jueves, 16 de junio de 2016

LIBRO LOS HIJOS DEL SOL



AMENOFIS III
Hacia el año 1408 AC, Egipto era sin duda la primera e insuperable potencia mundial, constituida por la unión de “las dos tierras” es decir el “Bajo” y “Alto” Egipto.
Fue precisamente en este año cuando Amenofis III (en el lenguaje tradicional egipcio, Amenhotep, que significa:
“Amon está satisfecho”) comenzó a reinar sobre una sociedad próspera, armonizada, con un orden político, económico y social muy bien estructurado.
La casta sacerdotal era poderosa y rivalizaba en algunos aspectos con el propio poder del Faraón. El ejército, ocupaba un papel de perfecta sumisión a la figura de su Rey. Hay que entender que el Faraón era considerado como un Dios, aliado a su vez de los Dioses del Cielo.
Amenofis III hábil político y prudente hombre de estado había consolidado sus fronteras mediante negociaciones inteligentes con sus reinos vecinos. Egipto gozaba de un periodo excelente.
Los viejos dioses estaban satisfechos y el pueblo vivía sometido a la Ley de Mat y al poder de su Rey.
El arte, la música y el conocimiento se desarrollaban en una de las mejores etapas de la larga historia de Egipto.
Un excepcional equipo de colaboradores dio a Egipto un esplendoroso momento. Por un lado el Gran Maestro, iniciado, arquitecto, filósofo y espiritualista, Amenhotep, hijo de Apu, que formó íntegramente la conciencia de Akhenaton.
Y por otro lado, Suti y Hor magníficos constructores, junto con Beki, organizador de la Hacienda Nacional, procuraron a su soberano y a su pueblo estabilidad y entusiasmo.
Pero no todo eran bendiciones para el padre de Akhenaton, puesto que los hititas, con su ambicioso soberano Suppiluliuma invaden las vecinas tierras del reino de Mittani, que era un tradicional aliado de Egipto.
Todo el mundo espera que Amenofis III despliegue su ejército para defender a su aliado, pero lejos de esta acción, envía una serie de delegaciones que procuran una paz estable, basada en una especie de guerra fría, donde cada uno muestra sus armas, pero prefieren no llegar al momento decisivo de la guerra.
El segundo peligro, más silencioso y a la larga más humillante, está referido al creciente poder de los sacerdotes de Tebas, ciudad esta consagrada a Amon, un Dios que en sus orígenes era de poca relevancia pero que en este tiempo consigue alzarse a la cabeza de las deidades egipcias. El sumo sacerdote de Tebas, Mery, supera en poder, dinero y autoridad a los sacerdotes de Menfis, Heliópolis y del bajo Egipto.
Controla la doble casa del oro, los graneros reales, los rebaños de Egipto, incluso las relaciones comerciales del país con los vecinos. Era como otro segundo Faraón dentro del mismo Imperio. A Mery le sucede un sumo sacerdote virtuoso y consagrado al culto, Amenemhat, aliviando la rivalidad latente entre la casta política y la sacerdotal. Por un tiempo el Imperio goza de estabilidad, pero el joven Akhenaton vive día a día las preocupaciones de su padre, aprendiendo de la prudencia, de la ira contenida y sobre todo que el amor al pueblo debe estar por encima de los deseos personales. -Hijo mío; tú no eres sino el primero de los servidores de tu pueblo. Serás Faraón no por la voluntad de los hombres sino de lo dioses. Hónrales por tanto, imitando sus virtudes. No te dejes llevar por la cólera, la venganza ni la ruindad.
Aprende de lo alto para reflejarlo en lo bajo. Pero el joven príncipe sólo veía las preocupaciones de su padre y el tremendo esfuerzo que debía realizar negando su ardiente carácter por servir a su pueblo. En su alma comenzaba a anidar un sentimiento de repulsa hacia la casta sacerdotal, que pocos años después le llevaría una revolución no cruenta pero sin precedentes en la historia de Egipto.
El Consejo de los Veinticuatro Ancianos se estaba reuniendo.
De todos los rincones de la Galaxia acudían seres inteligentes, comprometidos con el plan de la Humanidad terrestre.
Hacía varios miles de años que los implantes neuronales en el primate humano estaban dando los resultados apetecidos.
Por otra parte, las mejoras genéticas de los distintos rincones de nuestro Universo local, habían propiciado un rápido ascenso evolutivo desde la desaparición de la Atlántida.
Pero el último aporte de la raza amarilla, por parte de los seres de Proción, además de mejorar la inteligencia del antiguo poblador terrestre, habría subido la inteligencia y mejorado el sistema inmune, pero sin desearlo se había activado igualmente la superproducción de adrenalina.
Este extremo producía una cierta agresividad en la raza y las previsiones de una constante belicosidad entre los humanos.
Los Ancianos de la Galaxia, los que en definitiva seguían el plan de la inseminación genética de todos los planetas de este rincón del Cosmos, habían convocado a todos los espíritus comprometidos en este plan. Fueron sobre todo los biólogos los que tomaron la palabra, aconsejando reajustes futuros, mediante activación de las glándulas superiores. Pero no todos se ponían de acuerdo.
Algunos pensaban que el proceso debía ser más psíquico y no tan biológico. Otros aconsejaban la implantación de nuevas colonias de otras galaxias, con el fin de mezclar convenientemente diversos factores complementarios.
La reunión se prolongaba y no había acuerdo. Era habitual llegar a estas situaciones en las frecuentes reuniones que antes y ahora se siguen en el Cosmos. Determinaron por tanto esperar.
Pidieron consejo al gran Maestro de Saturno Luiin, sobre la hora o la fecha propicia para seguir los debates y éste, sacando una pequeña máquina de posiciones planetarias, aconsejó seguir con la reunión, a pesar del cansancio, dado que en cuatro horas de nuestro tiempo, se producía una alineación muy propicia para recibir luz de las Esferas Superiores.
Efectivamente a las cuatro horas, todos los presentes, sintieron con sutileza una mayor aceleración psíquica en sus organismos. Ahora no había prisa, se trataba de encontrar una solución guiada por luz del espíritu. Tal y como lo habían hecho en el pasado decidieron activar el factor “RH – “a partir de una manipulación genética de una mujer egipcia. Además, se contaba con la próxima encarnación del Gran Asthar Sheran (en la religión católica, el Arcángel San Miguel), que requería de unas condiciones precisas para llevar adelante sin violencia, el próximo plan sobre el Monoteísmo en el planeta Tierra. Es así, que la princesa Tiy fue la designada, para tal plan, de cuyo vientre nacieron a su vez dos faraones, uno de los cuales fue Akhenaton, que por el efecto de esta manipulación, habría sacado el cuerpo algo deforme, y por ende, un carácter exento de violencia y más predispuesto a la religiosidad, el arte y la espiritualidad, pues sobre él cabalgaba el espíritu de Asthar Sheran y de Thotek.
Antes y después de esta reunión, eran conocidas las inseminaciones genéticas, sobre las vírgenes de nuestro planeta. De hecho este conocimiento ancestral fue inspirado por los Maestros del Cielo a los Iniciados Egipcios.
Fueron estos a su vez los que escribieron el Génesis, que Moisés, después, entregara al pueblo hebreo como uno de los elementos fundamentales de su doctrina. En dicho libro aparece claramente una sentencia: “Los hijos de los Dioses se juntaron con las hijas de los hombres y las fecundaron…dando origen a los Gigantes”.
Se estableció también que desde el planeta Hoova se transportara genes de DNA mejorados genéticamente y se implantaran en Abraham, y sobre todo en su nieto Jacob. Fue este último el que fue inseminado con los valores de los doce planetas de nuestro Sistema, de ahí que fueran doce los hijos que tuviera.
Como después se sabe por el relato histórico, José, fue vendido por sus hermanos y alcanzó prosperidad en Egipto, pero con José y sus hermanos se llevó al Gran Reino los valores genéticos inseminados en su padre, para mezclarse con los valores del RH- de la Reina Tiy. La madre de Akhenaton, la princesa Tiy aparece históricamente como un personaje en segundo plano, cuando realmente estamos ante un ser absolutamente único y por otra parte clave, en el nacimiento y desarrollo de toda una misión, no tanto por ser la cobaya designada por el Consejo de los veinticuatro Ancianos, sino por ser el apoyo moral de Amenofis III y de su hijo Akhenaton, con el primero, por ser su principal esposa y con el segundo por ser su madre, luego corregente y finalmente esposa real y madre de Tuntankamon; pero esto es otra historia que contaremos oportunamente.
Vamos ahora a referir los hechos con un sentido cronológico ordenado. Yuya era sumo sacerdote del templo del dios Min, dios de la fecundad y de la prosperidad. En la cultura judeo-cristina, sería el Arcángel San Gabriel, o arquetipo de la Fecundidad Divina, el que anuncia a las vírgenes el nacimiento de seres divinos. Además de ser el sumo sacerdote, el padre de Tiy era a su vez el encargado de los carros de guerra del Faraón y consejero de Amenofis III.
Cierto día, cuando se disponía a encender la lámpara de aceite del ofertorio del dios, tuvo una experiencia sublime y a la vez trascendente: Eran las seis de la mañana, las calles de Tebas estaban desiertas. Sólo los sacerdotes de los grandes templos madrugaban para renovar las ofertas a sus dioses y para abrir las estancias al pueblo.
Yuya portaba el aceite de la lámpara, unas semillas de trigo, recién desgranado, unos dátiles y una lechuga, a fin de que la energía de  los alimentos fueran degustados por la estatua de su dios.
Min ocupaba el centro del luminoso salón. La Luz de los amplios y altos ventanales del tempo, que se sostenía por gruesas columnas, proyectaba los primeros destellos luminosos de aquel nuevo día. La estatua de Min, de fuerte color negro, con corona con dos grandes plumas.
El falo erecto, barbudo y con un flagelo en la mano. Se mantenía erguido sobre una peana de fino mármol blanco, donde se leía la siguiente inscripción: "Salve, Min, señor de las procesiones, dios de altas plumas, hijo de Osiris e Isis, venerado en Ipu, coptita, Horus del fuerte brazo". Yuya depositó con suavidad los alimentos, y se disponía a salir de la estancia, cuando de los inertes ojos del dios comenzaron a salir extraños resplandores.
Todo se iluminó con un suave fulgor plateado.
El sacerdote comenzaba a plantearse si aquello era real o simplemente se trataba de una alucinación personal.
Se acercó un poco más a la estatua y contemplo con un inmenso pavor, como la fría roca de su dios se tornaba carne. Los ojos que ahora le miraban eran de un fuerte color verde. La tez casi de color aceituna iba reflejando un ser bellísimo que emanaba vida y beatitud. - No te asustes, Yuya. He oído cada una de tus plegarias y he aquí que el Cielo ha dispuesto otorgarte su favor.
Tu esposa concebirá y dará a luz un gran ser, que viniendo del cielo se revestirá de carne, para que de su vientre nazca el espíritu de Thot. Yuya se pellizco con fuerza la pierna, esperando confirmar si aquello no era sino un sueño, pero de nuevo el hierofante parlante replicó: - No estas dormido, hijo mío, alégrate por ser designado con tal favor. También hablaremos a tu esposa, para que prepare su vientre a tal fin. Tu sangre impregnada de la fuerza del espíritu, estará en vuestra hija y desde ella, se expandirá por la tierra.
Será una sangre preciosa, que hará que la raza humana crezca en sabiduría y poder. Tú no puedes comprenderlo ahora, pero vendrá el tiempo en que todo esto sea contado para que el hombre reverencie la voluntad de los dioses. - ¿Qué tengo yo para obtener tal favor? - Todos cumplimos un servicio en el Cosmos, todos trabajamos para ganar conciencia individual, pero todos somos llamados, ahora o luego, en esta vida o en otra, a servir el devenir de toda la raza. Ahora te toca a ti, mañana a otro.
No hay más mérito para el servidor que simplemente hace su trabajo y ve en cada pequeño gesto de servicio el milagro de su crecimiento personal y el de sus semejantes. No podréis comer carne ni beber vino a partir de este día. Limpiad vuestro cuerpo que es el templo donde encarnará vuestra hija.
Poco a poco la luz del dios se fue apagando, hasta que los nacientes rayos de Sol reflejaron solo piedra, donde antes había habido carne. Yuya se quedó todavía un buen rato absorto, contemplando los ojos de Min, como esperando que volvieran a parpadear, pero solo el frío brillo de la roca le hizo comprender, que todo había concluido. ¿Habrá sido solo un sueño? –se preguntaba- y con esta incertidumbre corrió a su casa para contarle a su esposa la tremenda vivencia que había experimentado.
Tuiu, esposa de Yuya era la directora superior del harem de Min, por lo que tenía a su cargo la administración del palacio de las sacerdotisas del dios y el cuidado de la regla de las mujeres que servían el misterio de Min. Pocos eran los que entendían la misión de las sacerdotisas.
El vulgo entendía que eran misiones de limpieza del tempo o de ornamentación de las estatuas, pero sólo los iniciados sabían el verdadero misterio que se desarrollaba en las ceremonias de las vírgenes consagradas a este dios. Tuiu, bella mujer, de fuerte contextura y sólidas creencias, era hija a su vez de un viejo y aristocrático linaje de hombres importantes de Egipto.
Servía en el templo con el pleno convencimiento de que su trabajo y el de sus vírgenes consagradas al dios, ayudaba al crecimiento de las cosechas y a la fecundidad de los campos. Cada equinoccio las sacerdotisas se reunían formando un gran círculo. Entonaban unas suaves notas musicales que repetían viejos mantras, heredados desde el principio de los tiempos. Bellas melodías, acompañadas de pequeñas percusiones de campanas de cobre, que producían altas vibraciones. Estas vibraciones viajaban imparables impregnando cada brizna de hierba o cada gota del Nilo para que la cosecha correspondiente a cada estación atrajera la vida y la prosperidad sobre el Reino de las dos Tierras.
Antes de cada ceremonia equinoccial las vírgenes sólo comían una vez al día fruta y agua. Se purificaban con el baño ritual siete veces al día y ungían su cuerpo con suaves perfumes de albahaca y nardo. Las ceremonias, por otra parte tenían verdadera magia, puesto que se producían verdaderos milagros que, como antes dijimos solo los iniciados conocían. Se formaba un círculo con las sacerdotisas unidas de la mano.
En el centro se ponía una maceta con una planta de mandrágora. Pero esta planta se había dejado sin regar varios días antes por lo que su estado solía estar al límite de la supervivencia.
En el transcurso de la ceremonia se producía un pequeño milagro, puesto que los cánticos reiterativos y armoniosos de todo el coro virginal conseguían que la planta se moviera al son de la música y se regeneraba plenamente hasta ponerse erecta. Una vez que la planta conseguía su pleno vigor, la ceremonia acababa con la alegría de toda la cofradía.
El año que no se conseguía resucitar la planta era una mala señal y esto producía un mayor esfuerzo por parte de las vírgenes, que empeñaba más ceremonias para armonizar a las fuerzas primordiales de la naturaleza a lo largo de todo el año.
Muchos colegios de monjes, sacerdotisas, vestales, etc, etc, tuvieron y aún tienen como misión fundamental el ayudar desde el plano del silencio al mundo astral; cooperar con las entidades que viven al otro lado de la materia, como son los gnomos, las fuerzas primordiales de la naturaleza, las musas, las sirenas, el Dios Pan, etc, etc, Incluso hoy en día he podido observa como una serie de monjes chinos, se han acercado a recomponer el cuerpo etéreo de los asesinados en atentado del 11-M en Madrid.
Y en estas tareas no estaban solos, sino que los señores del cielo con su astronave Cristal-Bell, también estaban empeñados en esta tarea silenciosa e incomprendida por parte del hombre.
Tuiu estaba entrelazando sus manos con sus compañeras en el círculo sagrado de Min, para activar la cosecha cuando en su cerebro escuchó con una tremenda fuerza inusitada: - Mamá…mamá…mamá…. El sonido fue tan fuerte, que la suma sacerdotisa volteó la cabeza pensando que una niña pequeña estaba detrás suyo. - Tiy, ese es mi nombre,…mamá…. Fueron varias las veces que siguió escuchando la voz. Por un momento pensó que estaba enajenada o que sus compañeras habían traído una niña al templo y la tenían escondida. Finalmente todo entró en el silencio interior para dar paso a los suaves mantras de sus hermanas.
La mandrágora se puso erecta y la ceremonia se dio por concluida. Una vez en casa, los dos esposos se precipitaron el uno hacia el otro con premura de contarse cuando habían vivido. Hablaron por largo tiempo para llegar a la conclusión entusiasta de que habían sido designados por su Dios para una gran misión.
Pasaron los meses, hasta el nacimiento de su hija. Tal y como lo había solicitado ella misma se le puso por nombre Tiy. Era morena, de larga cabellera, grandes ojos y una fuerte contextura.
Fue educada con esmero, como correspondía a la hija de unos padres nobles y principales del Reino. Frecuentó los templos y fue instruida en los misterios de Min y de Mat por su madre Tuiu.
A la edad de 17 años fue presentada al Faraón Amenofis III que contaba ya con cuarenta años. Enseguida vio en la jovencita un aire distinto del resto de las numerosas mujeres de las que disponía en palacio. El Rey de Egipto tenía plena potestad para disponer de la vida de las doncellas de su reino. Normalmente sólo se acercaban a él las familias nobles, pero todo ciudadano se sentiría orgulloso de que el Faraón dispusiera de alguna de sus hijas para su harén personal. Por otra parte los reyes de los países aliados de Egipto ofertaban a sus hijas con sus esclavas al Faraón, de ahí que el harén real contenía cientos de mujeres de varias razas, de diversas culturas, de distintas edades y de diversa condición cultural y social. Era igualmente numerosa la prole de hijos del Faraón, pero sólo alcanzaba el rango de príncipe, el que fuera engendrado del vientre de su favorita, elevada a esposa principal.
Amenofis III se quedó prendado de aquella mujer, no sólo por su belleza, sino por el decidido ademán de su rostro.
Era una jovencita que emanaba poder y seguridad. Su presencia en palacio sólo pretendía cumplir con su inefable destino, que no era otro que ser la esposa del Faraón y madre a su vez de dos faraones más. Tuvo varios hijos con su esposo entre ellos, Akhenaton, Esmenkhare y finalmente Tutankhamon; pero este último no con el faraón Amenofis III sino con su hijo Akhenatón, en un matrimonio incestuoso, pero obligado por el destino y por los dioses.
Algunos se maravillarán de que Tutankhamon naciera de la unión de un hijo y de su propia madre, pero esta era la única manera de crear anticuerpos contra el valor RH- que había sido alojado por los dioses en Tiy y que su hijo asimismo heredó. Fue una mujer de una tremenda fuerza personal, decidida, con una clara intervención en los asuntos de estado. Asesoró a su marido en las decisiones importantes de estado igual que lo hiciera posteriormente con su hijo.
Continuara....
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