos que estábamos ahora más unidos que nunca, más coordinados que nunca, más operativos que nunca. Todos sabíamos que la misma orden era recibida tanto en oriente, como en occidente, por un hermano amarillo, rojo o blanco.
Todos éramos conscientes que debíamos cumplir con nuestro compromiso, pues en ello no iba, la vida o la muerte física; que no nos importaba, sino la muerte espiritual.
Volvimos a Tebas. Todavía Homet-Ra nos requirió para una nueva experiencia. Pero no fuimos todos los hermanos. Solo Maser y yo fuimos convocados a su presencia. Casi no hubo palabras, simplemente tomamos el camino de las afueras de Tebas. Fuimos a la casa de uno de los generales de la guarnición de la ciudad. Se trataba del general Akonti, héroe de guerra, que vivía retirado en su bella casa junto al Nilo.
Nos sorprendimos mucho al ver que acudíamos a la presencia de un general ¿Qué tenía que ver Homet-Ra, con un general? No era una asociación muy lógica la Iglesia con el ejército, pero Akonti no era lo que parecía. Se trataba de uno de los viejos hermanos de la Fraternidad Solar del tiempo de Akhenaton, que había conservado su identidad en el más estricto secreto. Akonti, tenía un rostro sereno cargado de experiencias y de resignación. Delgado y de ademanes atléticos nos recibió con una sonrisa. Tenía una camisa blanca que le llegaba hasta las rodillas. Sin que él se diera cuenta y al inclinarse pude ver el medallón que colgaba de su pecho semejante al que habíamos recibido nosotros en la iniciación. Sin duda era uno de los nuestros.
Nos dio a tomar una especie de cerveza dulce y unos dátiles. Se interesó por nuestros destinos y nos habló de otros hermanos de otros países que conocía y que a su vez le habían enriquecido en las diversas experiencias que les había tocado vivir. La Fraternidad Solar era sin duda una realidad coordinada estrictamente por los dioses que se escapa a la comprensión global de cualquier de sus miembros. Era como un hormiguero donde cada miembro se dedicaba a su trabajo. El primero de todos los seres de la Fraternidad Solar era el sumo sacerdote de Madián, conocido por el nombre de Jetró. Homet-Ra era el guardián el “ojo de Ra” y Akonti era el guardián de dicho tesoro.
Terminada la pequeña merienda, nos encaminamos a una de las caballerizas de la casa del general. Todo parecía normal, los caballos, el pienso, los aperos y los carruajes. Akonti movió con vigor un montón de paja que se apilaba en uno de los rincones de la estancia y pudimos ver una trampilla de madera. La abrimos y accedimos a una escalera subterránea.
Bajamos por ella siguiendo la estela del militar que nos iluminaba con una lámpara de aceite. Al poco penetramos en una sala poco espaciosa en cuyo centro había una pequeña ara de piedra con símbolos dedicados a Ra. Sobre la cubierta del pequeño altar estaba una caja de oro, repujada de piedras preciosas.
Homet-Ra la abrió y sacó de su interior un pequeño objeto que representaba un ojo humano. Se trataba de una pequeña placa de porcelana con el diseño de un ojo alargado. En la parte posterior había como un pequeño receptáculo que, según nos comentara nuestro maestro, contenía un metal sagrado dejado por el propio Ra, que empleado sabiamente podía darte acceso al pasado, al futuro o al conocimiento superior de los dioses. Pero en la misma medida que te daba sabiduría, si el que lo empleaba no estaba preparado podía volverse loco.
Homet-Ra nos mandó sentar alrededor del ara. Luego tomó el ojo de Ra y se lo puso a Maser en su frente. Maser cerró los ojos a la vez que se contraía su rostro. Lo que estaba viendo no era precisamente algo muy gratificante, puesto que las lágrimas comenzaron a salir de sus ojos, a la vez que se contraía su mandíbula. ¿Qué estaba viendo? Después mi maestro me la puso a mí sobre la frente. Casi al instante pude ver al propio Ra, que me miraba con una inmensa beatitud. Luego pude ver a todos los guardianes del Ojo de Ra que habían custodiado el tesoro. Vi en igual medida como en los años sucesivos acudía a consultar el ojo. Vi la muerte de Akonti y donde tenía que esconder la reliquia hasta mi muerte. Finalmente vi como la Fraternidad Solar desaparecía en la Tierra y como el ojo terminaba olvidado en los meandros del tiempo. La Fraternidad Solar siguió operativa en el mundo astral, siendo por tanto las iniciaciones realizadas a través del sueño o de la meditación y oficiada por seres superiores que, aquí o allá, en este tiempo o en otro, iban renovando el juramento de los viejos iniciados en las diversas reencarnaciones por las que retornábamos al planeta. Y curiosamente me ví escribiendo este relato, con plena consciencia de lo que viví en Egipto y con el compromiso que adquirí al revelar este relato.

Maser nos miró alucinado. Era un ser entrañable pero de pocas palabras, incluso le costaba pronunciarlas con soltura. Vivía más hacia dentro que hacía afuera de sí mismo.
- He visto mi destino. Mi padre me ha llamado desde el otro lado y me ha dicho que tengo que seguir con su plan monoteísta. Debo tomar a los hebreos de Egipto y renovar el reino de Akhenaton en la Tierra. El me guiará y me llevará desde el cielo a la “Tierra Prometida” Este es mi destino.
Volvimos a Tebas. Ahora mi nombre era Homet-Nut. Nada quedaba del niño campesino, que había iniciado tan extraño viaje de la vida. Al día siguiente tomé el camino de Menfis. Homet-Ra se quedó en Karnak, siguiendo su anodina tarea de formar jóvenes para integrarlos en la administración egipcia. Maser por su parte comenzó a integrarse y aprender el idioma de los esclavos hebreos pues en los años sucesivos tendría que sacar el conocimiento iniciático del viejo Imperio para preservarlo en la Nueva Tierra.
¿Dónde está el ojo de Ra? … permitirme que guarde algún secreto. Que sea el tiempo y el elegido quien revele su existencia.
A los tres años de mi destino en Menfis viví un fenómeno extraordinario que paso a contaros:
Estaba meditando, como cada amanecer, mientras los primeros ratos del Sol bañaban mi rostro, cuando fui arrebatado en espíritu hacia el cielo. Una nube metálica gravitaba invisible sobre la gran pirámide. Era la misma nube metálica que años antes había acogido nuestra iniciación. La misma sala luminosa, pero esta vez no estaban mis hermanos. Solo Homet-Ra, que venía con una sonrisa maravillosa.
- Hijo mío; ha llegado mi tiempo. Retorno a la Morada Solar. Mi trabajo ha terminado.
Me dio tres besos y puso su Sol sobre mi pecho. En el mismo instante noté una presión cálida y firme sobre mi cuerpo. Era como si mi Sol se viera impregnado de todas las experiencias y vivencias de mi entrañable maestro, pero también sentí la tristeza de su marcha y la tremenda responsabilidad que caía sobre mis hombros.
- Yo estaré hablándote desde el otro lado a tu corazón. Recuerda que nunca estarás solo.

Aunque estaba en desdoblamiento astral, sentía las lágrimas correr por mis mejillas, sentía quebrado mi corazón, pues nunca, en ninguna vida, amé tanto a un ser humano…. ¡Cómo te añoro, venerable maestro! El se marchaba con la misión cumplida y yo quedaba en el reino de los muertos de carne que desde antes hasta ahora, seguimos en la más profunda de las cegueras.
Mi maestreo desapareció de la estancia. Luego fui llevado a una sala y acostado sobre una camilla. Seres extraños, con ojos negros grandes, de medio metro de estatura y con una enorme cabeza rodearon la camilla. Un ser de pelo casi blanco, bellísimo parecía dirigirlos con una extremada precisión. Luego comenzaron a introducir unas agujas largas de metal sobre mi cerebro y encima de mis ojos. Yo me sentía incómodo, y me dolía el cuerpo, pero no podía moverme. Finalmente me soltaron y me vi de nuevo introducido en mi cuerpo. Yo pensé que habían pasado unos minutos, pero habían sido tres horas las que habían ocupado el tiempo de aquella extraña meditación. Abrí los ojos y comenzó el mayor de los tormentos que pueda padecer el ser humano.
A partir de aquel día podía ver sin evitarlo a los seres muertos que viven entre nosotros. Veía las larvas que portan los seres humanos en sus enfermedades. Podía hablar con los animales, las flores, y los árboles. Podía dialogar con los dioses y con los muertos, podía traspasar el tiempo y el espacio. Comencé a vivir en varias realidades a la vez. Podía hablar con los duendes y con las maléficas criaturas de la noche. A partir de entonces tuve que convivir con la clarividencia. Y entendí a mi maestro cuando sufría por vivir en esta realidad.
“Tú serás nuestros ojos en la Tierra. Tú verás a través de nosotros y nosotros a través tuyo” Estas fueron las palabras que dejaron mis hermanos del cielo en mi espíritu y así viví, así vivo aún hoy sin poder remediarlo.
A los tres días llegaron a Menfis la noticia de que en Tebas, un viejo sacerdote maniático, raro y anacrónico había muerto. Era Homet-Ra que fue enterrado en un pequeño nicho del Valle de los Reyes, pues nunca tuvo más que lo necesario para mantener su precaria identidad entre los seres humanos.

A partir de aquel día me aficioné al teatro y tuve que aprender a mentir, a fingir y a interpretar el papel de imbécil entre los encumbrados sacerdotes de los viejos cultos de Egipto.
Maser, desde Tebas me envió a uno niño llamado Josué, al que emplee como ayudante mío y al que instruí en los misterios; tal y como hiciera conmigo Homet-Ra. Cuando el joven alcanzó la edad de dieciocho años retornó a Tebas con un bagaje de sabiduría y se puso a las órdenes de Maser; que ahora, el pueblo de su madre, le llamaba Moisés. Al año siguiente, Moisés marchó de Egipto para cumplir su misión. Reinaba entonces Ramsés II. Fue el año de mi muerte y de mi liberación. Fue el año en que de nuevo pude abrazar a mi venerable maestro Homet-Ra, pero en el paraíso.
Esto es cuanto recuerdo. Esta es la verdad. Sea vuestro espíritu quien discierna, seleccione y cribe cuanto me ha tocado verter a vuestras conciencias. Homet-Nut.
CONTINUARA...
Heliosfera.- Hijos del Sol
Tomado: http://lasendahacialaluz.blogspot.com.es/
http://senderodeloslibrosnuevaera.blogspot.com.es/

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