lunes, 12 de diciembre de 2016

EN EL SILENCIO DEL DESIERTO.- CAPÍTULO 16: HURACÁN


Apareció Salomé y ya estaba el desayuno listo en la mesa, y cuando Micael le comunicó a su madre la decisión de casarse con el traje de ceremonia de su padre, a ésta se le iluminó el rostro y unas lagrimillas asomaron por sus mejillas. Se abrazó a su hijo y le dijo lo feliz que la hacía. Cogió a su hijo de la mano y lo llevó hasta su habitación. Abrió su viejo baúl, y sacando una bolsa de tela azul, la colocó sobre la cama y la abrió. Y allí estaba el traje de lino blanco, como la nieve, perfectamente planchado. Parecía que el tiempo no había pasado por él. Sara lo guardaba con mucho cariño, y cada cierto tiempo lo lavaba, repasaba y perfumaba. Micael era de la misma estatura y hechura que su Josué, y no habría que hacerle ningún tipo de arreglo. Cuando él lo tuvo entre sus manos, lo acarició, y su corazón abrazó el recuerdo de su padre.

- ¡Serás el novio más guapo del mundo, hijo!
- Mamá, gracias por permitir que yo lo lleve. Sé lo mucho que significa para ti.
- ¡Y quien mejor que tú, hijo mío! ¡Este traje es tuyo, hijo! Sé que a Jhoan nunca le gustó, pues no es hombre de tradiciones, pero sí que tengo algo de tu padre que te gustará hijo... ¡mira... esto es para ti!

Jhoan abrió el pequeño cofre y vio un sello de oro con una amatista preciosa en el centro. Miró a su madre, y ante su aceptación, se lo puso en el dedo corazón de la mano derecha. Parecía hecho a su medida.

- ¡Nunca le ví este anillo a papá!
- Era muy significativo para él, pero debido a su trabajo con las manos y a los ácidos que siempre manejaba, decidió quitárselo para no estropearlo.
- ¡Es precioso, mamá... gracias!

Y Sara, aquélla mañana, resplandecía. Cuando terminó el desayuno fue a su habitación, y cuando salió, sus hijos la piropearon. Con su pelo recogido en un moño con una cinta aterciopelada, su vestido verde turquesa y aquéllas sandalias blancas de charol, estaba realmente preciosa.
Aquéllos ojos azules eran cautivadores.

Terminaron el desayuno y se pusieron en camino. Decidieron llevarse los dos coches, pues Micael quería llevar a Raquel a ver un concierto de música y baile de los antiguos hebreos, que daban a las siete de la tarde en el parque central de Jerusalén. Estaba seguro de que le iba a encantar.
Como Sara andaba un poco delicada, se vendría para casa con Jhoan y Salomé. Ellos dos volverían otro día para disfrutar de la ciudad y conocerla de esquina a esquina.

Hicieron las compras, llevaron a arreglar el vestido de Raquel, ya que necesitaba un pequeño reajuste, y compraron un vestido precioso para Sara. Cuando se lo probó, las dos amigas se quedaron con la boca abierta. Sara era alta, esbelta y con un porte de diosa. Aquél vestido fucsia, largo hasta los tobillos, y que se ajustaba un poquito a su silueta, la hacía retroceder en el tiempo. Solo quedaba arreglarle el pelo. Un buen toque de peluquería y un tinte rubio cubriendo sus canas, y el cambio sería total.

Al principio Sara rehusó tocarse el pelo, pero vio tanta ilusión en las chicas por verla rejuvenecer, que accedió. Así que decididas, fueron a pedir hora para la víspera de la boda.

- Sara...
- Dime hija...
- ¿Qué es lo que podría hacerle mucha ilusión a Micael? Quiero hacerle un regalo, y no se me ocurre nada...
- Raquel, hija... ¿más todavía de lo que le has dado?
- ¡Quiero que sea mi regalo de boda! ¡El ya me ha hecho uno maravilloso!
- ¿Y dime... cual ha sido?
- ¡Es muy íntimo, Salomé!
- ¡Ah... comprendo...!
- ¡Qué Sara...! ¿No sabes de nada que pueda hacerle ilusión?
- ¡Sí, hija, claro...pero es muy caro! Le ha gustado desde que era muy niño.
¿Pero el qué...?
- Un caballo. Un vecino nuestro tiene un picadero con quince caballos. Micael aprendió a montar allí. Es muy buen jinete. Mi Josué quería comprarle un caballo, y así Jhoan también aprendería con él, pero todo se torció, ya lo sabes hija... Pero cuando ve un caballo... ¡se le ilumina la cara!
- ¡Pues entonces ya está! ¡Tendrá su caballo!
- Pero hija... son muy caros... y también su manutención...
- Dinero tenemos, Sara, y aunque no lo tuviéramos... ¡lo sacaría de debajo de las piedras!
- ¡Pero hija...!
- ¿Podríamos hablar esta misma tarde con ese vecino?
- Claro que sí. Hace dos años sus yeguas tuvieron cinco caballitos. Ahora están preciosos. Sobre todo uno, el blanco. Cada vez que Micael venía a casa, no faltaba a la cita. Iba a verlo. ¿Y sabes cómo le llama? ¡Huracán! Jhoan hizo varios intentos para comprárselo, pero fue imposible. Era mucho dinero para él, y ya sabes que Micael ha estado diez años trabajando sin recibir nada a cambio...
- ¿Y sabes cuanto pide ese hombre por él?
- Hija, entonces a Jhoan ya le pidió 22.000 dólares.
- ¡Hecho, Sara! Por favor, cuando vuelvas esta tarde a casa, habla con él y dile que te lo prepare, que lo compramos, que lo deje precioso. Yo pasaré mañana a primera hora y cerraré el trato con él.
- Pero hija... ¿Y dónde lo vais a tener luego?
- ¡En el mismo picadero, Sara, pero eso ya lo hablaré con el dueño!
- ¡Ay, hija... qué feliz le vas a hacer! ¡Poder montar a Huracán...!
- Que no se te olvide. Sara... lo primero, cuando lleguéis.
- No te preocupes, nena, iremos los tres en cuanto volvamos a casa. ¿Y cuando has pensado hacerle el regalo?
- Si se puede, mañana mismo. ¡Que empiece a disfrutar de él cuanto antes!
- ¡De acuerdo, está hecho! ¿Y si fuéramos ya al encuentro de los chicos? Tienen que estar ya turrados de esperar...
- ¡Pues que no hubiesen venido! Jajaja

Y las tres mujeres bajaron las escaleras de aquél centro comercial. En la planta sótano estaba la cafetería, donde los dos hermanos tomaban un café. Ellas pidieron, pero Salomé se decidió por un te.

- ¿Ya habéis terminado de hacer las compras?
- ¡Sí, ya está todo! ¿Qué vamos a hacer hasta la hora de la comida? Hasta las dos no tenemos reservada mesa.
- Faltan dos horas, podríamos ir a pasear por el parque. Hoy, viernes, creo que hay música clásica a la mañana. ¿Mamá, te apetece ir...?
- ¡A mí lo que queráis hijos!

Dieron un largo paseo por el parque. No había música clásica, pues estaban levantando la plataforma donde a la tarde iban a tener lugar las danzas y canciones tradicionales, pero el canto de los pájaros, el espléndido sol y la variedad tan pintoresca de árboles y flores, todo ello era la más hermosa sinfonía para los sentidos y los corazones.

- Raquel, mañana Jhoan y yo vendremos otra vez a Jerusalén. Me va a enseñar todos los lugares sagrados. ¿Por qué no te vienes tú?
- ¡Porque no se me ha perdido nada en Jerusalén, Salomé!
- No te entiendo, nena. Conozco tus sentimientos sobre cierta persona, y es aquí donde se vivieron los acontecimientos...
- ¡...más desagradables, por eso te digo, Salomé que no se me ha perdido nada aquí!
- Nena, ¿no crees que ya es el momento de que lo superes?
- Ya está superado, Salomé, te lo aseguro.
. Salomé, Raquel visitará Jerusalén, te lo aseguro... pero lo hará conmigo... ¿a que sí, mi amor...?
- ¡Como tu quieras, Micael!
- ¡Y lo haremos hoy! Cuando terminemos de comer y vosotros os vayáis para casa, y hasta que llegue la hora del espectáculo, haremos turismo tú y yo.
- ¡Así se habla, Micael, a ver si tu le quitas todos esos fantasmas que tiene en su cabezota!
- ¡En su cabeza no, Salomé, en su corazón!
- ¡Pero que yo no tengo fantasmas en ningún sitio! ¡Pero qué pesados sois!
- ¡No te me enfades, nena...!
- No me enfado, solo que ya estoy harta de vuestros sermones psicológicos, por tu parte Salomé, y también por la de David. Para vosotros siempre han sido fantasmas, para mí una realidad.
- Nena, te queremos, y lo único que perseguimos es ayudarte, de la mejor forma que sabemos.
- ¡Lo sé, Salomé, pero no quiero que se vuelva a tocar el tema de los fantasmas psicológicos nunca más!
- ¡Entendido, nena!

- Mamá me está preguntando que qué pasa, que por qué te has enfadado con Salomé. Ya le he dicho que no es nada importante, que son cosas entre amigas... Advirtió Jhoan.
- ¡Nos estamos olvidando de ella! Jhoan, Micael... ¡traducirle todo lo que hablamos, hombre..!
Pasearon durante una hora, y luego se dirigieron hacia el restaurante. Terminada la comida, dando un paseo fueron hacia el parking. Jhoan cogió el coche de Raquel. Eran los asientos más cómodos, y así Sara iría más relajada. Ellos dos se llevarían el pequeño. Raquel, con un gesto, les recordó lo del caballo, y partieron con dirección a Haifa.
Ellos dos fueron hacia el casco antiguo de la ciudad. El estaba decidido a que ella volviera a pisar los mismos sitios otra vez, aunque tendrían que meterse a trescientos metros bajo tierra, donde están los restos de la antigua ciudad. Quería que volviese a amarlos de nuevo, a que desterrara para siempre esa pesadilla. Pero esta vez el Cielo se puso de parte de Raquel. Todos aquéllos lugares permanecerían cerrados hasta el próximo sábado a la mañana. ¿Motivo? ¡Por disposición oficial, según las notas adjuntas a dichos edificios! Y Raquel sonrió maliciosamente.

- ¡Lo siento, mi amor, ya sé que tenías mucha ilusión!
- No hay ningún problema, podemos volver otro día, pero tampoco quiero obligarte a hacer algo que no desees.
- ¡Vendré contigo, Micael, y no porque lo desee, pero sé que debo hacerlo, que tengo que superarlo!
- ¿Y ahora qué hacemos hasta la siete de la tarde? Faltan cuatro horas. Cuestionó Micael.
- En cuatro horas las cosas que se pueden hacer... ¡madre mía...!
- ¿Cómo qué...? Preguntó él.
- Pues por ejemplo… ¡estar juntos!
- ¿Y qué es lo que estamos haciendo ahora, mi amor?
- Sí, claro... pero no tenemos intimidad... la tendremos, si... pero habrá que esperar al viernes a la noche...
- ¿No tenemos aquí intimidad, en plena naturaleza, princesa?
- ¡Jo... Micael... para algunas cosas tienes un tercer ojo muy avizor, pero para otras... ¿O es que lo haces adrede? Y Micael se echó a reír.
- ¿Y tú por qué das tantos rodeos...? ¡Camaleón sigue muy viva en ti! Dime, mi amor... ¿qué es lo que deseas hacer?
- ¡Estar contigo, Micael!
- ¿Y no me das más pistas...? Bueno, pues entonces... ¡lo haré yo a mi manera! Yo no doy tantas vueltas a la noria, resulta aburrido y muy cansado. ¡Vamos...!
- ¿Pero a dónde...?
- ¡A estar juntos, mi amorcito!

Y él la llevó a la salida del parque. Cruzaron dos manzanas de edificios y por fin se metieron en un hotel de dos estrellas. Pidió una habitación, y cuando el conserje les dio las llaves, éste miró de una forma muy peculiar a Raquel.

- ¿Te has fijado cómo me ha mirado ese hombre?
- ¿Cómo lo ha hecho...?
- Como si fuera yo un ligue...
- ¿Y no lo eres, mi amor? ¿Acaso esto no es una cita amorosa?
- Micael, pero él está pensando que...
- ¡Dime, mi amor... qué podrá estar pensando al ver a una pareja que pide una habitación para desalojarla antes de las 9 de la noche y que va sin maletas ni nada parecido...! ¡pues que es un ligue en toda regla! ¡Déjale, mi amor, que se recree en sus propias fantasías pensando en nosotros! ¡Encima, le hacemos un favor!
Ya hemos llegado... esta es... ¡adelante, princesa!

Raquel entró en la habitación y quedó un poco decepcionada. Para ser un hotel de dos estrellas, dejaba mucho que desear, pero al menos el baño estaba completo y la cama... ¡la cama...! Fue hacia ella y se dejó caer.

- ¡Una cama grande...qué delicia! Y Micael se reía.
- Ya veo que tú y las de 80 no os lleváis nada bien...
- Es que me gustan grandes, y revolcarme en ellas...
- ¡Voy a darme una ducha, mi amor, enseguida vuelvo!

Ya había oscurecido. Raquel y Micael estaban abrazados en la cama, en silencio. Sabían que era hora de marchar, pero ninguno de los dos se animaba a ser el primero en romper aquélla magia. El volvió a mirar su reloj y comentó:

- Mi amor, son ya las ocho. Hace ya media hora que el festival habrá empezado. Sería cuestión de ir hacia allí.
- Prefiero estar contigo. Hasta las nueve tenemos tiempo. En casa nos esperan tarde.
- Mi amor... ¿y qué hacemos cuando nos pregunten por el festival cuando regresemos a casa? Nosotros somos buenos chicos y no decimos mentirijillas... a no ser que no te importe decirles la verdad. En ese caso... no hay ningún problema.
- Pero Micael... decirles que hemos estado toda la tarde en un hotel...
- ¡Es la verdad! ¿O es que te da vergüenza que sepan que has estado con tu maridito?
- ¡No, claro que no...! ¡Pues sí... un poco de apuro sí que me da el airear nuestra intimidad...!
- ¡Son nuestros hermanos y nuestra madre, Raquel!
- ¿Tu madre qué pensará...? Teniendo una casa para nosotros, hemos tenido que buscar un hotel para estar juntos. ¡Se sentirá mal, mi amor!
- ¡Para nada, princesa! Mi madre estuvo y está muy enamorada de mi padre, y sabe mucho de los juegos del amor. Y Jhoan y Salome... ¡pues perfecto... a lo mejor les damos ideas...!
- Micael, mi amor... ¡te quiero! A veces me siento ridícula diciéndotelo. Es tan pobre esa palabra para todo lo que siente por ti mi corazón...
- ¡Pues no me lo digas... y demuéstramelo...!
- ¡Mi amor... que tenemos que volver a casa...!
- ¡Pero tenemos una hora todavía, mi amorcito...!

Sara está en la cocina ultimando los preparativos de la cena. Salomé está poniendo la mesa en el salón y Jhoan está atendiendo a las llamadas pendientes que habían encontrado en el móvil. Oyen la puerta de entrada, y Micael y Raquel aparecen.

- ¡Hombre, ya estáis aquí! ¿Qué tal os ha ido, muchachos?
- Muy bien, Salomé. ¿Y vosotros habéis tenido buen viaje de regreso?
- Sí, Micael, y tu madre nos ha hecho reír de lo lindo. ¡Tiene un sentido de humor alucinante!
- ¡Hola, hijos! ¿Cómo os ha ido?
- ¡Maravillosamente, mamá!
- ¿Te han gustado, Raquel, las danzas...? ¿A que son bonitas de verdad?
- ¡Pues no lo sé, Sara, porque no hemos estado viéndolas!
- ¡Ya, al final, os habéis entretenido con el recorrido turístico! Exclamó Jhoan. Ya le he dicho a Salomé que no se hace en una hora ni en dos... que hay que invertir al menos una mañana entera o toda una tarde... - ¿Qué, hermana, te han gustado? ¿A que al final ha merecido la pena quedarse allí?
- ¡Sí que ha merecido la pena, hermano, y mucho... pero no para hacer el recorrido turístico! Nos hemos limitado a estar juntos, sin más... Exclamó Micael sonriendo a su hermano.
- ¡La leche, hermano... pero en algún sitio habréis estado no...! ¿U os habéis volatilizado...?
- Hemos estado toda la tarde en la habitación de un hotel, haciendo uso de nuestra intimidad de pareja. Exclamó Raquel decidida y aparentando una naturalidad que le costaba manifestar.
- ¡Eso si que es aprovechar el tiempo, hermanos, os felicito... lo demás son jilipolleces! Exclamó Jhoan riéndose.

Y Sara no necesitó que ninguno le tradujera nada. Miró a su hijo y se sonrió. Se dio media vuelta y siguió con su faena en la cocina.

- ¡Ah, samuraí, ya siento chafaros la salida que pensabais hacer mañana a Jerusalén! Cuando hemos querido iniciar el recorrido turístico, nos hemos encontrado con todo cerrado. Según la nota oficial, no iban a abrirse al público hasta el sábado siguiente.
- Bueno... no hay por qué suspenderla... ¡se pueden hacer otras muchas cosas... vosotros dos nos lo habéis demostrado!

Y ante aquélla respuesta de Jhoan, Raquel miró a su amiga, ésta la miraba a ella, le sonrió y bajó la mirada. A continuación miró a Jhoan, y éste, lo único que hizo, fue guiñarle un ojo. Raquel se dio por enterada. El cupido había hecho su trabajo a la perfección. Micael sonrió a su hermano y fue hacia el baño. Raquel aprovechó ese momento para preguntarles sobre el caballo.

- Sí, Raquel, hemos hablado con él. Lo tendrás preparado para mañana a las once. Y el tema del dinero, pues que lo deja para cuando regrese su hijo pasado mañana, que es el que lleva el asunto de la contabilidad.
- Entonces mañana... ¡ya podré ir con Micael allí!
- Sí, sí.... pero no antes, porque quiere lavarlo bien y prepararlo para que Micael pueda montarlo.
- Hermanita... ¡vas a hacer de Micael, mañana, el hombre más feliz de este planeta!
- ¡Es un regalo de todos, Jhoan... tus padres en su momento, y tú, también quisisteis hacérselo!

En aquél momento Micael salía del baño e interrumpieron la conversación. Fue entonces cuando Jhoan pidió a Raquel que pasara un momento a casa de Efraim a llevarle un libro que le había pedido. El no podía ir porque tenía que hacer algunas llamadas de teléfono. Así que Raquel, acompañada de Salomé, abandonaron la casa con dirección al pueblo.

- Hermano, me he deshecho de tu mujer porque tengo que darte una noticia que no debe oír ella.
- Tú dirás...
- Una de las tres llamadas que había en el móvil era de Marcos. Me he puesto en contacto con él y me ha dicho que el jueves a la tarde estará aquí, pero que tendrá que regresar el viernes a las cinco. Y con él viene un paquete muy especial: David.
- ¿Qué David viene?
- ¡Sí Micael, nuestros Hermanos se mueven muy deprisa!
- ¿Y cómo así?
- Marcos me ha comentado que David no quería perderse la boda de Raquel, y que aunque cojea bastante, quería venir. Su idea es quedarse, en un principio, quince días, y no quiere que Raquel se entere hasta que no le vea. Quiere que sea una sorpresa.
- ¡Y tanto que sí...! Y no solo para ella, sino para todos. ¡Así que, David, hermano mío... vas a estar aquí e viernes...! ¿Ya lo sabe Salomé?
- ¡Sí, tanto lo de David, como lo de la cita!
- ¿Ya se lo has contado? ¿Y qué te ha dicho?
- Bueno, al principio creía que era una broma, pero cuando ha visto que le hablaba muy en serio, se ha quedado muy impactada durante unos instantes, aunque ha reaccionado enseguida. Por ella, encantada de la vida, siempre y cuando al igual que entre en la nave, pueda salir después... Y Micael se echó a reír.
- ¿Y tú hermano, qué tal con ella?
- Nos hemos sincerado los dos, hemos puesto todas las cartas sobre la mesa...
- ¿Pero qué decían esas cartas, samurai...?
- ¡Que nos queremos, hermano!
- ¡Es fantástico, samurai... mi hermanito hecho todo un hombre! ¿Le habéis dicho algo a mamá?
- ¿Tu crees que a nuestra madre se le escapa algo? Pero Salomé no quiere correr tanto. Quiere disfrutar un poco más de nuestro juego.
- ¡Como a ti, hermanito... sois tal para cual! ¿Y las otras dos llamadas de quienes eran?
- De Daniel y Josafat. Vendrán los dos el jueves a la tarde, pero también tendrán que regresar el viernes a la tarde, antes de las cinco. Así que, visto el panorama, hemos decidido con mamá que la ceremonia habrá que hacerla a la mañana, y festejarlo con una comida en vez de una cena. Así todos nuestros amigos podrán disfrutar de todo.
- Me parece fantástico, hermano. Así a la noche estaremos libres para ir a la cita, y tendremos tiempo para prepararnos.
- Hermano, hay que ayudar a mamá a preparar las camas. La noche del jueves tendremos aquí a cuatro personas más.
- Bueno... Serena ya estará para entonces preparada. Raquel y yo dormiremos en nuestra habitación y en el salón irá un sofá cama donde podrán dormir dos personas.
- Como Salomé y yo, por ejemplo...
- ¡Ah sí...!
- ¡Si, hermano, tanto como eso, sí...!
- Entonces lo tenemos muy sencillo. La habitación del ático para Josafat, la mía para Daniel, y en la tuya instalamos a David. Si tiene dificultades para andar es mejor que no vaya subiendo y bajando escaleras. Y por esa noche, que Marcos duerma con él. Solo necesitaremos un colchón, y Raquel, creo recordar, que trajo uno del chalet. Lo que no sé es dónde lo dejó. ¿Ya te ha dicho Marcos en qué avión vienen el Jueves?
- En el mismo que Salomé. Llegan a las once de la mañana.
- Perfecto. Las chicas tienen peluquería. Podremos ir solos a buscarles, y será toda una sorpresa.
- ¡Desde luego, Micael, nuestros Hermanos saben lo que hacen! ¡No se les escapa ni una!
- ¡Es que somos los mejores, hermanito! ¿Todavía no te has convencido de ello?
- ¿Vais a salir con nosotros luego?
. ¿Y a dónde queréis ir?
- ¡A la calita! Salomé quiere volver allí a nadar.
- ¿Y no quieres estar a solas con ella...?
- Tenemos tiempo, hermano, no quiero acapararla, y mucho menos que se me asuste...
- ¿Y cómo debemos ir? ¿Podremos bañarnos como tenemos costumbre, o habrá que ir un poco más vestiditos en el agua? ¿Cómo lo ves?
- Anoche, cuando llegamos, le pregunté, y ella como respuesta se desnudó y se metió en el agua con toda la naturalidad del mundo. Yo me quedé fuera, no sabía qué hacer. Ella salió a buscarme y me dijo que después de vivir veinte años con tres hombres en una misma casa, ya sabía cómo eran y no se iba a asustar por ver a otro más.
- Desde luego tienen que estar hechos de una pasta especial, hermano. Tanto tiempo viviendo juntos y con una amistad tan sólida como la que les une. Es muy raro.
- ¡Son de los nuestros, hermano!

En aquel momento aparecían las dos chicas por la puerta del salón. Sara iba detrás con el puchero de la sopa. Se sentaron a la mesa y comenzaron a cenar.

Luego salieron hacia la cala. Allí Micael recibió su nueva sesión de masajes, pero esta vez ya no fue tan incómoda. Su espalda iba mejorando. Después de unos minutos de relajamiento, se metieron al agua. Pero Raquel sintió frío enseguida y salió. Se echó el albornoz por encima y se sentó sobre la arena húmeda.
Después una relajada tertulia y un repaso a los acontecimientos que se esperaban los próximos días. También hablaron de la cita del viernes a la noche, y de la inquietud de Salomé ante aquél acontecimiento. Así estuvieron hasta las doce de la noche, hora en la que decidieron volver a casa. Al día siguiente había que madrugar.
Jhoan y Salomé marcharían a Jerusalén, Raquel tenía que seguir con los preparativos de Serena, y Micael tenía que trabajar sobre dos temas específicos.

Cuando llegaron a casa tomaron sus infusiones y se retiraron a sus habitaciones. Raquel subió a la habitación, se puso el pijama y entró en el baño. Se puso una bata por encima y bajó al salón. Micael había apagado las luces, y se había conectado un flexo al lado de la pantalla del ordenador.

- ¿Tienes para mucho rato, Micael?
- ¡Sí, mi amor, ando con bastante retraso!
- ¡Bueno, pues me quedo contigo, y así yo aprovecho también para trabajar!
- Raquel, mi amor... si estás que te caes de sueño.
- ¡Pues ya se me pasará! ¡No quiero dejarte aquí solo! Me estaré aquí, calladita, trabajando en lo mío.
- Raquel, cuando trabajo... no estoy para nadie, me concentro mucho y no me gusta que nada distraiga mi atención...
- ¡Mi amor, lo se, a mí me pasa lo mismo! Solo te pido una cosa, que si te distraigo o no puedes concentrarte como quisieras estando yo a tu lado, me lo digas. ¡Lo entenderé perfectamente!
- ¡De acuerdo, princesa!

Y cada cual se puso a su faena. Micael quedó sobre la mesa y Raquel se marchó al otro lado del salón. Se sentó en el suelo, sobre la alfombra, con un cuaderno entre las piernas y con un lapicero entre las manos. El, de vez en cuando, levantaba sus ojos hacia ella y sonreía. Allí estaba ella, moviéndose al ritmo de una melodía que escuchaba a través de los auriculares de su cassete player y mordisqueando el lapicero, intentando encajar aquellas notas musicales con las letras de su cuaderno. Pero ella estaba entregada a su trabajo, e ignoraba que su marido la observaba.

Eran ya las tres de la madrugada, y Micael cerró el ordenador, se levantó y fue hacia su mujer. Como ella seguía enfrascada en su tema, le retiró los auriculares de los oídos y llamó su atención.

- ¿Mi amor, vas a seguir?
- ¿Ya has terminado, Micael?
- ¡Sí, ya es hora de ir a dormir!
- ¿Qué tal has trabajado acompañado?
- ¡Maravillosamente inspirado, y aunque nos hemos ignorado, nos hemos sentido! ¿Y tú qué tal?
- Muy bien, pero en la última pieza de la grabación, hay dos notas que se me resisten.
- ¡Mañana se rendirán a tu inspiración, mi amor, ya lo verás!
- Es que me gustaría que Marcos pudiera llevarse las últimas cuatro cintas grabadas.
- ¿Y cuantas canciones entran en cada cinta?
- Diez.
- ¿Y todas las cintas las has grabado desde que viniste a Israel?
- ¡Todas, si! Cuando me viene la inspiración, lo hace a raudales, sin embargo hay largas temporadas en las que ni me visita...
- ¿Y todas ellas son cantadas luego por otros cantantes?
- La mayoría sí. Siempre hay alguna que no gusta o no encaja en las preferencias de los que las solicitan... ¡Yo también lo dejo por hoy! ¿Nos subimos ya mi amor?
- ¡Vamos...sí...!

Ya en la habitación, Raquel vio sobre la mesita de noche de su marido el borrador de David.

- ¿Micael, has leído ya algo de la Rosa y la Espina?
- ¡Si, ya voy por la mitad!
- ¿Y qué te parece...?
- ¡Pues que ese hombre, el de la historia, conocía perfectamente a Jhasua! Hace una radiografía muy completa de él.
- ¿Y qué quieres decir con ello?
- Que nuestro amigo David tiene mucho que ver con Jhasua.
- No me desvelas ningún secreto, mi amor, eso ya lo he sospechado siempre. ¿Y tú conoces a David...?
- ¡Sospecho que sí!
- ¡Bueno... tus sospechas son siempre afirmaciones…! ¡Cuanto me gustaría poder tener aquí a David el viernes...! El significa mucho para mí, es mi amigo del alma, aunque nos llevemos a morir...
- ¿Y por qué os lleváis tan mal?
- ¡Mal no... nos queremos mogollón, pero somos tan distintos...! El tiene un carácter y una personalidad muy fuertes, y yo no me dejo influenciar. Estamos siempre discutiendo, aunque sea por chorradas.
- ¡Ven aquí... y si quieres seguir hablando, hazlo pero dentro de la cama! A estas horas hace frío en la casa.
- ¡No, yo no hablo más... tengo un sueño que me muero!
- ¡Buenas noches, mi amorcito!
- ¡Buenas noches, mi príncipe!

Se dieron un último beso, y abrazados se entregaron al mundo de los sueños, donde seguían trabajando y amándose.


Micael se despierta debido al claxon de un coche, se incorpora y consulta su reloj. Son las nueve de la mañana, bastante tarde para ellos. Despierta a Raquel y ambos bajan a la cocina. Sara está en el salón haciendo punto. Acaba de llegar de casa de Efraím, pues le ha ayudado a levantarse y a tomarse el desayuno.

- ¡Buenos días hijos! ¿Qué tal habéis dormido?
- Buenos días, mamá. Micael y Raquel besaron a Sara.
- No he querido despertaros antes porque ya he visto que os habíais quedado a trabajar anoche.
- ¿Y Salomé y Jhoan...? Preguntó Raquel.
- Hace ya una hora que se fueron a Jerusalén. No volverán hasta la noche. - ¡Ahora os traigo el desayuno, hijos!
- ¡Tu quieta ahí, Sara, que ya voy yo! ¿Querrás acompañarnos con otra de tus infusiones?
- ¡Si, hija, sí...! Mira... dentro del armario tenéis una tarta de manzana. Ayer la hice para todos, y vuestros hermanos ya han dado buena cuenta de ella.
- ¡Hummm, qué buena pinta tiene! Exclamó Raquel.
Sara... ¿qué estás haciendo con el punto?
- Unas pantuflas para Efraím. Al pobre se le quedan los pies helados cuando se mete en la cama.
- ¿Os une una estrecha amistad, verdad Sara?
- ¡Más que amistad, hija, nos queremos como hermanos! ¡Son muchos años ya! Y el pobre está tan malito... Ahora su preocupación es llegar al día de vuestra boda y poder casaros.
- ¿Pero tan mal está, mamá?
- ¡Si, hijo... la verdad es que no sé cómo su corazón aguanta tanto! Hijo... necesito que me hagas un favor...
- ¡Todos los que quieras, mamá!
- Necesito que vayas a casa de Elías, al picadero... Es que su mujer. Miriam, cuando supo que tiraba todos los productos de la huerta que salían mal, me dijo que ella los empleaba para mezclarlos con el pienso de los animales, y como siempre me da abono para los jardines, quiero llevarle un saco lleno que está preparado en el huerto.
- ¿Quieres que lo lleve ahora?
- ¡Antes que nada desayunáis, y después, a partir de las once, pasáis! Antes de esa hora ella no estará en casa. Podrías llevar a Raquel contigo y así le enseñas los caballos.
- ¿Te gustaría verlos, Raquel?
- ¡Me encantaría!
- Hay uno, mi amor, blanco, bonito, alegre, salvaje, que me ha enamorado. Yo le llamo Huracán.
- ¡Pues sí... te acompaño, pero no me acercaré demasiado! Me imponen mucho respeto.
- ¡Pero si es uno de los animales más nobles que hay, mi amor!
- ¡Ya lo sé, pero lo que me impone no es su nobleza... sino su estatura!
- ¡Toma, Sara, tu infusión!
- ¡Gracias, hija!

Tomaron el desayuno y mientras Raquel recogía la vajilla y arreglaba la habitación, Micael, hasta la hora, se puso en el ordenador. Cuando ella terminó, se vistió y pasó a Serena para ver cómo iban las cosas, y si Saúl necesitaba algo. A las once regresó a casa a buscar a su marido, y cogiendo el saco con las verduras, se dirigieron hacia el picadero. Una vez allí preguntaron por Miriam, pero ésta no había llegado todavía, así que le dejaron el saco a su marido. Elías miró a Raquel, y con un guiño de éste le hizo saber que la sorpresa estaba preparada.

- ¿Micael, ya te vas...? ¿Hoy no quieres echarle un vistazo a Huracán?
- ¿Está por aquí, Elías?
- Sí, hoy no le hemos sacado con los demás...
- ¿No estará enfermo...?
- ¡No, no... está estupendo! Es que lo hemos vendido y está esperando a su dueño. Y a Micael se le encogió el corazón, y una mueca de tristeza asomó por su rostro.
- ¡Pues si no te importa Elías... me gustaría verle por última vez!


Elías desapareció para volver a aparecer a los pocos minutos con Huracán. Estaba precioso. Blanco como la nieve, sedoso, con sus ojos negros azabache y con una silla ligera de color rojo. Desde luego, aquél hombre se había esmerado en su preparación. Cuando Huracán se acercó a Micael, le empujó cariñosamente con su cabeza, y éste se abrazó al animal.

- ¡Pero qué bonito eres, Huracán! ¡Espero que seas feliz con tu nuevo dueño!
- ¿No quieres montarlo Micael? Llevas mucho tiempo deseándolo...
- ¡Querer, claro que quiero... Elías, pero no estaría bien! ¿Cómo es que lo has engalanado así, amigo?
- ¡Es un regalo de boda!
- ¿Para una mujer?
- ¡No, para un hombre! ¿De verdad no quieres montarlo?
- ¡Si fuera mío, ahora mismo Elías, pero él ya tiene dueño!

Raquel, volviéndose hacia su marido y acariciándole la cara le confesó:

- ¡Ese dueño eres tú, mi amor, es mi regalo de boda para el marido más maravilloso del mundo!

Elías dejó a Huracán con ellos y se alejó. Micael se quedó mirando a su mujer sin ser capaz de reaccionar. Solo otro empujón de Huracán lo sacó de aquél inmovilismo.

- ¡Mi amor... has sido tú... Huracán es mío...!

Y Micael abrazó a Raquel con toda su alma, y se echó a llorar como un niño. Y ella se emocionó. Nunca se habría podido imaginar que su marido sintiera tanto cariño por un caballo.
- ¡Mi amor... es un regalo precioso... digno de un rey!
- ¡De un príncipe, cariño... no subas tan rápido de escalafón!
- ¡Pero hoy me siento rey! ¡Gracias, mi amor… gracias...!
- No solo es un regalo mío, mi amor. También lo es de tus padres y de tu hermano. Ellos en su momento quisieron regalártelo, pero no pudieron. Y de nuevo Huracán empujó a Micael.

- También el caballo está impaciente porque lo montes, mi amor. ¡Quédate, y disfruta de él!
- ¿Has oído, Huracán...te apetecería que nos diéramos un paseíto? Y el caballo se puso a relinchar.
- ¡Creo que ya te ha contestado, Micael! Quédate un rato con él. Yo vuelvo a casa a contarle a tu madre, y luego marcharé a la ciudad a hacer algunas compras.
- Mi amor... ¿y luego dónde dejo a Huracán?
- El seguirá viviendo aquí, con Elías y los demás caballos. El se encargará de su manutención.
- ¡Mi amor… te habrá costado mucho dinero!
- ¿Y para qué lo queremos? Y aunque no lo hubiera tenido, mi amor... ¡lo habría sacado de entre las piedras! Tu me hiciste el mejor regalo del mundo, y yo soy dichosa de hacer realidad uno de tus sueños más queridos.
- ¡Mira, Huracán... esta es tu princesa... y se llama Raquel! Y el caballo volvió a mover la cabeza.
- ¿Por dónde vas a ir con él?
- Nos iremos por la costa, por la parte de atrás del picadero. Hay un camino que utiliza Elías con los animales, y que baja directamente a la playa.
- ¿Y no habrá bañistas a estas horas?
- En esa zona de la playa es imposible bañarse, mi amor, está llena de rocas y de piedras. Como mucho, de vez en cuando, suele haber alguien del pueblo haciendo deporte. ¿Nos acompañarás un ratito?
- Sobre el caballo, no, pero me quedaré un ratito para verte cabalgar.


Y los tres bajaron por el sendero. Una vez en la playa, Micael acarició suavemente a Huracán, y se montó sobre él. Al principio fueron unos trotes, pero luego el caballo salió al galope. ¡’Qué espectáculo tan maravilloso... caballo y jinete luchando contra el viento! Había momentos en los que los dos parecían fundirse en una ráfaga de blanca luz.
Al cabo de unos instantes, desaparecieron del campo de visión de Raquel, y ésta comenzó a subir el camino con dirección a casa.

Contó a Sara la experiencia y ésta se emocionó. La convenció para que la acompañara a la ciudad. Tenía que comprar cortinas para Serena y quería su opinión.

Micael, cuando regresó a casa no vio a nadie. Fue hacia la mesa del ordenador y allí había una nota de su mujer: “Nos vamos a Haifa a comprar las cortinas. No prepares nada para comer. Como estaremos solos los tres, traeremos algo preparado. Te quiero, mi amor. Espero que tus reales posaderas sigan intactas” Y Micael se rió. Fue rápido a la ducha y luego se enganchó de nuevo al trabajo hasta que las chicas regresaron.


Micael seguía en el ordenador, Sara en su rincón, sentada en su silla favorita, con las pantuflas de Efraim, y Raquel se disponía a coger sus bártulos para emprender su tarea. Jhoan y Salomé aparecieron en casa. Eran ya las ocho de la tarde. Nada más entrar, vio a su hermano y estalló de risa. Micael llevaba en su cabeza una especie de gorro de papel aluminio, y su frente totalmente llena de chorretones negros.

- ¿Pero hermano... qué te han hecho...? ¿Cómo te has dejado hacer esa cursilería?
- Mi amante esposa quiere que rejuvenezca, y me ha teñido las canas.
- ¿Teñirte el pelo tú, hermano...? ¡Lo que hay que ver!
- ¿Pero Jhoan... de qué vas, nene...? Hace muy bien tu hermano de cuidar su imagen, o ¿es que tiene que ser exclusiva de las mujeres? Exclamó pícara Salomé.
- ¡No... no... si hace muy bien, pero es que está graciosísimo con esa pinta!
- ¿Y vosotros... qué tal os lo habéis pasado?
- Muy bien, nos hemos quedado todo el día allí. Hemos hecho pequeñas excursiones a los alrededores y Jhoan me ha llevado a comer a un rincón precioso, en un restaurante que hay en el antiguo mirador.
- ¡Ah sí...! ¿Te acuerdas Raquel de aquél mirador?
- ¡Claro, mi amor, cómo me iba a olvidar!
- ¡Jhoan... hermanito... gracias también a ti por Huracán!
- Me alegro de que por fin tengas tu caballo, hermano.
- ¿Podremos ir a verlo mañana...? Preguntó entusiasmada Salomé.
- ¡Naturalmente! Todos los días lo sacaré un poquito. Ahora es uno más de la familia.
- ¿Le estás dando fuerte, eh... hermano?
- Sí, Samurai, tengo muchísimo trabajo pendiente.
- Me gustaría ayudarte, hermano, pero esos temas tuyos, yo no los domino.
- Tú ahora disfruta y coge fuerzas, porque cuando el trabajo te reclame... ¡pobre samurai! Eso sí... os agradecería en el alma que hoy cenáramos prontito para poder trabajar unas horas más. Me temo que a partir de pasado mañana, hasta el lunes próximo, voy a tener que olvidarme del ordenador.
- Nosotros ya tenemos hambre. Salomé no ha querido comer mucho y tenemos las tripas vacías. ¿Mamá, cómo va esa cena...te echamos una mano?
- Entre Raquel y yo hemos hecho unas tortillas y unas verduritas. Cuando queráis podemos cenar.
- En ese caso, cuando termine este capítulo, nos ponemos a la mesa. Contestó Micael.

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