martes, 29 de noviembre de 2016

Libro BUDA Deepak Chopra (Capitulo VI)


Capítulo 6 
Devadatta tardó la mayor parte de la noche en descubrir la forma de escapar de la cueva. Aunque todavía había un atisbo de luz en el cielo, engañó a la desesperación recorriendo las grietas en busca de ramas y astillas para encender el fuego y restos de vegetación para roerlos. No podía encender una fogata con las manos vacías. 
Por último, abandonó esa actividad poco fructífera y se dedicó a odiar a Mara. Fantaseó con la venganza que se tomaría si lograba sobrevivir. La noche era tan espesa que perdió toda noción del tiempo. No había nada que hacer, salvo acurrucarse, tembloroso y desafiante, en el suelo de piedra de la cueva, y esperar así la muerte. 
Aún tardó un poco más en darse por vencido del todo. 
Sólo cuando creyó que no había salida posible su mente dejó de enredarse en el pánico, y entonces Devadatta pensó en algo simple: ¿podían los demonios transportar físicamente a una persona a cualquier parte? ¿Y si la cueva no era sino una ilusión? 
En cuanto hubo considerado esa posibilidad, sucedieron dos cosas. Oyó, como si fuera un eco apenas perceptible, que Mara se reía de él, y se quedó profundamente dormido. 
Cuando despertó, estaba tendido en el suelo, cerca de la glorieta, en el mismo lugar donde se le había aparecido el demonio. Se sentó y se frotó las extremidades tiesas, doloridas. El sol se estaba poniendo, así que debía de haber permanecido inconsciente allí durante horas. Se subió a la barandilla que rodeaba la glorieta. En el agua del estanque de los lotos se reflejaban las llamas de las antorchas. 
A lo lejos, se oían risas etílicas: el jolgorio del rey se prolongaba hasta entrada la noche. Devadatta se dirigió hacia el lugar del que venía el sonido. Por alguna misteriosa razón, su aventura en la cueva no lo había agotado. Al contrario: se sentía más fuerte. Ansiaba más que nunca hacer exactamente lo que se había propuesto esa mañana: arrinconar a una doncella y atormentar a Siddhartha. 


Ambos deseos le habían vuelto a la cabeza y lo excitaron hasta tal punto que se echó a correr. A Devadatta no le importaba si encontraba primero a una chica o a Siddhartha. 
Ninguno se olvidaría del encuentro. ¿Por qué pueden los demonios vagar por la mente de esa manera, aprovechándose de los inocentes? Lo que convertía a Devadatta en presa fácil de los terrores de la cueva era algo casi insignificante: el muchacho era claustrofóbico. 
De niño, casi se había asfixiado en sus ropas pesadas y llenas de pliegues cuando una nodriza poco cuidadosa lo dejó envuelto al sol. Mara conocía esa debilidad, y lo único que tuvo que hacer fue envolver al chico con su capa. 
La mente de Devadatta se encargaría del resto. 
Entraría en erupción con el recuerdo de la asfixia y empezaría a desesperarse. Al demonio le resultó sencillo transformar el pánico tonto en una pesadilla. El chico no podía despertarse del terrible sueño, que lo retenía con fuerza durante todo el tiempo que Mara quisiera. Un instante de terror podía convertirse en una semana en la tan temida cueva. Y Mara era capaz de hacer lo mismo con cualquiera. Solitario y desconsolado, Siddhartha vagaba por los jardines del palacio. 
Se había acostumbrado a estar solo siempre que podía. 
Sentía que no tenía otra opción. 
La gente parece tenerme miedo. Procuran no mirarme, o salen corriendo. ¿Por qué? le había preguntado a Channa no hacía mucho. ¿Crees que yo te tengo miedo? respondió Channa. 
Tú no. El resto del mundo. Pero eso no era del todo cierto. 
Si sostienes un frágil huevo y tienes miedo de que se te caiga, no le tienes miedo al huevo sino a las consecuencias de sostenerlo. Lo mismo sucedía con los cortesanos que rodeaban a Siddhartha. Tantas puertas se le cerraban a Siddhartha, había tantas caras que bajaban la vista, tantos ojos que se apartaban, que él se sentía perplejo y confundía su actitud con miedo. Incluso Bikram se ponía de rodillas y se postraba, preocupado, cuando Siddhartha entraba en los establos. Lo hacía siempre, salvo cuando Channa también estaba presente; el rey le había dicho a Bikram que podía quedarse de pie en ese caso, porque un padre no debe ser humillado ante su propio hijo. 
Tienen miedo de no ser perfectos dijo Channa cuando vio que Siddhartha se resistía a aceptarlo. El rey los descubriría. 
¿Y entonces qué pasaría? Channa señaló los altos muros del palacio. Los echaría. Eso es lo que dicen. Channa pensó en los caballos que habían enterrado él y su padre fuera del perímetro amurallado. Les pasaría lo mismo que a los caballos, aunque no estuvieran muertos. Siddhartha sabía en lo más profundo de su corazón que los caballos que desaparecían de los establos no se iban con vida, y le preocupaba que algo oscuro le ocurriera a un señor o a una dama que se desvaneciera de pronto, una mañana, cuando el rey reunía a su corte para saludarlos y les permitía mirar en silencio cómo desayunaba. 
Menos mal que ninguno de los favoritos de Siddhartha había desaparecido aún. Cuando sea rey, no se echará a nadie fuera del muro dijo, aunque era una afirmación extraña; Channa no recordaría jamás otra oportunidad en la que Siddhartha se hubiera referido a su llegada al trono, ni en el futuro cercano ni el futuro lejano ni nunca. 
La mente de Siddhartha se paseaba por esos pensamientos sombríos, mientras permanecía de pie y solo junto a su estanque preferido, el que estaba rodeado de altos juncos. 
Se arrodilló y se mojó las manos en el agua fresca. 
El estanque no era profundo en esa parte, y Siddhartha vio algo en la sombra de un loto flotante: la larva de una libélula que se deslizaba lentamente sobre el barro. El príncipe la observó. 
El monstruo en miniatura se movía seguro, intrépido, en su recorrido. Se le acercó nadando un pececito plateado y, con un salto extraordinario, la larva lo atrapó en sus fauces. 
El pececito se estremeció una vez y luego se quedó quieto, con los ojos abiertos y brillantes incluso cuando se moría. Siddhartha se estremeció junto con él. ¿Por qué sentía el dolor de una criatura tan pequeña, tan insignificante? Muy buena pregunta. Tal vez sea tu don dijo una voz. 
Perplejo, Siddhartha se puso de pie y se encontró con un anciano que estaba frente a él, un ermitaño. 
Tenía la piel marrón y curtida. 
Llevaba un mantón de seda fina sobre el torso y una falda rudimentaria de cáñamo. 
El ermitaño estaba apoyado en su bastón junto a la orilla, mirando al chico, con ojos ilegibles de tan profundos que eran. Me encontraste. Y muy rápidamente. 
Yo no encontré a nadie se quejó Siddhartha. Estaba aquí. 
El ermitaño sonrió, y en el rabillo del ojo se le marcaron arrugas como de papel, cosa que Siddhartha no había visto nunca. Todo lo que había en el extraño lo hacía similar a un espectro, una aparición. 
Estas cosas no funcionan como tú crees. Me oíste. Sabías que tenías que hacer caso a mi mensaje. No hizo falta más. 
Soy Asita. Un chico de más edad, o muy distinto, habría querido saber cómo se había metido la voz de otra persona en su cabeza. Siddhartha aceptaba que algo inexplicable no tenía por qué ser irreal. ¿Por qué estás aquí? ¿Lo sabe mi padre? Dos buenas preguntas. 
A la primera puedo dar una simple respuesta. Sin embargo, la otra pregunta es más complicada. Tu padre se disgustaría mucho si me viera aquí. ¿Importa? Antes de que Siddhartha pudiera contestar, Asita volvió a hablar. Claro que sí. 
Es la persona que admiras. 
Siddhartha sintió que lo criticaba.Todo el mundo lo admira. 
Es el rey. No nos preocupemos por eso ahora. ¿Has oído otras voces en tu cabeza? Dime la verdad. Siddhartha agachó la cabeza. Eso imaginé. Tienes una naturaleza sensible, muy profunda. Sentirás cosas que otras personas no pueden sentir. Por desgracia, no todas esas cosas serán buenas para ti. 
No puedo hacer nada al respecto, ¿comprendes? ¿Sabes de qué te estoy hablando? No quiero ser diferente, pero tú dices que así tiene que ser. No, no comprendo. Asita se acercó al chico y le puso su tosca mano en el hombro. Estás sin madre, y tienes un padre en el que confías plenamente. 
Hemos de tener eso en cuenta. 
Siddhartha se sintió más incómodo. 
Oigo que vienen los guardias. Tienes que irte. Dijiste que no deberías estar aquí. Los soldados se gritaban unos a otros desde el otro lado del estanque, y las voces se estaban acercando. 
El extraño sacudió la cabeza. Puedo ocuparme de ellos. 
Todo lo que decía era un misterio para Siddhartha, porque Asita no hacía nada que él pudiera ver. 
Pero cuando se acercaron tres guardias peinando los juncos, no vieron a ninguno de los dos allí, pese a que eran muy visibles. 
El chico vaciló. Tú eliges dijo Asita con calma. 
Llámalos o quédate y escúchame. Sin decir palabra, el chico esperó hasta que los guardias estuvieron a una distancia prudente. Bien dijo Asita, estoy aquí para mostrarte algunas cosas, nada más. Si sigo protegiéndote, no encontrarás tu propio camino, y es preciso que lo hagas. 
¿Cómo has estado protegiéndome? ¿Eres tú el que me retiene aquí, entre estas paredes? No. Te he estado protegiendo de muchas formas, pero no físicamente. Asita se inclinó y miró al niño a los ojos. Tu padre quiere vivir a través de ti. 
Pero no tiene derecho. Créeme. Siddhartha desvió la mirada, mordiéndose el labio. Eres tan joven... Si tan sólo pudiera... 
Se le fue apagando la voz, y volvió a erguirse. 
Jamás se decidió el destino de nadie con palabras. 
Tengo algo que mostrarte, y éste es el momento. 
Del agua sobresalía un enorme yambo en plena floración. 
Te dije que tienes un don, pero no es un don cualquiera. 
Ya has empezado a experimentarlo, pero cada vez que lo haces, sientes la tentación de salir corriendo. ¿Te recuerda a algo este árbol? Siddhartha sacudió la cabeza. 
Apenas tenías cuatro años. Era primavera, época de arar la tierra, y tu padre había dado un banquete como el de hoy. 
De pronto tuvo una idea, se le ocurrió salir a los campos y arar con los granjeros comunes. Sería, pensó, un gran espectáculo. Todos querían verlo, incluso tus nodrizas. Así que te dejaron debajo de un yambo igual que éste. ¿De verdad no recuerdas nada de nada? Siddhartha no sabía qué decir. 
En su interior, una extraña sensación, como una niebla que se disipa, lo hacía sentirse inseguro. Asita continuó. 
Nadie se dio cuenta, pero tú observabas con atención y, mientras las cuchillas del arado removían la tierra fresca, viste algo muy pequeño pero muy perturbador. 
El arado había cortado en pedazos el cuerpo de insectos y gusanos, junto con otras criaturitas recién nacidas. ¿Cómo te sentiste? No puedo recordar cómo me sentía de bebé. Asita no apartó la mirada, y Siddhartha bajó la cabeza. 
Unos instantes después, habló en un murmullo. Quería llorar. ¿Por qué habría de llorar por medio gusano? Te sentiste como si hubieras visto herida a tu propia familia, y eso te asustó, ¿verdad? No hace falta que respondas. Ambos lo sabemos. 
El sentimiento era demasiado grande para ti. 
Pero luego ocurrió otra cosa... En ese momento, Siddhartha dejó de oír la voz de Asita, porque la niebla que se disipaba en su interior reveló la escena que el ermitaño describía. Siddhartha se vio a sí mismo envuelto en sus ropas de bebé, sentado bajo el árbol. Vio cómo alzaba la vista para mirar las flores que se abrían sobre su cabeza. De pronto había vuelto al pasado. Pero notó que lo que sentía ya no era angustia por las pequeñas criaturas cortadas en pedacitos bajo el arado. 
Lo había invadido algo nuevo. La belleza del árbol, el inmenso cielo azul, la llegada del espíritu de la primavera: todo le volvía a provocar dolor, pero esta vez había un atisbo de felicidad pura. Y aun así, de alguna manera, las dos cosas estaban conectadas entre sí. 
El espectáculo de la violencia, que tanto le dolía, se transformaba en una felicidad que quería salir de su pecho como una explosión. Siddhartha volvió en sí y miró a Asita, que parecía leer sus pensamientos. Ése era tu don. 
No debes huir de él. ¿Huí en aquel entonces? No, por aquel entonces no tenías conciencia. Asita se rió. 
No sabías lo suficiente como para tener vergüenza o sentirte diferente. Te entregaste a esa belleza durante horas y, cuando te encontraron, todos estaban asombrados de que no te hubieras movido de ese lugar en todo el día. 
Pero estaban tan acostumbrados a tu tranquilidad que tampoco le dieron muchas vueltas al asunto. 
No obstante... Siddhartha levantó la mano. No lo digas. Ah. 
Así que alguien sí lo notó. ¡Te digo que lo dejes! 
El chico se había puesto nervioso. Aunque permaneció sentado debajo del yambo todo el día, la sombra del árbol no se había movido: estaba en el mismo lugar, sobre su cabeza. Así que el chico estuvo protegido del calor feroz del sol hasta que sus nodrizas volvieron corriendo. ¿A eso le llamas protegerme? preguntó Siddhartha, sin saber muy bien si tomarlo como un milagro o como otra circunstancia más que lo diferenciaba del resto de los niños. Estás contrariado, y no tienes por qué. Ven. Asita se sentó debajo del árbol. 
Siddhartha miró cómo cruzaba las piernas y se enderezaba hasta que la columna quedó perfectamente erguida. 
Como practicaba aquel ejercicio desde hacía mucho, parecía que no hiciera el menor esfuerzo. Ahora prueba tú dijo Asita. El chico imitó la postura y se sintió extrañamente cómodo, teniendo en cuenta que jamás la había visto ni puesto en práctica. Las manos así.Asita tenía una mano apoyada en cada rodilla y formaba un círculo con el pulgar y el índice. Siddhartha hizo lo mismo y luego cerró los ojos cuando vio que el ermitaño cerraba los suyos. Ambos estaban callados. 
Al principio, el chico apenas era consciente de lo que lo rodeaba. El aire estaba más fresco debajo del árbol; el sol del mediodía se filtraba con pereza por el dosel inmóvil de hojas y flores. Siddhartha se sintió adormilado, y por un instante tal vez llegó a dormirse. 
Pero estaba despierto cuando la voz que oía dentro de su cabeza dijo: «¿Puedes quedarte quieto, sin pensar? No hables contigo mismo. Limítate a respirar con cuidado». 
Esas palabras le vinieron a la cabeza como si fueran sus propios pensamientos, pero Siddhartha sabía que tenían que ser de Asita. Al parecer, los dos estaban conectados. 
El príncipe aceptó este hecho sin cuestionarlo. 
El viejo ermitaño no se parecía a nadie que conociera. 
Desde luego no se parecía a Canki, a quien el chico temía hasta cierto punto. Entonces Siddhartha se contuvo. Se suponía que no debía pensar. Enseguida su mente se quedó quieta. 
Fue algo natural, como una brisa que apacigua un lago fresco. Tomó conciencia de su respiración, de cómo inhalaba y exhalaba con un ritmo suave. 
Todo era agradable, tranquilizador. 
Tenía la sensación casi física de que se hundía en la tierra o descendía suavemente al fondo de un pozo. Pero su descenso no era aterrador y abajo no lo esperaba una oscuridad absoluta: era más bien un sueño lo que le esperaba, lo que le recibía, aunque él siguiera despierto en sus brazos, en los brazos del propio sueño. Siddhartha perdió la noción del tiempo. 
Cuando volvió a abrir los ojos, Asita estaba apoyado en su bastón, observándolo. Vienen a por ti dijo, serio. 
Siddhartha sabía que se refería a los guardias enviados por su padre. ¿Puedes recordar lo que te acabo de mostrar? Siddhartha asintió con la cabeza, pero no estaba realmente seguro de que le hubiera mostrado nada. 
Asita notó que dudaba. Aquí está tu seguridad. Éste será tu lugar especial. Cuando te sientas confundido o cuando alguien trate de convertirte en algo que no eres, regresa a este árbol. Siéntate y cierra los ojos. Espera el silencio. No hagas nada para que venga. Vendrá por sí solo. Podían oír el regreso de los soldados que se gritaban unos a otros junto al estanque. 
¿Te encontraré aquí? preguntó Siddhartha. 
Asita negó con la cabeza. Tuve que pensármelo mucho para venir aquí hoy. Todavía corres peligro. ¿Por qué? 
Siddhartha tenía el espíritu tan tranquilo que apenas lo perturbaba la advertencia velada de Asita. 
Por todos los que piensan que saben cuál debe ser tu futuro. 
No estás solo. Siempre te están vigilando. Lo sé.
La voz de Siddhartha sonaba tan seria como la del ermitaño. Bien, que así sea. Ahora te voy a retirar mi protección, a partir de este momento. No quiero convertirme en uno de ellos. 
La voz de Asita se había tornado suave y algo extraña. Siddhartha no entendía por qué la mirada del viejo parecía tan triste ni por qué se tomó el trabajo de agacharse y tocar los pies de Siddhartha. 
En cuanto hizo eso, el chico cerró los ojos de nuevo y, una vez más, descendió por el pozo de silencio, más profundo que antes, lo suficiente como para no oír que Asita partía. ¡Eh, aquí! El grito venía de muy cerca, y Siddhartha oyó pasos que corrían y se acercaban. 
Lentamente, abrió los ojos y vio un anillo de guardias que lo rodeaba. Algunos parecían muy nerviosos; otros, aliviados. 
El oficial que los mandaba dio una orden: Corred y avisad al rey. Se arrodilló junto a Siddhartha. ¿Dónde habéis estado? ¿Os llevó alguien consigo? Siddhartha negó con la cabeza. Quería que se fueran todos. Sería mucho mejor si así lo hicieran, si no tuviese que regresar con ellos. 
Quería volver a cerrar los ojos, pero en cambio oyó su propia voz que decía: Estuve aquí. Sentado, solo. El oficial tenía una expresión dubitativa. Hemos mirado en este lugar una docena de veces. Si se trataba de una pregunta implícita, Siddhartha no la respondió. Era demasiado consciente de que su cuerpo se estaba poniendo de pie, como si otra persona se hubiera hecho cargo de sus músculos. Él seguía dentro del silencio. 
Ahora venían corriendo más personas, incluso varios cortesanos ataviados para el banquete, y algunos se tambaleaban por la bebida. 
¿Qué hora era? Siddhartha estaba sorprendido de ver el sol tan abajo, sobre la línea del horizonte. Los soldados fueron delante, precediéndole, y Siddhartha sintió que regresaba al mundo. Todo volvía a estar centrado. Su padre lo recibió con los brazos abiertos y no le preguntó siquiera si había peleado con Devadatta. 
Aplacada la tensión, el jolgorio se tornó doblemente escandaloso, y se prolongó hasta pasada la medianoche. 
A Siddhartha se le permitió quedarse levantado. 
Vigilado de cerca por guardias, pasó una hora mirando a los bailarines y los acróbatas; luego se retiró a su cuarto y se tiró en la cama, exhausto pero con la cabeza llena de imágenes que lo mantuvieron despierto un largo rato. 
Borrar un recuerdo no es un proceso sencillo. 
No es como borrar garabatos de un pizarrón. Los ojos tienen una memoria muy duradera, más incluso que el olfato. ¿Quién no recuerda las blancas nieves cegadoras de ayer, el perfume evanescente de una rosa, el esplendor de la cola desplegada de un pavo real? Pero trata de imitar el canto de un petirrojo, algo que has oído miles de veces. Muy pocos pueden. 
Muchos menos aún son capaces de recordar algo sabio que les hayan dicho. Siddhartha se juró a sí mismo que nunca olvidaría las palabras de Asita, pero pasaron los años y el mensaje del ermitaño se volvió cada vez más lejano, más vago. 
Además, ¿qué son unas cuantas frases profundas en comparación con los miles de días que siguen? En el caso del príncipe, cada uno estaba repleto de cosas nuevas y, cuando se acercó a la adolescencia, Siddhartha había olvidado que una vez estuvo bajo la protección de Asita y que alguna vez esa protección se la retiraron. El rey cumplió su palabra y dejó que la educación de su hijo quedara a cargo del sumo brahmán. 
La cara de Canki era la primera que veía el príncipe cuando salía de su habitación por la mañana y la última cuando regresaba por la noche. 
Lógicamente, esta familiaridad constante hacía que el chico confiara en su maestro. Aquel hombre enorme lo trataba bien y le decía muchas cosas útiles. 
Era como si lo siguiera un buey culto adondequiera que fuese. Pero, lógicamente también, Siddhartha tendía a rehuir su educación cada vez que se le presentaba la oportunidad. 
Para cuando tuvo seis años, ya había dejado marcado un sendero que llevaba a los establos y que se hacía más profundo con el correr de los años. Allí podía pasar horas eternas con Channa, ya tendido en la paja y analizando el futuro, ya ensillando un caballo para montarlo (ambos chicos juntos, uno que sostenía las riendas, el otro que pateaba con los estribos), ya cepillando un animal que echaba espuma y temblaba por haber hecho mucho ejercicio. 
La mayor parte del tiempo, sin embargo, se ejercitaban en la lucha. Era lo único de lo que nunca se cansaba Channa. 
Si por casualidad Bikram los estaba vigilando, la pelea de los chicos seguía reglas estrictas. Tal vez tengamos que matar, pero no haremos una carnicería. Peleemos con estilo insistía Bikram. El estilo es lo que humaniza la batalla. Sólo creía a medias en esa máxima, pero ésta le daba un sentido de dignidad a la lucha, y cuando no podía evitar imaginarse la matanza de batallas pasadas, el único refugio de Bikram era su dignidad. Había matado a demasiados enemigos usando tácticas sucias. Antes de que le entregaran una espada, cada chico se envolvía el pecho con una almohadilla gruesa de paja atada por fuera con yute. Sus espadas, más cortas y livianas que la de un guerrero, tenían los bordes romos y la punta cubierta con una bola de plomo. Así garantizaban que ninguno recibiría heridas graves. No las desafiles tanto, porque al final no las van a sentir ordenó Bikram al armero. 
Que les hagan moretones, pero sin llegar a derramar sangre. Haciendo las veces de árbitro, gritaba «¡Toque!» para que los niños se separaran cada vez que una espada asestaba un golpe. Pero no había mucho que pudiera hacer para controlar el temperamento feroz de Channa. 
El chico seguía atacando incluso cuando su adversario había recibido un golpe, y Bikram lo tenía que retener con una reprimenda y un tirón de orejas. 
Ambos sabían que en el fondo era orgulloso. Siddhartha solía sentirse mal si derrotaba a su amigo. Pero Channa se lo tenía merecido. Cada pequeña victoria que conseguía significaba días escuchándolo alardear de la hazaña. 
Además, Siddhartha había aprendido que Channa no aceptaba ninguna derrota a menos que estuviera acompañada de dolor físico. Ambos lucían numerosos moretones coloridos, causados por las espadas romas. Un día, cuando los chicos acababan de cumplir catorce años, el ejercicio empezó como una pelea típica. Channa no se cansaba de embestir y golpear, que era su estilo favorito. Siddhartha observaba y le esquivaba cuando podía, jugando a la pantera serpenteante frente al buey torpe, que era Channa. ¡Golpea! gritaba Channa, rabioso por la agilidad del adversario. 
Apenas le había dado un golpe de refilón a Siddhartha en la túnica de cáñamo. De pronto embistió con todas sus fuerzas. Dio demasiado impulso a la temeraria estocada y, cuando pasaba a toda velocidad, Siddhartha le propinó un golpe en las nalgas con la cara de su espada. 
Te pedí que golpearas de verdad gruñó Channa, humillado. Siddhartha se encogió de hombros, divertido. 
Channa detestaba la sonrisa dibujada en la cara de su amigo y, en lugar de discutir, arremetió por segunda vez y volvió a fallar. Siddhartha cogió la camiseta de Channa con la mano libre, levantó la espada hasta la garganta de su amigo y lo empujó contra la pared del establo. 
La respiración de uno explotaba en la cara del otro mientras se lanzaban miradas furiosas. «¿Es esto lo que tanto disfruta mi padre?», se preguntó Siddhartha. Sabía, por la manera en que su padre hablaba de la guerra y la batalla, qué se sentía al estar sumido en la lucha por sobrevivir en condiciones sangrientas. Ese día no había árbitro, porque Bikram había tenido que ir a la herrería para ayudar a controlar un caballo de guerra rebelde al que tenían que herrar. 
Los chicos aprovecharon para pelear con más rudeza y poner a prueba los límites del otro. Siddhartha se preparó, con los pies separados y el peso equilibrado, tal como le habían enseñado, y atacó con su espada. 
Ya había aprendido que la altura y la envergadura le daban ventaja. Se había convertido en el más delgado y alto de los dos. Dio una estocada rápida, usando todos los músculos que pudo. Channa levantó su espada y lo bloqueó; el acero resonó contra el acero: ese ruido discordante siempre hacía que algunos caballos resoplaran y dieran patadas en sus establos. —¡Ja! ¡Fallaste! gritó Channa. 
Echando la cabeza hacia atrás, se pavoneó, como si esquivar un golpe fuera lo mismo que ganar. 
Usaba todo recurso a su alcance para alimentar su enorme confianza en sí mismo. 
Quizá nunca llegara a tener la resistencia férrea de su padre, pero ya era más ancho de hombros y torso. 
Avísame cuando quieras que me deje de jueguecitos lo provocó Siddhartha. Ambos estaban sudando muchísimo tras una hora de práctica. Los músculos hinchados de sus extremidades sugerían el contorno de dos hombres, no de dos niños. ¿Jueguecitos? Ya me estoy cansando de contenerme para que no pierdas la pelea sin más. Aunque le flaqueaban las fuerzas y el aire le quemaba los pulmones cuando respiraba, Siddhartha buscó a Channa y, haciendo esfuerzos súbitos, inevitables, atrajo a su adversario ante sí como el viento empuja una pluma a la deriva. Channa lanzó un gruñido feroz y trató de mantener su posición. Pero cada vez que intentaba repeler el ataque de Siddhartha, la espada volvía a acercarse más y más a él. 
Sin decir una palabra, ambos sabían que estaba pasando algo distinto. Ya no era una pelea en la que iban y venían los golpes. Siddhartha había ideado una estrategia. Los hábitos de lucha de Channa se habían vuelto automáticos, y él ya sabía cómo contrarrestar cada uno de ellos. 
El aire le quemaba los pulmones, pero estaba decidido y cuantos más signos de desesperación mostraba Channa, devolviendo las estocadas como podía, agitando la espada con silbidos inofensivos, más se apasionaba Siddhartha. ¡Toque! Esta vez era Channa el que gritaba porque Siddhartha le había dado con la punta de la espada en el pecho. 
El príncipe esbozó una sonrisa forzada y sacudió la cabeza. «Vamos a ver si te sales con la tuya», decía la sonrisa. 
Viendo que Channa perdía el equilibrio, Siddhartha sacudió su espada con un rápido giro de muñeca y cogió la empuñadura por encima de la cabeza, usándola como una daga, para enterrarla en el corazón de Channa. 
Sintió una intensa excitación por su dominio, y enseguida estaba arrodillado sobre el cuerpo de Channa, con el filo de la espada contra la garganta de su amigo. Hasta ese momento, no sabía si alguna vez haría algo más que practicar el manejo de la espada. Dejó que Channa se pusiera de pie, sin mirarlo a los ojos. Estaba seguro de que si se encontraban sus miradas, Channa no podría disfrazar un atisbo de odio, la mirada desdeñosa del derrotado. También había algo más. 
Siddhartha creyó haber oído que se acercaba alguien en silencio. Pero antes de que pudiera averiguarlo, sintió que ya no lo sostenían las piernas. 
Se había dado la vuelta y, en ese momento, Channa lo había hecho tropezar metiendo la bota entre sus pies. 
Siddhartha cayó de bruces al suelo, escupiendo estiércol. Cuando quiso reaccionar, Channa lo había puesto boca arriba y le incrustaba la punta de la espada en la garganta. 
Por más que estuviera recubierta con plomo, la punta se le enterraba dolorosamente en la carne. Olvidaste rematarme 
dijo Channa. 
Lucía ahora su habitual sonrisa burlona, la que reservaba para cuando se recuperaba de la amenaza de la derrota. Pero tenía los ojos sombríos por un sentimiento que enfrió el corazón de Siddhartha. ¿Ves? le preguntó, inclinándose de tal manera que quedaron a apenas unos centímetros de distancia. Ésa es la diferencia entre tú y yo, Siddhartha sonrió con confianza. 
A mí no se me pasa por la cabeza no matarte. ¿Alguna de vosotras, niñas, dijo algo acerca de matar? 
Los dos chicos estaban perplejos. Sin hacer el menor ruido, había aparecido Devadatta. Jamás veréis ese día, creedme. 
Se acercó, lanzando una mirada lastimera a ambos. 
¿Quieres probar? espetó Channa con ímpetu. 
Levantó la espada y la puso debajo de la barbilla de Devadatta. Siddhartha se puso tenso. Los tres lo hacían todo juntos, todo el tiempo. Reunid a los tres había aconsejado Canki a Suddhodana. 
Si aislamos al príncipe, se dará cuenta de que tenemos los ojos puestos en él. Otra de las pequeñas cosas que fastidiaban al rey en su relación con el brahmán era que éste no dejara de hablar como un conspirador. 
¿Por qué enseñarle a odiar a los enemigos de los sakya, cuando lo único que tenemos que hacer es encerrarlo en la misma habitación con uno de los suyos? 
Los celos que tenía Devadatta de su primo menor eran más que conocidos por todos. No tengo problema con el chico y su primo. Ambos tienen sangre real concedió Suddhodana. 
Pero ¿por qué Channa? Como reserva. Le daremos al príncipe alguien en quien pueda confiar. 
Llegará el día en que no podréis leerle la mente, y él dejará de contaros lo que piensa de verdad. Entonces podremos recurrir a Channa y averiguarlo todo. Secretamente, el rey dudaba del plan, pero tenía sus buenas razones para aceptar las sugerencias del brahmán. 
Devadatta podría informarle de las clases del sacerdote en caso de que se excedieran en encomios al brahmán en desdoro del guerrero. Y Channa serviría de informante sobre la vida privada de Siddhartha: Canki tenía razón en eso. 
Este arreglo hizo que Devadatta se sintiera profundamente humillado desde el primer momento. 
Él, un chatria, jamás había tocado a nadie como Channa ni compartido comida con nadie que fuera un mestizo despreciable. Ése era el término con que se designaba a quien tenía ascendencia desconocida, y era cierto que Channa no conoció a su madre. Jamás se había mencionado su nombre y su padre nunca había dicho por qué los había abandonado. 
El propio Bikram había nacido en los establos de los que ahora se encargaba. Cuando Canki reunía a los tres alumnos para sus clases, Devadatta le daba la espalda a Channa; nunca se dirigía a él personalmente. Que ahora Channa se atreviera a buscar pelea con él era un atropello intolerable. Devadatta pensó qué podía hacer. Las dos posibilidades obvias eran hacer caso omiso de la provocación con un silencio gélido o atacar sin advertencia. Hacerle un tajo con la daga bastaría. 
Pero Devadatta tenía dieciocho años, ya era un hombre. 
Los hombres no responden a las amenazas de los niños. 
La sutileza del asunto lo fastidiaba, y resolvió que lo único que podía hacer era dejar pasar el insulto. ¿Qué tipo de prueba tienes en mente? preguntó. 
Hablaba despacio y, mientras lo hacía, levantaba la punta de la espada de Channa y desenroscaba la pelota de plomo. 
Ya basta de fingir. No más juegos. Channa era valiente, pero por otro lado tenía catorce años. Miró, nervioso, la punta desnuda de su espada, mientras Devadatta desenfundaba su propia arma. Depende de ti, niño dijo Devadatta. 
Cargó sus palabras de veneno, seguro de que no habría pelea alguna. Miró cómo le temblaba la nuez a Channa. 
Ambos sabían que Devadatta podía atravesarlo de lado a lado sin temor a represalia alguna. Pero había otra cosa que no sabía nadie más que Devadatta. El temor que inspiraba no procedía de sus propias amenazas. Tal vez Siddhartha hubiera olvidado a Asita, pero su primo no había olvidado a Mara. 
No tenía permiso para hacerlo. El demonio avivaba cada brasa de resentimiento que había en él, hasta que ésta brillaba al rojo vivo. Sin lugar a dudas, había un elemento demoniaco en el carácter de Devadatta. 
Cuando el joven buscaba pelea, podía captar intuitivamente la debilidad de su oponente, y no daba respiro una vez que empezaba el enfrentamiento. 
Mara también lo había convertido en un seductor extraordinario. 
Devadatta siempre estaba en disposición de excitarse con las mujeres. Se movía con una confianza inquebrantable, capaz de usar la adulación melosa o la propuesta más grosera, y no se rendía hasta que obtenía el trofeo. 
Sus pasiones lo habían arrastrado a los sitios más bajos: callejones y tabernas donde se olvidaban las pretensiones de casta. Sin embargo, no era eso lo que lo hacía extraordinario en lo que a la lujuria se refería. Era su voracidad absoluta frente a cualquier rival que se pusiera en su camino, incluso un esposo. A Devadatta no le importaba usar una espada para convencer a otro hombre de que su mujer estaba ahí para quien decidiera tomarla. 
Corrían rumores de asesinatos clandestinos que habían ocurrido cuando el hombre se había resistido demasiado. Fueran ciertos o no los rumores, unos cuantos aldeanos andaban por ahí con cicatrices moradas en la cara o, peor aún, atravesándoles de un lado a otro el pecho. 
No quiero pelear contigo. Sólo estábamos practicando balbuceó Channa. No me satisface. Tú me desafiaste. 
Ahora tienes que elegir. Pide disculpas de rodillas o prepárate para despertarte muerto mañana. Devadatta sonrió, pero no insistía para su propia diversión. Quería dar una lección sobre lo que significaba cruzar líneas que no se debían cruzar. 
Si Channa hubiera podido ver más allá de las amenazas de Devadatta, se habría dado cuenta de que su enemigo no estaba lo suficientemente seguro en la corte como para matar al mejor amigo de Siddhartha. ¡Ya basta! Siddhartha se interpuso entre ambos. 
Había dudado por un instante, sabiendo que si intervenía la lucha se desviaría hacia él. Channa negaría rotundamente que estuviera a punto de retroceder; Devadatta maldeciría a Siddhartha por arrebatarle a su presa. Pero eso no sucedió. 
En cambio, ambos oponentes lo hicieron a un lado con sendas miradas furibundas. No, esto ha ido demasiado lejos. Siddhartha volvió a meterse por medio y esta vez Devadatta le gritó con malevolencia depurada: ¡Apártate de mi camino! Pero la mano que lo mandó hacia atrás de un puñetazo duro, seco, era de Channa. La mirada que le lanzaban los ojos de su amigo parecía decir: «¡No te atrevas a salvarme de ésta! No te perdonaré jamás». Siddhartha estaba anonadado. No podía ver a Mara mientras éste trabajaba en el interior de su primo, pero veía que Devadatta no era un aristócrata arrogante. 
Era un esclavo de sus violentas pasiones. 
Y Channa también estaba ciego de ira. 
En ese momento, no había diferencia alguna entre ellos.
 «Ni siquiera son personas. ¿Qué les ha ocurrido?». 
Siddhartha se hizo esa pregunta, y su visión parecía atravesar a ambos. Sus cuerpos se volvieron transparentes, como la membrana pelicular de la cola de un pez, pero en lugar de ver sangre circular por la membrana, Siddhartha veía vidas. 
Cada persona era un paquete que contenía muchas vidas, todas apretujadas en el espacio diminuto de un cuerpo. 
Cuando Devadatta dijo: «Pelea conmigo», las palabras parecieron surgir de todas esas vidas escondidas dentro de él. Una ola de hostilidad brotó del pasado más oscuro de ambos luchadores. Devadatta sólo portaba esa ola, su instrumento, como los enfermos portan la fiebre tifoidea. ¿Pero Channa? ¿Cómo podía ser portador de algo semejante él también? Siddhartha no razonó nada de esto: lo sintió. Ni Devadatta ni Channa habían mirado donde estaba él. 
iddhartha sacó su espada y la puso entre ambos. Adelante, pelead dijo, mirándolos fijamente hasta que apartaron la vista. Pero tendréis que hacerlo con mi espada en medio y, si la tocáis, me habréis desafiado, y eso es lo mismo que enfrentarse al trono. ¿Es eso lo que queréis? Ninguno de los dos sabía si se trataba de una treta ridícula o de diplomacia brillante. 
Ambos oponentes retrocedieron y prolongaron su combate con miradas de odio. 
Devadatta enfundó su arma, hizo una reverencia arrogante y se retiró sin decir palabra. Channa echó a correr con una mirada que apenas ocultaba el desprecio. El viento sopló y se metió por las ventanas del establo; poco a poco, el aire se despejó. Siddhartha se quedó pensando si su don lo había visitado de nuevo. Si así había sido, ¿por qué tenía que soportar el dolor que otros negaban sentir? «Me van a culpar a mí y a nadie más. Evité que se mataran, pero sólo recordarán la humillación y el odio». La herida más profunda, la que no sanaría durante años, era el desprecio que había visto en los ojos de Channa. 
Si él era portador de odio como Devadatta, entonces no había diferencia alguna entre ellos, y la distinción entre amigo y enemigo no tenía sentido. 
En ese momento empezó a morir algo entre Siddhartha y Channa: la promesa implícita que hicieron dos chicos de que nada se interpondría entre ellos. No había modo de evitarlo. Pero si Siddhartha hubiera podido encontrar la manera de borrar sólo un recuerdo, habría borrado éste.
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