martes, 29 de noviembre de 2016

Libro BUDA Deepak Chopra (Capitulo 5)


Capítulo 5 
Pasaron unos instantes hasta que Siddhartha reunió el aplomo suficiente para preguntar: ¿Quién eres? ¿Por qué te me apareciste así? El otro niño se quedó mirándolo sin responder. Llevaba ropas con muchos bordados que lo señalaban como el favorito de la corte de algún rey. Debajo de las ropas, el cuerpo ya desarrollaba músculos sobre un tronco esbelto. Debía de tener por lo menos doce años. No me aparecí. Es que tú estás demasiado ciego como para ver. Perdona. 
La mansedumbre de Siddhartha hizo que el otro niño se irguiera en toda su estatura y se cruzara de brazos. 
Vine a buscarte. ¿No te dijeron nada? Siddhartha negó con la cabeza, lo que le valió una mirada lastimera. 
No hablas mucho. ¿Pasas el día debajo de una piedra? Se te ve muy pálido. Cada provocación surtía menos efecto. Siddhartha sabía que no era pálido y, aunque al principio se había sentido acobardado, ahora no tenía miedo del extraño. Tú debes de ser mi primo dijo. 
Me dijeron que vendrías. ¿Ves? Incluso tú puedes ser coherente si te lo propones. Siddhartha no dijo nada. 
La llegada de esta agresiva visita sumaba otra sorpresa poco agradable al día. Suddhodana restringía el número de personas que veían a su hijo y todavía más el de las personas que llegaban a tener una conversación con él. 
¿Crees que puedes recordar un nombre? 
El mío es Devadatta y valgo tanto como tú. 


Trata de recordar eso también. Siddhartha habría saludado con una reverencia y estuvo tentado de hacerlo incluso después de semejante afrenta. Recordó lo que le había dicho su padre: «Te estás quedando demasiado solo. Tenemos que hacer algo al respecto». Al día siguiente, se ordenó convocar a un compañero adecuado, y Suddhodana se felicitó por la elección. 
Devadatta había nacido en una rama de la descendencia real de los sakya y tenía edad suficiente para viajar a caballo desde su reino por senderos empinados. 
El muchacho ostentaba el título de príncipe. 
Devadatta estaba cansado de hacer bromas, así que le quitó la gorra a Siddhartha y la puso lejos de su alcance, mientras la sacudía y miraba cómo trataba de saltar y alcanzarla el niño más pequeño. Tenemos que llegar a un acuerdo, tú y yo dijo. Me obligaron a irme de mi hogar contra mi voluntad. 
No tengo edad para imponer mi deseo. 
No siempre, quiero decir. Devadatta sonrió, convirtiendo su boca en una especie de línea angosta, apretada. 
No quería venir a este lugar que hasta Dios ha olvidado. 
Ni verte a ti. Volvió a ponerle la gorra en la cabeza con un ademán brusco. Siddhartha dio un paso atrás para echar a correr hacia el pasillo si era necesario. 
Le tienes miedo a las sanguijuelas, ¿verdad? dijo Devadatta, provocándolo. No respondió Siddhartha, avergonzado de que lo hubieran visto, pero deseando que nadie pensara que tenía miedo, en especial alguien que se presentaba como enemigo y que viviría bajo su mismo techo. No podía consentirlo. Devadatta se levantó la camisa y mostró una docena de heridas sin cicatrizar que le cubrían todo el pecho. 
Eran medias lunas de un color rosado brillante que resaltaban contra la piel morena. Tuve fiebre el mes pasado; me sacaron sangre para que no me muriera. Por eso están ahí adentro con tu papá. Es probable que se muera. 
Devadatta lanzó una mirada furiosa al pequeño. 
No me porté como un niño. No como tú. Vamos, tócalas si es que no tienes miedo. Siddhartha no estaba dispuesto a seguir soportando las provocaciones, por lo que dio media vuelta y se alejó a toda velocidad por el largo pasillo. 
Quería escaparse de todo: de su primo, de los médicos y su balde de hematófagos y, sobre todo, de la impotencia que le provocaba sentirse atrapado en una pesadilla. 
Una risa burlona le ardía en los oídos mientras corría. 
Al poco tiempo, Suddhodana se regocijaba con la desenvuelta presencia de Devadatta en la corte. 
Este príncipe lleva mi sangre. Tratadlo como si fuera mi segundo hijo ordenó el rey, solemne y públicamente, a toda la corte. En privado, designó a los espías de siempre para que vigilaran al recién llegado, que probablemente también tenía el encargo de espiar. 
El rey pensaba que había matado dos pájaros de un tiro. 
Su hijo, que mostraba signos de una pasividad peligrosa, tendría un modelo que imitar, alguien de su edad, pero más fuerte. Además, un reino vecino, intimidado por la ira que podía despertar en el monarca si no accedía, había puesto a su heredero bajo el control de Suddhodana. 
Con Devadatta metido en su trampa, Suddhodana no escatimaba sonrisas al muchacho y le consentía todos los caprichos, que prometían ser precoces y abundantes. 
Ese año, cuando llegó la primavera, el rey dio un banquete para celebrarlo. Siddhartha se despertó antes de que amaneciera, animado por la idea de lo que le esperaba. Sabía que había gente que vivía fuera de los muros del palacio, pero apenas podía imaginar cómo serían esas personas. 
La actividad más simple y mundana pasear por un camino de tierra de un lado a otro de un pueblo tenía que ser increíble (aunque él nunca había visto un pueblo y sólo conocía la existencia de los caminos que conducían a lugares distantes por los libros). Lo único que tenía que hacer era preguntar a cualquiera sobre sí mismo y, sin duda, esa persona le contaría historias maravillosas. Sin embargo, cuando empezaron las celebraciones, el torrente de nuevas sensaciones fue mucho mayor de lo que había imaginado. 
Los coloridos lienzos con imágenes estampadas de los dioses, los faroles brillantes y las decoraciones con relieves dorados transformaban el palacio en un recinto mítico. 
Siddhartha atravesó a la carrera tropeles de malabaristas y acróbatas; escuchó, boquiabierto, a los narradores itinerantes de máscaras estridentes, que habían pasado años aprendiendo a cautivar a los aldeanos mientras describían cómo Hanuman, rey de los monos, voló con una montaña en las manos, porque necesitaban una hierba extraña que crecía allí para curar a Lakshmano, hermano del divino señor Rama, herido en la batalla. 
El mono no pudo encontrar la hierba, así que arrancó la montaña entera para regresar a tiempo. ¿Lo lograría? 
El público contenía la respiración, sin que a nadie le importase haber oído la historia cientos de veces. Pero nada superaba la hora frenética en que los asistentes corrían por todo el palacio tirándose unos a otros puñados de polvo teñido de colores. 
Unas nubes de brillantes tonos rojo, verde y azul llenaban el aire. Las damas huían de sus agitados perseguidores dando grititos, pero se dejaban cazar con timidez fingida y luego se reían a carcajadas cuando echaban tintura en la cara a sus enamorados. En cuestión de minutos, todos estaban cubiertos de una extraordinaria gama de tonalidades. 
De pronto, dos chicas más grandes que estaban algo alejadas de él llamaron la atención de Siddhartha. Conversaban junto a una de las mesas repletas de comida y fingían que no estaban mirando al príncipe. 
«Saben que soy un príncipe», pensó Siddhartha, esbozando una sonrisa. Esto le dio confianza y se acercó, con las bolsas de polvo escarlata escondidas tras la espalda. 
Se esforzó por seguir pareciendo inocente. Cuando estaba a unos metros, les dio una sorpresa. 
Una nube roja quedó flotando en el aire unos instantes, antes de que se la llevara el viento. Las dos chicas gritaban y reían mientras disfrutaban de la atención inesperada de Siddhartha mucho más que de la broma. 
Cuando se disipó la nube, se hizo una pausa incómoda. Hola dijo al fin Siddhartha. Las dos chicas intercambiaron miradas, como si trataran de descifrar el mensaje oculto tras el saludo. La más valiente respiró hondo. Hola contestó. 
No acudieron los guardias; no explotó nada. Nada ocurrió, como habían temido, de modo que la otra también se atrevió a decir unas palabras. ¿Eres el príncipe? No lo dijo como si lo dudara, sino tímidamente, como si no tuviera derecho a preguntar. Siddhartha asintió con la cabeza. 
Mi padre es el rey. La chicas se quedaron calladas. 
Siddhartha no estaba seguro de si las cosas iban saliendo bien. Deseó no haber estado solo. ¡Eh, primo! Siddhartha se dio la vuelta y vio a Devadatta a unos metros de distancia. 
Tenía el puño en el aire y, un segundo después, lo sacudía con todas sus fuerzas. A su alrededor se formó una nube verde. Siddhartha estaba a punto de meter la mano en su propia bolsa, feliz de unírsele en la festiva lucha, cuando sintió un fuerte dolor en la frente. Se tambaleó dando un paso hacia atrás, luego se tocó la parte dolorida. Cuando miró la mano, estaba manchada de un líquido rojo tibio, pegajoso. Devadatta había puesto una piedra en el polvo antes de tirarlo. 
Otra sorpresa, distinta del dolor, llamó la atención de Siddhartha. Nunca había visto su propia sangre. Su primo se reía de él y miraba en dirección a las chicas, esperando que apreciaran la broma. 
Pero ellas habían huido corriendo, asustadas. Devadatta se encogió de hombros y volvió su atención a Siddhartha. Juguemos de nuevo, esta vez sólo para mantenernos entretenidos, ¿te parece bien? Se agachó para buscar otra piedra puntiaguda. Siddhartha nunca estaba lejos de un par de ojos que lo vigilaran, y Suddhodana apareció en escena justo cuando Devadatta lanzaba el segundo guijarro, sin molestarse en disfrazarlo con tintura. El proyectil fue a dar en el pecho de Siddhartha y le hizo gritar. El príncipe se dobló haciendo una mueca de dolor. Devadatta consideró que el resultado era favorable y ya tenía otra piedra preparada en la mano, pero vio al rey de reojo y dudó. 
Alrededor de ellos se había agolpado ahora una pequeña multitud. Suddhodana hizo un gesto con la cabeza a Devadatta. Adelante. El chico no necesitó más aliento. Tiró de nuevo y le dio a Siddhartha en el hombro, con fuerza suficiente como para que volviera a brotar sangre. 
Ninguno de los espectadores acudió al rescate del agredido; incluso Prajapati, que había llegado tarde, se quedó contemplando al rey y supo que no podía interferir en lo que ocurría. Siddhartha miró a su alrededor. Tenía la cara roja de vergüenza, y quiso echar a correr, pero lo detuvo la voz de su padre. ¡No! Quédate. Los cortesanos intercambiaron miradas nerviosas; las damas más compasivas apretaban los puños contra el pecho. Suddhodana tenía los ojos fijos en su hijo, y lo observaba con una mirada fría como respuesta a lo sucedido. Cuando vio que el chico no se movía, que tenía los ojos perdidos en la distancia, soltó un gruñido leve, casi indescifrable, que Devadatta interpretó como confirmación de su propia victoria. Devadatta se relajó y tiró la piedra que tenía en el puño, lanzando una última mirada de lástima a su víctima. 
Se abrió paso entre los espectadores y desapareció. 
Suddhodana dio un paso adelante y se arrodilló junto a su hijo. Escúchame. No puedes dejar que haga eso. En esta familia se pelea.  Siddhartha agachó la cabeza y se mordió el labio. 
Eres mi único hijo, ¿no es cierto? Sí, papá. A partir de ahora, nada de «papá», ¿me entiendes? A partir de ahora, «señor». Siddhartha sintió que le ponía una piedra en su mano, y la mano de su padre, mucho más grande que la de él, la cerraba hasta formar un puño. Ve. El rey se puso de pie y los cortesanos le abrieron paso, formando un camino hacia donde había desaparecido Devadatta. Siddhartha sintió los bordes afilados de la piedra silícea contra la palma de la mano. 
Se dispuso a correr, pero no había dado más que un paso cuando lo detuvo la voz de su padre. 
Espera, déjame limpiarte primero. 
Suddhodana se inclinó y limpió la sangre que tenía el niño en la frente. Tienes que verle bien para hacerle frente. 
Esto se te podría meter en los ojos. El tono de voz seguía siendo tenso, pero Siddhartha supo instintivamente que en esos pocos segundos su padre había cambiado, había sentido una pizca de remordimiento o de ternura. 
Un instante después, le daban un empujón y él se encontraba corriendo con todas sus fuerzas hacia una glorieta que estaba junto al estanque, por donde había desaparecido Devadatta. Siddhartha dobló la esquina de la glorieta que estaba junto al lago de los lotos y su padre lo perdió de vista. 
Se escabulló por un pasadizo que llevaba hacia el interior, luego se escapó hasta la orilla del estanque. No le importaba dónde estaba su primo. Dejó caer la piedra que apretaba con el puño; los bordes silíceos le habían dejado unos surcos rojos en la palma de la mano. Le latían las otras heridas, las verdaderas, pero Siddhartha no hizo caso al dolor. 
Se dejó caer entre los altos juncos que rodeaban el estanque. Era casi el único verdadero escondite que había encontrado jamás. El pánico distorsiona el tiempo, así que Siddhartha no tenía idea de cuánto tardó en empezar a sentirse mejor. 
Pero, al final, el corazón dejó de latirle a toda velocidad y, cuando se le pasó la angustia, se sintió mejor, aunque somnoliento y agotado. Siddhartha era hijo de su padre, y a la vez no lo era. No había palabras para explicar por qué era así. Las esperanzas depositadas en él le pesaban sobre los hombros y desconcertaban a Siddhartha. 
Las piedras que le habían tirado, la humillación que vino luego, todo le dolía. Pero peor era saber que Devadatta, un cruel extraño, satisfacía las expectativas de su padre más que él. Siddhartha observó un halcón que en lo alto del cielo describía círculos con las alas inmóviles. Incapaz de ver más allá de los muros del palacio, aún podía contemplar lo que había por encima de ellos. Luego el halcón plegó las alas de repente y se lanzó en picado. 
En menos de un segundo, dejó de ser un símbolo de la fuga, de la libertad, y se transformó en un proyectil mortífero que se precipitaba a toda velocidad hacia una presa inocente. 
En ese momento, aunque Siddhartha no lo sospechara lo más mínimo, la presa no era él, sino Devadatta. Éste había huido animado por su victoria, aunque con el sabor amargo que le producía saber que seguía siendo prisionero del rey. 
El chico estaba aburrido por la puerilidad del festival. 
Aminoró el paso y entonces advirtió que, de la nada, había surgido ante él un hombre, un extraño. Era alto y tenía los hombros cubiertos con una capa de cáñamo, basta, típica de los viajeros. A pesar del sigilo del hombre y la diferencia de tamaño, Devadatta no estaba asustado; lo protegía su arrogancia. Tanteó con la mano la daga que llevaba a un costado. El extraño de la capa levantó una ceja en señal de sorpresa, como si dijera: «Después de todo, tenemos a alguien aquí». Sacó su propia daga. Vamos dijo. Te mereces morir. Devadatta retrocedió, perplejo. ¿Por qué? Su voz todavía no delataba miedo, y desenfundó su arma, listo para pelear. 
No por algo que hayas hecho, sino por lo que te voy a obligar a hacer. Con una rapidez que engañaba al ojo, el extraño se lanzó adelante, cogió la daga de Devadatta por la hoja y se la quitó de la mano. Después se echó a reír ante el asombro del muchacho. La mano del extraño sostenía con fuerza la hoja afilada, pero no caía ni una sola gota de sangre. 
Fuiste muy poco amable provocándome así dijo el extraño con calma, pero Mara tiene amabilidad de sobra para los dos. 
Le devolvió el cuchillo a Devadatta. Estaba tan caliente como un carbón encendido, y el chico lo dejó caer con un grito de dolor. ¡Maldito seas, demonio! Mara hizo una reverencia irónica ante tan rápido reconocimiento. 
No muchos tienen la valentía suficiente para insultarme. 
Y menos en el primer encuentro. Por lo general, están más ocupados con el terror que los embarga. Devadatta le lanzó una mirada desafiante. ¿A qué has venido? Yo no voy a morir. 
Dijo esas palabras con una certeza admirable. 
Mara no respondió. Levantó un brazo y, junto con él, se alzó el borde de su capa, que estaba forrada de negro. 
Los ojos de Devadatta repararon en ella unos segundos antes de que la negrura pareciera expandirse. En apenas un instante, la capa, que describía un circulito pequeño alrededor de la cabeza de Mara, se hinchó hasta encerrar al chico, antes de que desapareciera la glorieta entera y Devadatta se encontrara en una oscuridad absoluta, tibia y asfixiante. 
Dando un grito, cayó en picado a un vacío amenazador. 
No había modo de saber cuánto cayó, pero sin duda el aterrizaje fue tan duro que le hizo resonar los huesos. 
Por un instante, Devadatta se retorció en vano, sin poder respirar, antes de notar la piedra dura, fría, que tenía debajo. ¿Dónde estoy? ¡Habla! gritó. Ah, claro que hablaré, no temas. La voz de Mara sonaba junto a él. Devadatta estiró el brazo para asestarle un golpe, con tanta rabia como miedo. 
O, para ser más precisos, dominaba el miedo convirtiéndolo en rabia. Sus puños daban golpes al aire. 
Mara admiraba al chico. Era raro que alguien tan joven no tuviera miedo ante el peligro, aunque muchas de sus reacciones fueran apenas bravuconadas. Mara necesitaba a alguien que reuniera ciertas características: exaltado, temerario, incapaz de juzgar los límites de su propio peligro, astuto pero lo suficientemente estúpido como para caer en la trampa de la arrogancia. 
Éste era el indicado. ¿Qué quieres? gritó Devadatta en medio de la negrura vacía. Poco a poco fue dándose cuenta de que la negrura no era absoluta; podía ver un brillo pálido a lo lejos. Por eso y por la piedra sobre la que estaba tirado, supuso que se encontraba en una cueva y, como el aire era glacial, dentro de una montaña. Mara podría haber explicado todo lo que ocurría al chico, pero prefería observar y esperar. 
La arrogancia y la bravuconada tenían sus límites, así que esperó una hora, después dos, luego seis hasta que oyó que a Devadatta le rechinaban los dientes y percibió la desesperación que se le acumulaba en el pecho. 
Ahora sí era el momento de hablar. Estás aquí para aprender dijo Mara. Devadatta dio un salto cuando se quebró el silencio. Esta vez controló el enojo; su mente había tenido tiempo para trabajar, y ya sabía que estaba en poder de un demonio. 
No quedaba claro todavía de quién ni por qué exactamente, pero debía mantenerse alerta por si le tendían otra trampa. 
Dos eran suficientes. Soy un príncipe; no puedo negociar contigo dijo, mientras paseaba la mirada de un lado a otro por si el demonio se dejaba ver. Cosa que hizo: Mara apareció tal como lo había hecho en la glorieta, con la forma de un esbelto extraño ataviado con una capa negra. 
No me estás escuchando. Dije que estás aquí para aprender. ¿Aprender qué? Hizo una pausa. Soy todo oídos. 
Mara notó el tono de derrota que había en la voz del chico; Devadatta no podía seguir engañándose: no controlaba la situación. Aprender a ser rey aseguró Mara. 
No digas ridiculeces bufó el chico. Voy a ser rey, en cualquier caso. No te necesito a ti para eso, seas quien seas. ¿Ridiculeces? Mi querido tonto, renunciaste a tu oportunidad en cuanto te alejaste de tu morada. Allí no te espera ningún trono, ni ahora ni nunca. ¡Mentiroso! A la vista de ese arrebato de ira, Mara decidió esperar de nuevo, así que dejó pasar otras horas, mientras Devadatta iba sintiendo más frío y más soledad y se convencía de lo que había dicho el demonio. 
Entonces, como sabía que la gratitud puede ser tan efectiva como el miedo, Mara dio unas palmadas y apareció una pequeña fogata en la cueva, a unos metros del chico. Devadatta se apresuró a acercarse y se calentó el cuerpo, que ya estaba tiritando. El único trono que puedes aspirar a ocupar es el de Siddhartha dijo Mara. 
La luz del fuego hacía que a Devadatta le brillaran los ojos. Como siempre hacía, el demonio había aprovechado una idea que ya estaba en la mente de su víctima. 
Su padre es demasiado fuerte. No puedes derrocarlo. 
Pero, valiéndote de él, destronarás al hijo. Cada nueva palabra enardecía a Devadatta, que olvidó la angustia y el peligro en que estaba. No había odiado de verdad a su pequeño primo; hasta el momento, sus sentimientos fueron sólo una mezcla de lástima y celos. No me costará mucho librarme de él dijo. 
El extraño de la capa levantó el dedo. Más de lo que crees. Mucho más. El chico tomó esas palabras como un desprecio a su fuerza física, la única ventaja que tenía sobre el primo. 
¿No crees que pueda vencerlo? Lo único que me hace falta es un puñal o una flecha cuando salgamos a cazar. Piénsalo bien. El rey te mandaría matar de inmediato. 
Ni siquiera se preocuparía por averiguar si fuiste tú. 
Sabría que fuiste tú.  Devadatta hizo una pausa. 
Él y Suddhodana se parecían bastante, así que se dio cuenta de que Mara tenía razón. ¿Acaso no mataría él mismo a cualquiera que estuviera cerca del príncipe, si fuera él el padre y su hijo hubiera muerto misteriosamente? 
Después de pensarlo un instante, Devadatta dijo: Si dejo que me enseñes, ¿cuánto me costará? Mara se rió. No tienes nada que ofrecerme, excepto tu vida. 
Un príncipe sin trono es también un príncipe sin fortuna. 
Si no lo pensaste antes, eres bastante poco despierto. Y eso no es bueno para negociar. Me retiro. Espera, ¡no puedes dejarme aquí! El chico parecía tan aterrorizado que daba gusto al demonio. Mara aplaudió de nuevo, y se apagó el chisporroteo de la fogata. Estaba satisfecho con la primera función. 
Que el chico durmiera en la cueva. Tendría miedo de morir congelado, pero Mara podía mantener encendida la chispa vital. Tenía el más minucioso control sobre la muerte, después de todo. ¡Espera! El chico gritó más fuerte, pero su corazón desesperanzado sabía que ahora estaba solo. 
No había cerca nada más que la negrura que se iba instalando con creciente pesadez y una luz trémula que venía de la entrada de la cueva. Devadatta se dirigió hacia allí lentamente, apoyándose con una mano en el muro de piedra para mantener el equilibrio. Pisó pedruscos y sintió que algo ¿una rata? se le subía al pie. 
Cuando llegó hasta la luz, vio que ésta se abría hasta transformarse en una entrada de proporciones considerables. Devadatta salió de la cueva y pisó nieve hecha hielo, que se extendía en todas las direcciones. Estaba cerca de la cumbre de un pico del Himalaya, el tipo de lugar que buscaban los yoguis verdaderamente intrépidos para estar en soledad. 
Pero Devadatta no sintió ninguna presencia sagrada en ese paisaje hostil. No había señales de que ningún ser humano hubiese estado allí alguna vez, ni la huella más ínfima de un sendero que llevara a la base de la gigantesca montaña. 
Lo único que podía divisar Devadatta era el último atisbo del sol poniente antes de que desapareciera debajo del horizonte. Buscó palabras en su mente y no las encontró. 
Entre él y la negrura que descendía sin cesar se encontraba la nada.
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